Luis Alberto Romero

artículo publicado

23 de octubre de 2009

Campos minados

Lo hemos visto muchas veces en el cine: los ejércitos que se retiran dejan detrás un campo minado, para que sus perseguidores vuelen en mil pedazos. Otra escena típica: alguien se conecta a una bomba y amenaza con hacer volar todo –si hay niños, mejor– en caso de que la Policía quiera detenerlo. Cambiando un poco las cosas, campos minados y bombas de tiempo son recursos políticos usados por quienes sienten amenazado su poder y piensan: “El que viene atrás, que arree”.

José Alfredo Martínez de Hoz, súper ministro del dictador Videla, soportó cada día los embates de otras facciones militares, especialmente los marinos. Se defendió con la “tablita” cambiaria; ésta garantizaba el valor de recompra de los dólares que por entonces entraban masivamente, y se colocaban en plazos fijos. Gran negocio, “plata dulce”, pues la inflación corría muy por delante de la tablita. Los ahorristas locales se sumaron y así, hacia 1980, toda la plata del país, incluyendo la de la deuda externa, estaba colocada a treinta días de plazo. Bastaba con una sospecha sobre la vigencia de la “tablita”, para que todo el mundo corriera a comprar dólares. La suerte de la “tablita” estaba unida a la del ministro, quien diría: “Si me tocan, salta todo”. Esto le permitió a Martínez de Hoz durar en su cargo cinco años, un tiempo récord. Dejó minado el campo, que estalló en 1982 arrastrando, junto con varios bancos y muchos ahorristas, al general Viola, sucesor de Videla.

El campo minado de Carlos Menem fue la convertibilidad. Los primeros años, el mágico “uno a uno” redujo la inflación al mínimo y posibilitó el flujo de dólares que, como en tiempos de la “tablita”, podían recomprarse a un cambio fijo. Sirvió para que muchos se dieran muchos gustos, cada uno a su medida. Muchos sabían que sólo se trataba de una “cadena de la felicidad”. Pero cualquier salida gradual y regulada que intentara el Gobierno introducía la duda y anticipaba un estallido del que nadie quiso hacerse cargo. Ignoro cuál fue el cálculo de De la Rúa. El de Menem me parece claro, dada su personalidad: dejó el campo minado para que la crisis le estallara a su sucesor, fuera De la Rúa o Duhalde. Le tocó a la Alianza cargar con los costos, y como resultado final, permitir el retorno de los peronistas.

Con Néstor Kirchner se arma una nueva bomba de tiempo. No se basa en los préstamos externos, sino en los ingresos extraordinarios generados por las exportaciones y concentrados en la caja del gobierno central. La clave de la bomba son los subsidios estatales. Los fondos fiscales se reparten entre las distintas instancias de Gobierno, con el arbitrario criterio de dar a unos y no dar a otros, sean gobernadores, intendentes o congresistas. Por otro lado, se subsidian los combustibles y el transporte, así como algunos otros consumos masivos. Una tercera parte se distribuye a través de las llamadas “organizaciones sociales”, y cumple la doble función de atenuar los conflictos sociales y a la vez, producir los votos necesarios para mantenerse en el poder.

Es posible que, en tiempos de vacas flacas, al mismo Kirchner le cueste mantener el sistema. Con seguridad, su sucesor en 2011 querrá cambiarlo, ya sea por razones presupuestarias, políticas, de buena gestión o éticas. Allí se verán los efectos de la bomba de tiempo armada por Kirchner: el reacomodamiento traumático de los precios, los legítimos reclamos de los actores del nuevo reparto fiscal, hoy acallados por el látigo disciplinador, y los efectos que tendrá el corte de fondos a organizaciones que mueven mucha gente y que reclamarán por lo suyo. Visto en el largo plazo, será una transición positiva. Pero en el corto plazo, el de nuestras vidas, sin duda las minas estallarán y quien más quien menos, muchos de los que vengan detrás de Kirchner volarán en pedazos. Otra vez, pensando en la índole del personaje, probablemente sea un efecto deseado.

Publicado en Perfil

Etiquetas: Gobierno, Herencia kirchnerista.

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