Luis Alberto Romero

artículo publicado

10 de abril de 2013

A Margaret Thatcher no le tembló el pulso

La muerte de Margaret Thatcher me recuerda una anécdota que se enseñaba a los escolares británicos. En una cierta batalla entre ingleses y franceses, el jefe inglés se dirigió cortésmente a sus enemigos diciendo: “Señores los franceses: tirad primero”. Según otra versión, más realista, en realidad arengó a su propia tropa diciendo: “¡Señores! ¡Los franceses! Tirad primero”. Lo primero alude a un cierto fair play caballeresco, como en un partido de rugby. Lo segundo parece más adecuado a la guerra real.

En rigor, la órbita de Margaret Thatcher se cruzó una única vez con la de la Argentina: en ocasión de la Guerra de Malvinas, y más precisamente, cuando ordenó el hundimiento del crucero General Belgrano. De eso se ha hablado en estos días, recordando los centenares de muertos, víctimas inocentes de la sanguinaria dama.

En 1982, la Guerra de Malvinas despertó nuestro enano nacionalista. La soberbia y la paranoia se expresaron de la manera peor y más grotesca. Nuestros derechos sobre las islas Malvinas nos autorizaban a “recuperarlas” por la fuerza: invadir sorpresivamente las islas, plantar la bandera, cambiar de mano las calles; tal el entremés del festín que nuestros militares de entonces preparaban. El 2 de abril el general Galtieri habló desde el balcón de Perón, alzó los brazos como Perón y hasta hizo la V de la victoria, ante una plaza colmada y aclamante. La receta nacionalista funcionaba.

Luego vino la soberbia desmesurada. Cuando Gran Bretaña consideró, razonable y previsiblemente, que la acción argentina era un acto de guerra, nuestros dirigentes militares y la mayoría de los argentinos se convencieron de que la ganaríamos. Tanto, que dejaron pasar varias ofertas de negociación que, en la situación actual, nos parecerían magníficas. Pero luego del balcón y de la plaza, era todo o nada.

Fue nada. Gran Bretaña, comandada por la señora Thatcher, se tomó la guerra en serio, organizó su flota, viajó, llegó y venció. Allí comenzó la fase paranoica. Los ingleses ganaban con trampas; no respetaban el fair play . Mandaron salvajes gurkas para combatir a gente civilizada como nosotros. Sus soldados tenían unos anteojos que les permitían mirar en la oscuridad. Quizá nos preguntamos por qué el árbitro no les sacaba una tarjeta amarilla. Con el crucero General Belgrano pensamos que nos correspondía un penal. Lo hundieron, pese a que no estaba participando en la batalla; para peor, con un submarino nuclear, sabiendo que nosotros no lo teníamos.

Tres décadas después se sigue repitiendo el argumento de que el crucero no era un blanco de guerra legítimo. Sin embargo, nuestros almirantes han reconocido lo evidente: el buque estaba en operaciones. Era viejo e inadecuado. No bastaba con retirarlo un poco de la línea: si preocupaba el riesgo de la nave y de sus tripulantes, debieron dejarlo en puerto. No lo hicieron porque, en realidad, estaba operando. O al menos, es razonable que el mando enemigo así lo pensara y en la duda dijera: “Tirad primero”. Así es la guerra. Margaret Thatcher hizo lo que la mayoría de los responsables de una guerra habría hecho. Ni más ni menos.

Nuestro nacionalismo paranoico encuentra siempre culpables ajenos para explicar nuestros fracasos o errores. Pero los muertos del General Belgrano deben ponerse en la cuenta de los jefes militares irresponsables. También en la cuenta de los argentinos irresponsables que los alentaron. No tengo una opinión muy fundada sobre la anciana dama que acaba de morir. Más bien, no me gustaba. Pero sé que de ese pecado está exenta.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Guerra de Malvinas

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