Luis Alberto Romero

artículo publicado

12 de junio de 2005

Buscadores de votos

El nacimiento, desarrollo y actual crisis de los partidos políticos en la Argentina es el tema de debate entre los prestigiosos historiadores Miguel Angel De Marco y Luis Alberto Romero.

Por Jorge Palomar

En el prólogo de su obra 500 años de historia argentina, Félix Luna cita al politólogo francés Maurice Duverger, que dijo: “Los partidos políticos, los verdaderos, datan de apenas un siglo. En 1850, ningún país del mundo, con excepción de los Estados Unidos, conocía partidos políticos en el sentido moderno de la palabra”.

Luis Alberto Romero: -Es que la organización de los partidos cambia a medida que va cambiando el número de votantes. En el siglo XIX, el electorado era muy reducido y, por lo tanto, la organización partidaria era la mínima para manejar elecciones chicas. Lo de Duverger se refiere al momento en que comienza una gran ampliación en el sufragio, a la democratización y a la marcha hacia el sufragio universal masculino; entonces los partidos empiezan a organizarse para poder captar un electorado masivo.

Miguel Angel De Marco: -En esos años, los actos comiciales eran protagonizados por pocas personas, en realidad. En 1852, en Buenos Aires, cuando se plantea la primera elección (había dos listas, la blanca y la amarilla) el número de votantes era ridículo respecto de la cantidad de habitantes que tenía Buenos Aires. También había una serie de condicionantes en ese tipo de elecciones, porque el modo de emitir el voto no estaba para nada garantizado. Generalmente, el triunfo electoral le correspondía al que ganaba el atrio de la parroquia en donde se colocaban las listas con los nombres de los votantes. En la Argentina debieron pasar muchas décadas, a partir del movimiento de Mayo de 1810, para que los partidos políticos alcanzaran formas orgánicas. Con la Revolución aparecieron grupos diferenciados por su visión acerca de cómo luchar contra la metrópoli hispana y organizar el Estado. Los saavedristas, reunidos en torno del presidente de la Junta, eran cautelosos y gradualistas; los morenistas, adeptos del secretario del Primer Gobierno Patrio, recibieron pronto el mote de jacobinos, en alusión a su parecido con el sector más violento de la Revolución Francesa.

-¿Cómo se manifestaba políticamente la sociedad de aquellos tiempos?

MADM: -No estaba muy politizada. La política estaba regida por determinados referentes principales, figuras notables que a su vez tenían algunos partidarios, pero el pueblo no participaba demasiado.

LAR: -Yo tengo otra visión. Mirando de atrás para adelante, digamos de la Revolución de Mayo en adelante, desde los parámetros de la época no es poca la politización de Buenos Aires. Por ejemplo, el período que le sigue a la Gran Aldea hasta casi 1880 es de una gran efervescencia cívica. Y si vamos para la época de Rosas, una cosa llamativa es que siempre hubo elecciones. Son elecciones de tipo plebiscitario, pero era una de las formas que existían en el siglo XIX. Comparada con otras ciudades del país, Buenos Aires, para los parámetros de la época, siempre se caracterizó por su politización.

MADM: -Yo lo analizaba desde lo cuantitativo. Había una cultura política, sí, pero en relación con la cantidad de habitantes que tenía Buenos Aires, que ya era una ciudad importante, la participación activa de la gente no era, a mi modo de ver, masiva ni mucho menos. Ahora, desde el comienzo de nuestra historia se advierte lo que sería una constante en el devenir argentino: la alineación en torno de figuras que se convirtieron en jefes naturales; en orientadores de otros hombres que por lo general los siguieron con una fidelidad sin grietas. Si bien escuchaban la opinión de los notables de su núcleo, eran los que en definitiva decidían cómo y con quiénes combatían o pactaban. Hubo líderes con fuerte personalidad y conductores moderados, pero, como en el resto de Iberoamérica, se convirtieron en el centro de sus fuerzas políticas, y en ocasiones, al decir del mexicano Juan Montaño, en “el único motivo real de su funcionamiento”.

-¿Qué hizo que surgieran dos corrientes políticas tan antagónicas como los unitarios y federales?

MADM: -La realidad de un país rodeado por el desierto y la incomunicación, donde cada pequeña ciudad era la cabeza de una remota provincia, y donde la antigua capital del Virreinato, Buenos Aires, acentuaba su convicción de ser la cabeza y el centro, hizo que no tardaran en surgir esas dos corrientes antagónicas, cuya eficacia doctrinaria se puso sobre el tapete al discutir la forma de gobierno en el Congreso de Tucumán, pero cuyo predominio real trató de ser impuesto en los campos de batalla. Se las denominó “partidos”, en el sentido de “parcialidad”, unitario o federal. Los primeros abogaban por una conducción centralizada que reuniera en un férreo puño a las partes. Los segundos querían que cada una se gobernase por sí misma, coordinada por un gobierno general que atendiera los grandes asuntos comunes, como ocurría en su país modelo, los Estados Unidos. Sin embargo, en la Argentina se dio bien pronto la apropiación del nombre “federal” por quienes eran modelo de lo contrario. Rosas, que ensalzaba “la Santa Federación”, actuaba como un verdadero unitario, y Facundo Quiroga, que combatía en los ejércitos “federales” porque “la mayoría de los pueblos” se había manifestado por ese sistema, no vacilaba en manifestar su simpatía por el unitarismo.

