Luis Alberto Romero

artículo publicado

21 de octubre de 2018

Ciudadanía y urbanidad en la ciudad educadora

En la tradición occidental, la ciudad ha desempeñado un papel educador muy definido: formar a sus habitantes en ciudadanía y urbanidad. La “polis” griega y la “civitas” romana nos legaron las palabras “política” y “ciudadanía”. De la voz latina “urbs” -la ciudad material y social- deriva “urbanidad” -buenas costumbres públicas-, una idea similar a la de la francesa “politesse” o la inglesa “politeness”, que remiten a la polis griega.

En suma, nuestras lenguas registran la persistencia de esa doble asociación de la ciudad antigua con la ciudadanía y la urbanidad, que definen el propósito y la tarea de la ciudad educadora. Guiados por el historiador José Luis Romero podemos reconstruir hitos y continuidades de estas ideas en la historia de la ciudad, que llamó “la creación más original de la cultura occidental”.

Nuestra primera estación es el Imperio Romano. Se sustentó en una red de ciudades y caminos que fueron los núcleos de una romanización extendida desde España a la Mesopotamia y del Rin y el Danubio al Mediterráneo. Su función política, el uso del latín, así como el trazado en damero de su planta, tuvieron tanta influencia como las formas de vida, desplegadas en el foro, los templos, las termas y baños y el circo, todas expresiones de un estilo de vida refinado, hedonista y moderado. Concebido en Roma, se extendió a las élites de las regiones conquistadas e integradas en el imperio, a las que gradualmente se les concedió el derecho a la ciudadanía, a poder proclamar “Civis romanus sum”.

La segunda estación surge en el seno del mundo feudal medieval, rural, con una aristocracia guerrera que dominaba a una masa de siervos y una Iglesia que era depositaria e intermediaria de la palabra revelada.

Pero hacia el año mil por todas partes comenzó a reactivarse el comercio, y las ciudades brotaron como hongos. Sus pobladores solían ser siervos escapados, vendedores ambulantes que se asentaban junto a un castillo o repoblaban una ciudad abandonada.

Levantaron sus murallas y declararon que, dentro de ellas, todos los hombres eran libres, sin amos. Fue el primero de los derechos que los burgueses arrancaron a los señores; le siguieron otras “libertades”, relativas al comercio y al autogobierno, que se concretó en la Comuna.

Derechos y obligaciones -como respetar la paz del mercado o colaborar en la defensa de la ciudad- eran consignados por escrito en Cartas o Fueros. Era una versión simple y tangible de lo que luego Rousseau llamó un “contrato social”: un acuerdo de hombres libres, de individuos conscientes y racionales, para instituir un orden político secular, y modificarlo cuando nuevas circunstancias lo requerían.

Cada individuo era dueño de su destino personal, y lo realizó según sus aptitudes y capacidades; pero su comportamiento público fue estrictamente vigilado por una comunidad cuya perduración dependía del respeto de normas básicas, políticas y morales. Surgidas experiencias urbanas, a contrapelo de las ideas enseñadas por la Iglesia, gradualmente conformaron una nueva manera de entender la vida política, entendida como responsabilidad compartida, que maduraría en el siglo XVIII.

En el siglo XVI, este modelo de ciudad, muy estilizado, fue trasplantado a Hispanoamérica. Las ciudades fueron la base de operaciones de quienes sometieron y evangelizaron a las poblaciones aborígenes. La homogeneidad inicial se perdió gradualmente con la multiplicación de mestizos y mulatos, instalados en los bordes del núcleo urbano fundado. También, con el aumento del número de criollos.

La crisis revolucionaria de 1810 llevó a los criollos al gobierno, e inició un ciclo de guerras civiles, por la independencia primero y por la organización después. Con ellas, los habitantes del mundo rural, mirados como ajenos desde la ciudad, ingresaron a los ejércitos y al poder. A los ojos de las élites urbanas, se trató de una verdadera insurrección del mundo rural.

Con ese horizonte, Sarmiento sostuvo en “Facundo” que existía un conflicto profundo, social, cultural y político, entre el campo y la ciudad, entre la barbarie y la civilización, que debía cerrarse con una síntesis superadora. La inmigración y la ocupación de las tierras eran el fundamento necesario para el surgimiento de una nueva versión de la ciudad educadora. Los granjeros propietarios serían transformados por la educación en los ciudadanos educados y responsables de una república democrática.

Cien años después de que Sarmiento imaginara su ciudad ideal, mucho de lo que ocurría en las ciudades argentinas se acercaba a ese ideal. Asentada la inmigración, la sociedad tenía fluidez y movilidad y se decantaban nuevos estratos populares y medios, que buscaban completar su integración social en el campo político y cultural.

La activa presencia del Estado en la educación de los niños se complementó con las iniciativas surgidas de la sociedad y dirigidas a los jóvenes y adultos. En las ciudades se canalizaron en las sociedades de fomento, que trataban de mejorar el vecindario o el barrio, gestionando mejoras edilicias ante las autoridades. Al hacerlo, los vecinos más activos y conscientes aprendieron las habilidades básicas de la política -hablar, escuchar, discutir, convencer, gestionar-, que con facilidad trasladaron a los nuevos partidos políticos surgidos con la ley de 1912.

Adultos y jóvenes accedieron también a los productos culturales. Todos leían habitualmente diarios y revistas. Editoriales populares ofrecieron colecciones de libros baratos, con lo mejor de la cultura, de Platón a Tolstoi o a Freud. Las bibliotecas populares -otro fruto del asociacionismo- canalizaron esa voracidad lectora y además contribuyeron a organizar la vida social y recreativa barrial, antes de la difusión de la radio o el cine. Así, el vecino consciente y formado en política se conjugó con el ciudadano educado, y a su vez educador.

Esto ocurrió en un pasado no tan remoto, cuando en nuestras ciudades se conjugaron, de manera clara, los dos ideales de la ciudad educadora: conciencia cívica y urbanidad.

En 1945 comenzó otra historia, aunque bien puede suponerse que estas ideas de colaboración y reforma no fueron completamente ajenas al nuevo mundo.

Las realidades sociales y culturales siguieron cambiando una y otra vez hasta hoy, y con ellas las formas concretas con las que debe definirse esta realidad tan antigua y raigal como es la ciudad educadora.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Ciudad antigua, Ciudad argentina, Ciudad educadora, Ciudada moderna, Ciudadanía, Urbanidad

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