Luis Alberto Romero

artículo publicado

24 de agosto de 2012

“CFK reemplazó el manejo artesanal de la política de Néstor por la cadena nacional”

Para el historiador Luis Alberto Romero, el Gobierno construye poder desde la decadencia del Estado. Ve tintes autoritarios en CFK y teme a una reforma constitucional que avale la reelección indefinida.

Por Laura Mafud

 

Una tarde de poco sol en una semana de mucha lluvia. Días en los que se expropia la ex imprenta Ciccone, los acusados por el asesinato de Axel Blumberg integran Vatayón Militante y se recuerdan seis meses de la tragedia de Once. El historiador Luis Alberto Romero presenta una edición revisada de Breve historia contemporánea de la Argentina, actualizada hasta el fallecimiento de Néstor Kirchner. Es que la muerte del ex presidente se traza como un punto de inflexión. Atrás quedaron los superávits gemelos, columna vertebral del modelo económico kirchnerista. También, la ilusión de una sucesión ya resuelta en el peronismo. “Cristina intentará la reelección pero tiene sus costos”, comparte con WE, en una charla donde reflexiona sobre la transformación del peronismo, el clientelismo y el uso de la imagen de Evita. Además, recordando YPF, y en línea con la expropiación de Ciccone, se refirió al rol del Estado. “No tiene sentido proponer políticas estatistas si no hay con qué. Es una de las falacias del discurso oficial. Expropiar una empresa es expropiar y no tener políticas estatistas. Si la firma está quebrada, peor”.

Hablar de una eventual reforma constitucional en vistas de una “re-re” ya no resulta lejano. “Es más terrible si la continuidad está unida al mantenimiento de esta maquinaria. El Gobierno sorprende por hacer cosas que parecen imposibles. Mire lo que sucedió con la Ley de Medios o con YPF. La periodicidad de las funciones es sana”

Estudioso del siglo XX, Romero reconoce en el peronismo, con todas sus mutaciones, una gran capacidad de supervivencia. La pregunta latente es por qué puede seguir vigente tras más de 60 años. Y para articularlo, establece una separación entre el período que culmina en 1955 y una segunda etapa (a excepción de De la Rúa), instalada desde 1989, cuyas singularidades podría pensarlas por oposición a la primera. “Era un país vital, con posibilidades de de-sarrollo y movilidad social, donde se veía en el peronismo el lugar para empujar hacia adelante”, indica. “En cambio, la Argentina de los últimos 30 años está en decadencia, pese al esplendor de la soja”. Y algo de ello se debe a la decandencia del Estado. “Cuanto menos Estado hay, más fuerza tiene el Gobierno para utilizar lo que queda de él para construir poder. Más que pensar en política, el peronista piensa en cómo consolidar y reproducir poder”.

Recientemente, Romero había enunciado que el “el Gobierno se comió al Estado”. “Como el Estado está deteriorado, parece que la única forma de manejar ese aparato es a los golpes. Sólo con el estilo de confrontación y de arbitrariedad se puede gobernar un país en el cual los mecanismos más normales no funcionan bien. Es el pronóstico más pesimista al que se puede llegar”.
Sobre el peronismo, asegura, no se puede hablar de partido -no existe comité ni autoridad partidaria-. “Hay presidente, gobernador, intendente y una cadena política que utiliza los recursos estatales para construir poder”. Ello explica el porqué de que tantos que anhelen emprender una carrera política lo hagan con la bandera del PJ. “En ese sentido, el peronismo es flexible, abierto y no se le pregunta a nadie adonde estuvo antes”.

Aunque la Fundación Eva Perón más bien era una base de beneficios singulares, el peronismo clásico se caracterizó por sus políticas universales. “El kirchnerismo no puede hacerlas por falta de recursos. Tapa agujeros para construir maquinaria política y encontró la manera de que eso produzca votos que legitiman el poder”, comenta.

No obstante, Romero no considera errado hablar de tintes autoritarios. “Si bien son palabras genéricas, ya que Onganía también era autoritario, éste es un autoritarismo que tuvo alta legitimación en el sufragio”, observa.

En este sentido, el historiador destaca la artesanía política, sutil y deslumbrante, del Gobierno: “No sólo por la circulación de bienes materiales sino también culturales, de identificación, de sugerencias. ‘No te voy a pedir nada, pero si querés ser solidario nos podés acompañar, vení a la manifestación’”.

Señorita maestra

Sobre estos últimos años, Romero hace una distinción entre el tipo de gestión de CFK y el de Néstor. “Daba la impresión de que él tenía todos los temas políticos en la punta de los dedos, que nada se le iba a escapar. Cristina reemplazó ese manejo artesanal de la política por la cadena nacional”, observa.

Para el historiador, asimismo, en los últimos meses la primera mandataria mutó su estilo. “Se bajó del formato Senadora o Diputada y está más en la forma del patio de entrecasa”. Y distingue en el Gobierno una gran habilidad para imponer temas que le permitan volver a resignificar la división entre pueblo y antipueblo, algo que Eva Perón manejaba magistralmente. “En Cristina es directa la relación entre ella y la imagen de Eva, no la montonera, sino la que actuó durante el Gobierno de su marido con mucho poder porque tenía una red de funcionarios que eran de ella más que de Perón. Eva, sistemáticamente, trabajaba en definir el enemigo. Es el camino que adoptó Cristina cuando eligió que su manera de hacer política va a ser a través de los discursos”.

Hace casi un mes, en consonancia con el 60° aniversario de la muerte de Eva Perón, CFK anunció que la ex primera dama reemplazará a Julio Argentino Roca en el nuevo billete de $ 100. “Casi no sabemos cómo era Eva porque desde sus inicios en la política empezaron a acumularse sobre ella imágenes, a veces muy contradictorias, y el personaje real ha ido quedando oscurecido”.
¿Quiere, Cristina, ser la Evita del siglo XXI? “Da la impresión que su forma de hablar en los discursos se parece a la manera en que las crónicas registran cómo se expresaba Eva en privado. En público, en cambio, tenía un tono más elevado, de mujer estadista”.
En algunos aspectos del uso discursivo, la Argentina parecería estar anclada en un pasado que ya no existe. “Como cuando se habla de derecha e izquierda, algo que forma parte del discurso del Gobierno aunque no es asumido por la oposición, que plantea las cosas en términos de ‘somos la institucionalidad y ustedes hacen lo que se les da la gana’. El oficialismo, en cambio, dice ‘nosotros creemos en el proyecto nac & pop’”, afirma. Al referirse desde dos enunciados distintos, los discursos no se tocan y, por lo tanto, no hay debate. Romero agrega: “Me parece que este discurso nacional, popular y setentista tiene una clientela acotada. No creo que explique el 54% de los votos. Muchos votaron por cálculo a corto plazo”.

Con miras al próximo año, Romero busca actualizar su libro de 2003, La crisis argentina. “Creo que se puede seguir titulando así porque no salimos de la crisis, pensada en términos generales, si bien superamos el ahogo financiero de 2001”, concluye.

Publicado en El Cronista

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