Y se dio la incongruencia de que los antiguos federales doctrinarios debieron compartir con los que desde siempre se habían proclamado unitarios, no sólo un prolongado exilio, sino el calificativo que los convertía en mortales enemigos de la dictadura porteña. Producida la batalla de Caseros y caído el gobierno autoritario de Rosas, surgieron tímidamente en la provincia de Buenos Aires, enseguida separada del resto del país, los primeros clubes políticos -no partidos-, que compartían la filiación liberal, aunque se alinearan en “autonomistas” y “nacionalistas”, “chupandinos” y “pandilleros”, y más tarde, “crudos” y “cocidos”. Mientras tanto, en el territorio nacional, más allá del arroyo del Medio, un monolítico Partido Federal respondía a las directivas de Urquiza, considerado su jefe indiscutido, que ponía su sagacidad política y su fortuna al servicio de esa primacía. Cada provincia de la Confederación era regida, alternativamente, por las “familias gobierno”, que obtenían el mando mediante escandalosos comicios y revueltas. En Buenos Aires, los federales urquizistas no lograban hacer pie, de la misma manera que en el interior los liberales eran una poco significativa minoría.

-Más acá en el tiempo, Roque Sáenz Peña produjo la reforma política más trascendente del país desde los tiempos de la Organización Nacional. ¿En qué se transformaron los partidos políticos a partir de la ley Sáenz Peña?

LAR: -Mire, la demanda de participación hacia 1912 no era muy alta. Ahora, lo que tiene de notable la ley Sáenz Peña no es el sufragio universal (el sufragio universal ya existía en Buenos Aires), sino el sufragio obligatorio: el incremento del padrón es muy grande. Y eso hace que los partidos tengan que adecuarse a manejar a cientos de miles de votantes, lo que significa que deben organizarse de otra manera, que es la que hoy conocemos. Me parece interesante el tema de la emergencia de los nuevos partidos de masas, de la mano de la democratización en el siglo XX. Desde 1912, la nueva política democrática de masas requirió una organización en escala nacional, y hemos tenido sólo dos grandes partidos con presencia importante en todo el país: el radicalismo primero y luego el peronismo. Ambos construyeron una red de comités en cada uno de los barrios, de las ciudades o pueblos. Y en torno de esos comités surgió un conjunto de políticos profesionales: una “máquina” que hacía funcionar la estructura política. Ambos tuvieron, idealmente, una estructura piramidal, construida de abajo hacia arriba; pero ambos, en la práctica, fueron conducidos por grandes dirigentes -Yrigoyen, Perón- con carisma, y una legitimidad que provenía de una base más amplia. Esa relación entre el líder y su amplio conjunto de seguidores -al que llamaban “el pueblo”- se construyó sobre la base de discursos capaces de explicar dónde residía el centro del problema del “pueblo” y cuál era el camino para su solución. En el caso del radicalismo, fue la vigencia de la Constitución y la pureza del sufragio, un gran programa en su momento. En el caso del peronismo, la justicia social.

Ambos partidos fueron, hasta hace muy poco, grandes productores de identidad: se era radical o peronista por nacimiento o por conversión. Ambos partidos estuvieron asociados a los grandes procesos de movilidad e integración social a lo largo de todo el siglo XX: el de las llamadas “clases medias”, antes de 1945, y el de los trabajadores, luego. Por otra parte, su relación con la democracia fue compleja. Radicales y peronistas -cada uno de ellos una parte- se identificaron con el “pueblo” y con la “nación”, y tendieron a ubicar a sus adversarios en la remota esfera del “antipueblo” o la “antipatria”. Ambos encabezaron experiencias políticas democráticas -su carácter mayoritario fue indudable-, pero escasamente republicanas. Fueron experiencias de tipo más bien plebiscitario, que generaron una convivencia facciosa y violenta. A la vez, en los largos períodos de gobiernos militares, ese mismo carácter les permitió sobrevivir como bastiones de identidad ciudadana. En suma, para quien no lo mira con los ojos de la fe partidaria, un balance complejo, donde las blancos y los negros se mezclan.

-¿El personalismo estuvo siempre presente en la historia de los partidos políticos de la Argentina?

