Luis Alberto Romero

artículo publicado

9 de enero de 2016

Achicar la brecha entre gobernantes y gobernados

La Alegoría del Buen y el Mal Gobierno, que Ambrogio Lorenzetti pintó en la Casa Comunal de Siena hacia 1340, preside desde la tapa este libro de Pierre Rosanvallon. En el siglo XIV el pintor expresó lo nuevo de la “política del realismo”, que en las ciudades italianas se abría paso a través de la teología escolástica. Rosanvallon, un explorador de la moderna democracia, procura adecuar los viejos parámetros a una realidad contundente: la democracia equivale hoy a poder presidencial.

Desde las revoluciones inglesa y francesa de los siglos XVII y XVIII, la voluntad del pueblo, núcleo básico de la democracia, se expresó en la designación de representantes, cuyas asambleas o parlamentos delegaban las funciones de gobierno. A lo largo del siglo XX, y de manera irreversible desde 1990, esta atribución fue trasladándose al Poder Ejecutivo, en parte por la complejidad de las tareas de gestión, en parte por la decadencia de los partidos y, también, por la creciente personalización de la política.

Para el autor, la democracia presidencial es hoy un hecho. El voto directo confiere al presidente una legitimidad contundente y le permite ejercer un poder que ha crecido mucho. Pero esta autorización suele traducirse en mala gestión o en formas iliberales o autoritarias, que los gobernados no pueden controlar.

Según una teoría hoy en boga, expuesta hace cien años por Carl Schmitt, el simple voto mayoritario concedería la totalidad del poder, por encima de la Constitución. En el otro extremo, muchos presidentes delegan la gestión en tecnócratas bien intencionados pero carentes de orientación y control político. En suma, por distintos caminos el vínculo entre gobernantes y gobernados suele romperse, generando indiferencia, desconfianza, indignación o incluso rechazo total de la política. Para rescatar la esencia democrática en el irreversible contexto del presidencialismo, gobernantes y gobernados deben hacer su parte, y restablecer un vínculo virtuoso, afirmado en el ejercicio de un buen gobierno.

El trabajo mayor corresponde a los gobernados que, además de elegir, deben apropiarse del gobierno, hacerlo suyo y conducirlo a buen puerto. Deben combatir la inevitable opacidad de la acción gubernamental y proponerse hacerla legible. Deben asegurar la rendición de cuentas y la responsabilidad de los actos de gobierno. Finalmente, deben hacer oír su voz cotidianamente y asegurarse de que el gobierno escuche y responda. Construir las instituciones que den voz y poder a los gobernados es el núcleo de una segunda revolución democrática, que completará la inicial de la voluntad popular, el sufragio y la representación.

Del lado del gobierno, las cosas se expresan más simplemente. Se trata del buen gobierno, como lo imaginó el artista Lorenzetti, pero adecuado a las posibilidades del presente. Ya no funcionan las formas anteriores: el rey cristiano, el cesarismo napoleónico, el jefe que encarna al pueblo o el estadista responsable, que aparece de tanto en tanto. La clave del buen gobierno reside en que personas comunes sepan inspirar confianza, hablando verazmente y comportándose con integridad.

Muchos de estos temas ya han sido parcialmente tratados por Rosanvallon en varios libros dedicados a la tradición política francesa y a los desafíos actuales de la democracia. Combinando la historia y la teoría política, trabaja con las ideas y los discursos organizados, tanto en su dimensión testimonial como en su capacidad performativa de lo político.

Cuando se ocupa de las cuestiones presentes su mirada abarca también cuestiones institucionales y problemas coyunturales, y es a la vez fuertemente propositiva y normativa.

Lo más notable es su capacidad analítica. Su trabajo recuerda al del anatomista, que separa cada músculo para observarlo en su especificidad y reintegrarlo luego al cuerpo. Este es el octavo de los libros en los que examina distintas cuestiones específicas de la democracia: el sufragio y la legitimidad, la representación, la igualdad prometida y el gobierno democrático. Desagrega cada una de ellas en diferentes cuestiones principales, divididas a su vez en tres o cuatro aspectos. Luego de analizarlos, reconstruye paso a paso el total, que como en un teorema coincide con la síntesis inicial. Su trabajo tiene el enorme mérito pero también las limitaciones del pensamiento geométrico. Cierra todas las cuestiones –incluso las aporías, que por definición no se cierran– pero se interesa poco por las zonas fluidas e indefinidas o por las transiciones, que en cambio son atractivas para los historiadores.

El trabajo que Rosanvallon ha hecho sobre la democracia es inmenso. Quizá llegó el momento de que realice la gran síntesis, integrando todas las partes en una única narración histórica del caso francés, puesto en el contexto del mundo occidental.

Publicado en Revista Ñ

Etiquetas: Democracias presidenciales, El buen gobierno de Rosanvallon, Revolución democrática, Sociedad Civil

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