Luis Alberto Romero

artículo publicado

30 de diciembre de 2015

Censores y vigilantes

Robert Darnton se ha especializado en la historia cultural de Francia en el siglo XVIII, entre el Antiguo Régimen y la Revolución. Investigador obsesivo, es también un gran escritor, y en sus textos fluye la historia viva de la Comedia Humana. Pero además, temas como el de la censura estatal le permiten iluminar cuestiones generales, del pasado y del presente.

Sostiene que en regímenes autoritarios la práctica de la censura implica la confrontación de dos poderes: el de la palabra escrita, que crece junto con el público lector, y el del Estado, que busca regular aquellos efectos que considera peligrosos. Es un conflicto con muchos actores –los escritores, los censores, los editores, los vendedores y los lectores– cuyas prácticas entrelazadas conforman regímenes de censura específicos.

Darnton estudia en Censores trabajando. De cómo los Estados dieron forma a la literatura (FCE) tres casos muy diferentes: Francia al final del Antiguo Régimen, la India británica en la segunda mitad del siglo XIX y Alemania Oriental comunista de la posguerra. Descripciones “espesas”, según la célebre fórmula del antropólogo C. Geertz, le permiten adentrarse en la singularidad de cada uno, avanzar en la comparación y llegar a algunas conclusiones y preguntas generales.

En la Francia del siglo XVIII la edición de libros –como cualquier otra actividad– era un “privilegio”, concedido por el rey a personas con el derecho y la responsabilidad de imprimir. Pero junto a la edición legal y controlada se desarrolló un extenso mundo de ediciones clandestinas, impresas en el exterior, introducidas de contrabando y vendidas de manera oculta. Por allí circulaban desde los textos de Voltaire hasta los “libelos”: panfletos difamatorios, obra de plumíferos, referidos a escándalos de los “grandes” de la Corte, a quienes solían chantajear. De esto trata otro libro reciente de Darnton: El diablo en el agua bendita o el arte de la calumnia desde Luis XIV a Napoleón (FCE).

Los censores tenían una gran responsabilidad: debían vigilar la ortodoxia del libro en asuntos políticos o religiosos, asegurarse de que no afectara a personajes poderosos y cuidar la calidad. Un censor era un hombre de letras, que evaluaba la originalidad y el valor literario, descartaba lo mediocre y hasta corregía los datos y la ortografía. Muchas veces, para facilitar la publicación, trabajaba junto con el autor. Para los casos dudosos existía una categoría intermedia, una licencia tácita, revocable si el libro generaba un escándalo.

A diferencia de Francia, en Inglaterra había un culto de la libertad de expresión, que se extendió a la India. Con ánimo liberal y etnográfico, los administradores británicos llevaron un cuidadoso registro de la rica literatura local; el catálogo contenía “comentarios” a cada obra, escritos por burócratas y letrados locales, que admiraban la cultura victoriana y se enorgullecían de la creatividad local.

Este cuidadoso registro permitió a los británicos detectar, dentro de una masa de escritos inofensivos, aquellas puntas duras que anunciaban el desafecto local, que progresivamente se transformó en desafío nacionalista. La administración imperial abandonó entonces el liberalismo y aplicó la censura, pues –decían– el Imperio no podía darse el lujo de la libertad de expresión. Hubo represión y duras condenas a los escritores “desafectos”, pero fue a través de juicios cuidadosos, que permitieron a los ingleses tolerar sin cargos de conciencia este abandono del liberalismo.

En la República Democrática Alemana el régimen comunista se propuso dirigir férreamente el desarrollo literario mediante un complejo sistema burocrático. El sistema combinaba el autoritarismo con múltiples instancias de negociación. La Oficina de Publicaciones elegía cada año los autores y las obras a publicar y los censores, como los modernos editores, trabajaban codo a codo con los autores, atendiendo a la línea política partidaria y también a la calidad del texto. Finalmente, los altos niveles políticos tomaban la decisión, atendiendo también a otros criterios.

Los autores podían ser solidarios con el sistema comunista y a la vez defender su creación; podían elegir ingresar al Sindicato de Autores, dispensador de prebendas, o alcanzar el estatus de “disidentes”, publicar en Alemania Occidental y finalmente emigrar. Esto último era un fracaso para el gobierno comunista, que procuraba evitarlo y negociaba con ellos.

En los Estados autoritarios, la censura suma funciones que en los regímenes liberales están separadas: el trabajo editorial sobre el texto, la evaluación académica y el cuidado de algunos principios institucionales básicos. Aunque es constitutivamente arbitraria, su eficacia depende de algún grado de legitimidad, fundado en el conocimiento de criterios y procedimientos. Tampoco puede ser monolítica: como se ve en los tres casos, entre censores y autores suele existir una amplia zona de negociación y colaboración, en la que los blancos y los negros se disuelven en una gama de grises. Desde este ángulo, el historiador Robert Darnton aporta una visión sugerente y matizada de la compleja cuestión de la vida bajo dictaduras.

Publicado en Revista Ñ

Etiquetas: Censores Editores y Autores, Darnton

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