MADM: -Cuando se produjo la unificación definitiva del país, tras la batalla de Pavón, los clubes que respondían al “nacionalismo” mitrista o al “autonomismo” alsinista, es decir, a las dos alas del liberalismo, se expandieron por la Argentina. En ambos casos, la palabra del jefe era ley. Mitre ejercía la conducción de su partido con firmeza, aunque sin utilizar los recursos de caudillo que desplegaba Adolfo Alsina. Este se mezclaba en los entreveros, arengaba con palabras sencillas y contundentes a sus adeptos, y no vacilaba en desenfundar su revólver o tumbar de una cachetada al que lo enfrentase. Transcurrido el tiempo, no varió el sesgo personalista de la política argentina. Los conservadores tuvieron sus jefes en Roca y en Pellegrini -salvo el período de la presidencia de Juárez Celman, que desembocó en la revolución de 1890-; y los radicales, una vez dividida la Unión Cívica, se encolumnaron detrás del caudillo de prematura barba blanca que representaba una reacción contra los vicios de la política: Leandro Alem. Más tarde, lo harían masivamente detrás de Hipólito Yrigoyen. No en vano se levantaría una nueva variante, el “radicalismo antipersonalista”, para contrarrestar esa simbiosis entre la persona y el partido. Y más acá en el tiempo, el partido Laborista, encabezado por Perón, fue pronto el partido peronista, y, como en el caso del rosismo y en menor medida del yrigoyenismo, exaltaron el culto a la persona.

-Hay partidos que aportaron gente notable a la política argentina, pero nunca lograron el apoyo masivo del electorado. ¿Por qué quedaron en el camino?

LAR: -¡Tal vez será por eso!

MADM: -Será que la política no es para gente notable. Hablando seriamente, no cabe duda de que estos partidos, como el Socialista, por caso, que eran principistas, tenían menos posibilidades de llegar a sectores más amplios de la sociedad. Es como que no encajaban del todo en la sociedad. Pero tampoco hay que minimizar su presencia, porque fue muy notable. El socialismo, por ejemplo, no es lo mismo ahora que en la época en la que estaban los grandes líderes del socialismo, como Palacios y Repetto.

LAR: -Ocurre que se trata de agrupaciones muy fuertes en ciertas ciudades o provincias, pero no alcanzan a ser partidos nacionales. El desafío de la ley Sáenz Peña es cómo armar una organización política que cubra un país tan heterogéneo, porque es muy distinta la política en Buenos Aires que en Jujuy. Un partido nacional tiene que encontrar cómo articular las dos cosas, y se ve que no es fácil. Tanto el socialismo como la democracia progresista nunca pudieron superar su insularidad, digamos. Son partidos locales, como si fueran el Movimiento Popular Neuquino.

-¿Qué cambios produjo en los partidos la recuperación de la democracia, en 1983?

LAR: -En 1984 comenzó la construcción de un tipo de democracia nueva, con pocos antecedentes, sobre todo por su carácter plural y republicano. En aquellos años lo hicimos sobre la base de una gran ilusión, y poco podríamos haber hecho sin ella. Creímos que podíamos tener, de golpe, lo que habíamos perdido hacía mucho, o quizá nunca tuvimos: ciudadanos conscientes, instituciones republicanas eficientes y partidos políticos modernos. A todos los imaginamos mucho mejor de lo que eran. No vimos, detrás de las instituciones republicanas, un Estado exangüe y en licuación. No advertimos, detrás de los ciudadanos celosos de sus derechos, las corporaciones demandantes de sus privilegios y reacias a cumplir con sus deberes. Con el paso de los años, fuimos descubriendo el verdadero rostro de los partidos supuestamente renovados en 1984. Todos ellos conformaban una corporación política, preocupada en primer lugar por enriquecerse a costa del Estado. Esa corporación fue primero soportada con resignación, y luego repudiada en 2002.

-Son lo que tenemos.

LAR: -Estos partidos son lo que tenemos. Tienen sus defectos, y muchos, pero sin ellos no hay democracia posible. Como en otros casos, podemos hacer el inventario de sus defectos, a partir de un cierto ideal, o en cambio pensar en potenciar sus virtudes. Me parece que quizás haya algo positivo en una cuestión que normalmente es considerada negativa: la llamada “crisis de representación”, el vaciamiento ideológico e identitario de los partidos y un cierto estado de fluidez que permite que en cada elección se den las combinaciones más sorprendentes. Creo que los partidos identitarios de nuestro pasado están desapareciendo, porque esa forma -tan eficaz para la política facciosa o para la resistencia a la dictadura- no sirvió para un funcionamiento plural, transaccional y hasta rutinario. Su fracaso puede tener algo de positivo, pues el viejo modelo de partido identitario contenía los gérmenes de la violencia facciosa. Quizá de la actual crisis de los partidos surjan formas de hacer política más adecuadas para una sociedad plural.

Publicado en La Nación Revista

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