Luis Alberto Romero

artículo publicado

24 de mayo de 2020

Belgrano y San Martín, nuestros padres fundadores

Toda patria tiene un padre fundador, elegido después de un largo transitar. En el siglo XIX, las nuevas repúblicas hispanoamericanas debieron decidir sobre su origen y paternidad. Entre nosotros, la concluyente respuesta de Bartolomé Mitre sigue siendo aceptable: la nación surgió a la vida con la Revolución de Mayo y sus padres fueron Manuel Belgrano y José de San Martín.

Lo de Belgrano fue rápido. Murió en 1820, solitario y pobre, en medio de una gran crisis política, y su entierro fue tan íntimo como modesto. Pero al año siguiente, con la provincia de Buenos Aires en orden y prosperando bajo el gobierno de M. Rodríguez y Rivadavia, se dispuso un gran funeral cívico. Un vistoso catafalco fue construido para trasladar su cuerpo a la Catedral, donde lo esperaban altas autoridades y personalidades destacadas. En la Plaza de la Victoria se reunió una multitud, formaron los regimientos formados y hubo salvas de cañones.

En la oración fúnebre, el canónigo Valentín Gómez trazó un cuadro ecuánime de sus méritos y servicios a la patria, piedra inicial en la conformación de su figura pública. Vicente López y Planes leyó una oda donde anticipaba el juicio de la historia: “Imitando a Belgrano nos salvamos”.

Al año siguiente, un gran banquete reunió a quienes lo habían conocido. Rivadavia hizo un meditado elogio de su compañero en la aventura de la Revolución, y los presentes recordaron momentos y acontecimiento de la vida del hombre, respetado y querido, que ya se estaba convirtiendo en prócer.

No lo era aún. Quienes como él habían entrado en 1806 en la “carrera de la revolución” eran vistos aún como seres humanos, que transitaron esos años casi a ciegas, acertando y errando. La Revolución debió improvisar políticos y militares. Abogados, sacerdotes y comerciantes formaron la primera camada de políticos patriotas, y entre ellos estaba Belgrano, hombre de ideas y veterano funcionario virreinal.

Las tareas militares eran tan urgentes como difíciles; muchos, como Belgrano, las asumieron porque era su deber. Sobraba entusiasmo y coraje, pero también carencia de conocimientos profesionales. Por eso fue bienvenido José de San Martín, un oficial formado y curtido en España, y además, un patriota americano.

Ambos se destacaron claramente en la lucha por la Independencia. Pero para llegar a ser próceres se necesitaba un Estado y una nación que los reconociera. El Estado solo empezó a sostenerse solo en 1853; la idea de una nación argentina germinó lentamente, en la mente algunos pensadores, como Echeverría. Mitre, que tuvo un papel central en la consolidación del Estado, simultáneamente escribió la historia de la nación, en la que unió a Belgrano y San Martín y los consagró como padres de la patria.

En 1877 publicó 1857 su monumental Vida de Belgrano y de la Independencia argentina, donde enlazó la vida del prócer con el nacimiento de una “nación preexistente”. Belgrano, a quien identificó como el creador de la Bandera, fue el sujeto agente de esta gesta nacional. En San Martín y la Independencia sudamericana, cuya versión final data de 1890,el prócer era el agente de una obra emancipadora de escala continental.

Mitre conservó la objetividad y la distancia respecto de sus biografiados, a quienes estaba incorporando a la cima de nuestro panteón. De San Martín elogió su capacidad profesional, pero señaló la cortedad de su visión política. Aunque compartía el cariño espontáneo de los porteños por Belgrano, lo caracterizó como “el tipo ideal del héroe modesto de las democracias, que no deslumbra”. Lo que puede haber perdido en solemnidad lo ganó, con creces, en credibilidad.

Ambos llegaron al bronce de manera pareja. En 1873 se inauguró la estatua ecuestre de Belgrano, costeada con el entusiasta apoyo del pueblo porteño. La obra de Carrier-Belleuse se instaló en un lugar privilegiado: la plaza del Fuerte, frente a la actual Casa de Gobierno. En 1902 se inauguró su mausoleo, en la iglesia de Santo Domingo, costeado otra vez con el aporte de los vecinos de Buenos Aires. El cálido recuerdo inicial había desembocado, sin solución de continuidad, en el homenaje cívico a quien ya era considerado uno de los padres de la patria.

Por entonces San Martín ya tenía su estatua, inaugurada en 1862, durante la presidencia de Mitre. El célebre monumento ecuestre de Daumàs fue ubicado en la barranca de Retiro, y con el tiempo, se instalaron réplicas en todas las capitales provinciales. En 1880 se repatriaron sus restos, colocados en el mausoleo construido en la Catedral.

Por entonces estaba en su apogeo la “reacción del espíritu público” que estudio Lilia Ana Bertoni: la recuperación de la memoria de toda la gesta de la Independencia y el homenaje a sus protagonistas, particularmente los guerreros. Hubo abundante repatriación de restos, conmemoración de natalicios y erección de estatuas. El Estado y los intelectuales convergieron en la tarea de fortalecer la imagen del pasado común de un país nuevo y una sociedad crecientemente heterogénea.

Pero ese impulso se cruzó con la memoria viva de la sociedad, donde mucha gente recordaba el desempeño de los aspirantes a próceres en los años sangrientos de las guerras civiles. 1820 fue la fecha límite entre el pasado glorioso compartido y un pasado cercano cuyas heridas tardaban en cerrarse. En 1820 Belgrano moría y San Martín ya estaba en Perú. Libres de pecados facciosos, ambos quedaron como los indiscutidos padres fundadores de la nación.

El siglo XX fue tiempo de nacionalismos duros y forzadas aspiraciones a la unidad. ¿Cómo les fue a los dos próceres? La figura de Belgrano transcurrió este período sin mayores sobresaltos, aunque cargando nuevos bronces, con su figura asociada a la Bandera, sacralizada por el nuevo culto a la Nación. En 1938 se estableció el feriado nacional del 20 de junio, conmemorando a la vez a la bandera y a su creador. Desde 1945, todos los escolares cantaron diariamente la canción “Aurora”. No menciona a Belgrano, pero su presencia estaba implícita.

La trayectoria de la imagen sanmartiniana tuvo sus avatares. En la búsqueda de la unanimidad, pasó de prócer a padre fundador único, un paso por delante de Belgrano, y lo que tenía de personal y humano quedó sepultado por el bronce. Pero los unanimismos no generan concordia, pues convierten a los preciados referentes en botín de las luchas políticas.  San Martín fue colocado a la cabeza de las más variadas líneas ideológicas: el yrigoyenismo, el Ejército, la Iglesia, el peronismo, el antimperialismo y hasta el guevarismo.  Desde 1983, estas versiones totalizantes perdieron prestigio y circularon otras, más atentas a los “héroes modestos”, con los que la civilidad podía identificarse. Bajo el bronce, comenzó a aparecer la persona de San Martín. También se elevó la estima de Belgrano, que nunca encajó bien en el bronce y se encontraba más cómodo en un espacio entre lo militar y lo civil, lejos de los dioses y cerca de los hombres. Hoy me parece que ambos están a la par, y -siguiendo la moda actual- pueden compartir la paternidad de la patria.

Luis Alberto Romero.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Belgrano, Historia nacional, Mitre, nacionalista, Padres fundadores, San Martín

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