Luis Alberto Romero

artículo publicado

25 de mayo de 2003

Aquel y este 25 de mayo

¿Cuánto de jubilosa expectativa, cuánto de angustiosa incertidumbre había en los hombres de Mayo de 1810? Según el célebre dictum de Marx, una cosa es hacer la historia, y otra distinta es saber que historia se está haciendo. En lo inmediato, quienes entonces asumían el gobierno en Buenos Aires solo alcanzaban a comprender,angustiados, que se estaba derrumbando el antiguo y convivial Imperio hispánico, y que debían tratar de salvar lo salvable: los hombres de Mayo no sabían que estaban haciendo la Revolución.

Poco después, sobre la marcha, surgió la ilusión: la construcción de “una nueva y gloriosa nación”, que proclamó Vicente López y Planes. Pero esa esperanza convivió con realidades muy duras: las disensiones intestinas, a partir del enfrentamiento entre Moreno y Saavedra, y sobre todo una prolongada y costosa guerra, inicialmente contra los realistas, prolongada luego en sangrientos enfrentamientos civiles. Para algunos, la revolución y la guerra abrieron nuevas y exitosas carreras profesionales; para la mayoría, significaron destrucción, desorganización, muerte.

Desde 1816, las voces sensatas ya reclamaban “Fin de la revolución, principio del orden”. Es cierto que los hombres de la Generación de 1837 vieron en Mayo el momento esplendoroso de la unidad de origen; pero contemporáneamente muchos otros miraron con nostalgia el viejo orden colonial, que Rosas habría de restaurar. Solo en 1880 llegaron la paz, el orden y el progreso, y las promesas de 1810 parecieron finalmente cumplidas.

En suma, en 1810 se inició una de esas etapas interesantes para analizar, positivas en el largo plazo, pero muy duras para quienes tienen que vivirlas. Esta conclusión puede ayudar a reflexionar, salvando una distancia de casi dos siglos, acerca de un 25 de Mayo en el que un cambio de gobierno nos pone, como a los hombres de Mayo, ante los interrogantes y las expectativas de un ciclo que se inicia.

Otro 25 de Mayo, hace ya veinte años, que también trajo un nuevo gobierno, nos ayuda a redondear la reflexión. A diferencia de 1810, en 1973 había poca incertidumbre y muchas ilusiones, aún para quienes no habían acompañado con su voto al presidente Cámpora. Lo de ese día fue una verdadera “fiesta democrática”, en su sentido más literal, aquel de la Revolución Francesa o las jornadas parisinas de 1848. A diferencia de 1810, sobraban el entusiasmo y la ilusión: el “pueblo”, que incluía a una oposición leal y colaboradora, había vencido a uno de sus enemigos, los militares que se iban para siempre, y se aprestaba a derrotar al otro, el imperialismo. Uno y unánime, el pueblo era otra vez dueño de su destino, y comenzaba a construir un futuro libre de las lacras del presente. Sin dudas, comenzaba una nueva época.

Nuevamente, la distinción entre hacer la historia y saber que historia se hace resulta pertinente, pues lo ocurrido a partir de aquel 25 de Mayo poco tuvo que ver con aquellos auspiciosos prospectos, aunque los indicios de lo que ocurriría eran –hoy lo sabemos- visibles para quien supiera mirarlos. Fue una época dura, y sin duda interesante para analizarla a la distancia. No podemos saber hoy si en algún momento se considerará que  inició una etapa nueva de nuestra historia. Quien sabe.

 

En este 25 de Mayo todo es más moderado, más desapasionado, más gris y matizado. Tuvimos, en cierto modo, una ”fiesta democrática”: el “pueblo” unido derrotó al “enemigo del pueblo” y hasta celebró su muerte ritual, un sacrificio que, según creencias mucho más antiguas, gana la benevolencia de los dioses. Ocurrió de manera algo extraña, pues quien personificaba al “enemigo” se comportó de manera errática auqnue idiosincrática, pero en el fondo fue así. La escena bastó para fundamentar la esperanza en un nuevo comienzo: la ilusión de la unión, la voluntad de enmendarnos y mejorar nuestra conducta, de actuar todos juntos. Algo así como los buenos deseos de Año Nuevo. Muy lejos de la euforia de 1973. Pero también lejos del desconcierto de 1810.

Llegamos a esta instancia después de un duro proceso de introspección. Desde fines de 2001 hemos mirado el fondo del abismo, sin velos ni autoengaños, y tomamos conciencia de cuán cerca estamos de desbarrancarnos sin remedio. Creo que fue una mirada mucho más profunda y reflexiva que aquella de 1989, cuando todavía fue posible la apelación a una salida mágica. Es cierto que en estos últimos meses muchos se conformaron con respuestas fáciles: la culpa sería simplemente del “modelo” elegido  o de la “corrupción de la clase política”; bastaría entonces con que nuevos dirigentes, surgidos de una sociedad pura e inocente, tomaran los puestos de conducción para que la Argentina volviera a entrar en la senda que, inclusive, la conduciría a su “destino de grandeza”. En suma, pensamiento simplista y fe en la magia.

Pero muchos vislumbraron que hay otros problemas, arraigados en lo más hondo de nuestro proceso histórico, que operan como datos duros y resistentes a la acción voluntaria. Que requieren de un largo esfuerzo para ser modificados. Ciudadanos que custodian celosamente sus derechos pero se niegan a asumir sus responsabilidades, comenzando por aquella elemental, que fundamenta la convivencia política, como es el pago de los impuestos. Una “sociedad civil”, impoluta heroína de varios relatos históricos, que anida en su seno poderosas organizaciones corporativas, defensoras de sus mezquinos intereses y ejercitadas en el arte de exprimir al Estado. Un Estado, finalmente, que sufre un largo y fatal proceso de deterioro, al punto de haber perdido su capacidad para formular políticas autónomas, para imprimir un rumbo, para construir un futuro. ¡Que simples nos parecen los problemas de 1810!

La conciencia de la magnitud de los problemas por resolver impide que la buena voluntad con que el nuevo gobierno es recibido se convierta en ilusión desmedida. Afortunadamente, me parece,  pues como un péndulo, el ánimo ilusionado se transforma con facilidad en decepcionado, y la decepción es uno de los elementos más corrosivos de la vida pública. En este caso particular, el sano escepticismo tiene otro fundamento adicional: el nuevo gobierno surge en realidad de un doble impulso ciudadano. Algunos sectores miran críticamente aquellos problemas, y entienden que encararlos es decisivo para empezar a encontrar una salida a la encrucijada actual; otros grupos son en realidad ellos mismos el producto y hasta los gestores de aquella situación que debe modificarse. Sobran, pues, razones para moderar la ilusión. Pero esa moderación –que no es ni escepticismo ni desmedida expectativa- es, quizá, el mejor aporte que desde la sociedad puede hacerse hoy a quienes deben dirigir la etapa que se inicia este 25 de Mayo. Esta es la historia que hoy creemos estar haciendo. Ojalá sepamos lo que hacemos.

Publicado en La Gaceta, San Miguel de Tucumán

Etiquetas: 2003, 25 de Mayo de 1810

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