Luis Alberto Romero

artículo publicado

14 de noviembre de 2016

“Bergoglio es un político, y siempre lo fue”, entrevista a Luis Alberto Romero en La Gaceta

Hace unas décadas, cuando le preguntaban a Luis Alberto Romero por qué había dolido tanto la última etapa alfonsinista, el historiador respondía que los argentinos le habíamos puesto mucha ilusión, demasiada expectativa, al regreso de la democracia. Por eso, hoy, el intelectual apela a analizar el presente y el futuro “con más calma”.

El viernes, Romero habló del Bicentenario en un acto de la Academia de Ciencias Morales de Tucumán, y, en un diálogo con LA GACETA, habló de la relación entre la Iglesia y Mauricio Macri, del triunfo de Donald Trump en Estados Unidos y de la reconfiguración del espacio político en la Argentina.

“Creo que en los últimos 50 años la Argentina entró en un ciclo decadente muy marcado. Y todo lo que uno pueda decir de los 12 años de los Kirchner es el desarrollo desmesurado a veces de algo que ya existía. Estamos empezando una nueva etapa; esperamos revertir ese ciclo, pero con más mesura; porque la Argentina ya aprendió, tal vez, que esa excesiva carga de ilusión es perjudicial. Yo estoy rodeado de gente que está permanentemente angustiada, marcando que el gobierno malgastó su capital político. Yo lo veo con más calma, y con un poquito más de distancia, teniendo en cuenta, ya no como historiador, sino como un ciudadano, no lo que uno esperaría, sino considerando esto como punto de partida. No están tan mal las cosas. Y digo un punto de partida porque Macri ganó una elección apretada, sin mayoría en las cámaras, con sólo cinco gobiernos provinciales de su signo, y con una economía desbarajustada.

– Usted acaba de escribir esta semana en La Nación un artículo en el cual plantea la tensión en la relación entre el Papa Francisco y el presidente Macri…

– Por más que él no quisiera hacer política, ya es, de por sí, un factor de poder por la cantidad de gente interesada en vincularse con él. Bergoglio es un político, y siempre lo fue. Y no ha renunciado a eso. Yo no sé cómo distribuye su tiempo entre el Papa universal, preocupado en cuestiones humanitarias importantes, y ese rinconcito que se preserva para una política, digamos, criolla. Que es lo que antes llamábamos trenzar.

-¿La trenza política?

– Exactamente. Esa negociación permanente, eso de hablar con todo el mundo, tejer redes. ¿Para qué? Mi impresión es que no es una idea de él, sino de una corriente de la Iglesia sobre cómo debe ser la sociedad. El papel de la Iglesia en la sociedad está contenido en una serie de documentos de la Iglesia. Él comparte esa idea. En esa nota yo hablaba de clerical, en el sentido de que les asigna a la Iglesia y a sus clérigos un papel como representantes de Dios.

– En ese artículo, usted cita a (Loris) Zanatta. Y María Elena Barral acaba de editar un libro sobre los curas con “los pies en la tierra”. ¿Porqué piensa que regresa ese perfil de sacerdote? ¿O nunca se fueron?

– Yo dejaría aparte los casos singulares; pero, como tendencia general, es algo que se forma en el siglo XIX como respuesta al laicismo y secularización de la Revolución Francesa y de la formación de estados laicos. Hay cuestiones a las que no renuncia: las morales y la educación. Y además, a partir de la Encíclica Rerum Novarum, la cuestión social. La Iglesia piensa que como institución religiosa tiene una autoridad total sobre la sociedad y que esa autoridad total obliga a reclamar un lugar en la discusión. Entre paréntesis, a medida que crezcan las iglesias evangélicas, esa situación se va a hacer complicada. Lo cierto es que con tantos seguidores no es raro que, además de predicar sobre Jesús el Salvador, den señales de “voten a favor de fulano”. En Estados Unidos, los evangélicos jugaron muy fuerte a favor de Trump.

– ¿Cómo ve el triunfo de Trump?

– Lo de Trump se parece a la reacción de los ingleses ante el Brexit, al avance de la derecha en Austria. Una reación por la negativa frente a un orden que prometía cosas que no se estaban cumpliendo. Una protesta, un pataleo que no sabemos si puede construir algo o no a partir de ahí. Pero Estados Unidos y Europa están conociendo dificultades que hace 10 años no imaginaban; entonces parecían felices con la llamada globalización, y ahora vemos que ellos también tienen pobres, y que son menos maduros políticamente de lo que creíamos. Habitualmente decimos: “los argentinos son pasionales, pero en Europa el voto es racional”.

– ¿Episodios como éste sorprenden en el campo de la Historia?

– De ninguna manera, yo le diría que desde que empieza la ampliación política, que se da a fines del siglo XIX, tenemos muchos episodios con estas características. En la década de fines del siglo XIX y comienzos del XX hasta la I guerra hay una gran sorpresa por la emergencia de movimientos antiliberales: ¿en nombre de qué? De las cosas más variadas, nacionalismo, racismo; de la vuelta al pasado, al ideal medieval. Una mezcla de cosas que puestas sobre el papel son absurdas, pero que movilizaron a la gente en movimientos de ruptura, de salir a la calle, que sabemos que se agudizan en la primera posguerra. Eso forma parte de la política.

– Visto desde la Academia, ¿aparece como irracional lo que no lo es?

– No; los historiadores pensamos que cuando los cientistas políticos ponen énfasis en lo que se llama el rational choice (elección racional) están mirando nada más que un costadito de la persona; entonces, las especulaciones acerca de si vamos a votar esto “porque nos conviene” no es el único elemento de peso en la política: de otro modo no se explicaría esta pasión kirchnerista casi en el crepúsculo.

– ¿Qué novedades ve en el escenario político argentino?

– El peronismo, que es por definición un movimiento de líderes, de momento es un mundo abierto. Cambiemos, un mosaico que está buscando su propia definición.

– ¿Es complicado para el historiador analizar un escenario en el que irrumpen partidos nuevos?

– Para los historiadores es menos complicado que para los cientistas políticos. Para ellos, los partidos son y deben ser; es una cuestión normativa. Los historiadores sabemos que hubo mucha política antes de que empezaran los partidos, que surgen a finales del siglo XIX. Y llegamos a la conclusión de que están en construcción nuevas formas de organizar la representación, nuevas formas de construir los imaginarios, las identidades. Para el joven, la idea del viejo partido no sirve; y no sirve porque el joven no busca en el comité, en el local partidario, sino en la red.

– ¿Cómo se maneja con las nuevas tecnologías?

– He asumido que nunca voy a entender cómo funcionan; y es una limitación grave para un historiador decir que no entiende la lógica de algo que está pasando ante sus narices. No uso celular, sí el mail e internet, pero no lo demás: y eso me coloca fuera de la comprensión de muchas cosas.

– Es un exponente de esa Historia de los grandes relatos. Y la red, en cambio, ¿representa este tiempo de una historia fragmentada?

– No. La red no impide el gran relato; al contrario, permite que se viralice; y la prueba está en el relato que consolidó el kirchnerismo a partir de las redes.

Publicado en La Gaceta

Etiquetas: Bergoglio, Macri, Nuevos partidos, Nuevos relatos, Trump

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