Luis Alberto Romero

artículo publicado

10 diciembre 2017

Como ha ocurrido antes, el PJ resurgirá

“Tantas veces me mataron. sin embargo estoy aquí, resucitando”. Lo de María Elena Walsh viene a muy a cuento para quienes dudan de que el peronismo, hoy debilitado, resurgirá. Surgirá un nuevo peronismo, adaptado a los nuevos tiempos, y fortalecido, como ha ocurrido otras veces a lo largo de su historia. Así será, sobre todo porque expresa una porción importante de la sociedad argentina, que se define no tanto en términos sociales como actitudinales. Como me comentó hace poco Ezequiel Gallo, una de estas actitudes -son varias- es la “bronca” social, visceral, imprecisa, que encuentra en el peronismo su cabal de salida.

El primer gran desafío fue el de 1955: entre las dictaduras y la proscripción, pasó 18 años fuera del poder, con un conductor estratégico exiliado, que debió delegar las cuestiones tácticas en los dirigentes locales. En esa larga travesía del desierto hubo dos momentos. Hasta 1966 el sindicalismo se convirtió en su columna vertebral. Una dirigencia renovada sacó ventajas de la proscripción -que disimulaba la pérdida de su mayoría absoluta-, y jugó con habilidad en dos frentes: el electoral, cuando se podía, y el corporativo, que reunía a los grandes jugadores.

La dictadura militar de 1966 y la radicalizada movilización social que la siguió cambiaron el juego. El peronismo desplegó dos alas, cubriendo todas las posibilidades. El sindicalismo y el renacido partido Justicialista jugaron en el escenario de la salida política y la conciliación de los viejos opositores. Montoneros y la JP -imposible entender al uno sin la otra- se insertaron en la movilización social y la condujeron. Entre ambos lograron la vuelta de Perón, plebiscitado como presidente.

Luego de que el Proceso colocara a todos en el llano, en 1983 se le planteó al peronismo un desafío novedoso: la política democrática en un contexto institucional y definidamente pluralista, ajeno a su experiencia fundadora. Lo tomó mal preparado, sin cuadros ni discurso adecuados. La derrota ante Raúl Alfonsín fue muy dura, no tanto por alejarlos del poder -conservaron buenas porciones- cuanto por romper el mito de expresar a las mayorías populares.

La reconstitución fue prolongada y finalmente exitosa. Un jalón inicial fue el peronismo renovador de 1987, conducido por Cafiero, capaz de vencer a los radicales en su mismo terreno. Pero la verdadera transformación vino dos años después, con Carlos Menem, que derrotó a Cafiero y luego conquistó la presidencia de un país asolado por la hiperinflación. Aquí comenzó la gran transformación y la emergencia de un nuevo peronismo, capaz de renunciar a muchas de sus banderas, para aferrar firmemente el poder y ofrecer una salida al país desesperado.

No se debe tomar a la ligera a Menem, sorpresivamente convertido en el Mesías del Mercado y el gran reformador de un Estado que reclamaba a gritos cambios urgentes, no asumidos por nadie. Al principio los hizo a los tumbos y de manera muy corrupta; luego, con Cavallo, fue más ordenado y prolijo, y finalmente hizo la plancha, buscando otra reelección.

Lo más notable fue la manera de convencer a las bases peronistas de que lo acompañaran en la construcción de algo tan apartado de la tradición peronista. Usó el poder presidencial para disciplinar a sus bases, condujo las reformas con flexibilidad, asoció con beneficios espurios a los posibles opositores y distribuyó abundante vaselina en las zonas dolorosas. Muchos protestaron, pero nadie pudo cuestionar su liderazgo.

La crisis arrasó con muchas de las reformas de Menem y con buena parte de la institucionalidad y el pluralismo construidos en 1983. La derrota de 1999 hizo que la Alianza cargara con la inevitable crisis de la convertibilidad. Pese a haber quedado mejor parado que otras fuerzas políticas, al peronismo no le fue fácil adecuarse a la nueva situación y encontrar un nuevo líder. La consolidación de Néstor Kirchner fue gradual: primero el “dedazo” de un presidente débil y desconcertado, luego una elección azarosa en 2003, y finalmente la ratificación en 2005. En esa coyuntura emergió un nuevo peronismo, vigente hasta 2015.

Kirchner traía de Santa Cruz un modelo descarnado de gobierno peronista de provincia: manipulación del sufragio, concentración del poder y aplastamiento de la oposición. También un descarnado método de saqueo del Estado desde el gobierno. Uno de sus talentos residió en encontrar la forma de extenderlo a todo el país, incorporar en posiciones subordinadas a quienes eran sus pares y nacionalizar y diversificar el aparato saqueador.

Hubo un factor circunstancial decisivo: la soja, maná que permitió durante varios años crecer a altas tasas, con superávit en la cuentas fiscal y de comercio exterior. Otro factor novedoso fue la incorporación del paquete de los “derechos humanos”, que le sumó una importante base de activistas y seguidores y le permitió organizar un discurso de eficacia abrumadora. La ilusión que supo generar, y que se acentuó con los años, fue un componente esencial de su fórmula.

Como Menem, Kirchner fue un artista, un creador de un producto nuevo para una franquicia bien establecida. ¿Fue diferente de Menem? Esto es opinable, y puede desagregarse en tres cuestiones. ¿Con Kirchner hubo más Estado o menos? ¿Sus políticas sociales fomentaron la inclusión o consolidaron la pobreza? ¿Su política de derechos humanos los fortaleció o los desprestigió?

Personalmente, me inclino por las segundas opciones. Aunque los Kirchner construyeron su imagen en contra de Menem y su versión del peronismo, veo el ciclo kirchnerista como una nueva versión del ciclo menemista. Más en general, le veo como una fase del peronismo de la democracia, de efectos más catastróficos que la menemista, la cual con el paso del tiempo parece merecer una reconsideración. Porque, como solía decir Perón, “ya vendrá quien te mejore”.

Las discusiones sobre el pasado son inacabables, y en el fondo no tan importantes. La gran pregunta es cómo será la próxima versión del peronismo.

Publicado en La Nación Ideas

Etiquetas: El peronismo de 1955, El peronismo de 1983, El peronismo de Menem y Kirchner, Futuro del peronismo

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