Luis Alberto Romero

artículo publicado

16 de octubre de 2011

Con el kirchnerismo, la liturgia del Día de la Lealtad quedó atrás

Hoy el peronismo tiene una relación conflictiva con su mito fundador: la jornada del 17 de octubre, el “Día de la Lealtad”. Las celebraciones de este año serán mínimas, en parte por la cercanía de las elecciones –donde compiten tres candidatos peronistas– y en parte por el aniversario de lo que se perfila como un nuevo mito fundador: la muerte de Néstor Kirchner. El año pasado la celebración fue muy importante, pero no brilló demasiado la lealtad. Por el contrario, fue la escenificación de una confrontación entre el matrimonio gobernante y el jefe de la CGT.

El 17 de octubre de 1945 es considerado el momento fundador del peronismo. Los historiadores encuentran que en el recuerdo el evento ha resultado algo magnificado. La concentración fue menor que la casi olvidada “Marcha de la Constitución y la Libertad” de septiembre. Oscar Troncoso, que pasó por allí, ha recordado que el 17 la Plaza de Mayo distaba de estar colmada y que por el fondo se podía caminar sin dificultad. También recordó la modestia tecnológica y mediática: para dirigirse a la multitud, Perón recurrió al altoparlante de un auto de publicidad ambulante. En cuanto al célebre discurso, tantas veces desmenuzado, se destaca por la pobreza retórica y conceptual. La trascendencia del hecho tuvo que ver más con el conjunto de circunstancias que con su significación intrínseca. Algo así como la pluma que desequilibró dos platillos de la balanza parejamente pesados.

Ya en el poder, el gobierno peronista fue construyendo el mito, que engrandeció la jornada inicial, juzgada demasiado modesta. Como ha estudiado Mariano Plotkin, las imágenes que todos conocemos corresponden a 1946 y no a 1945. Por entonces, la multitud de la plaza era compacta, y estaba ordenada y encuadrada, según el estilo de las movilizaciones de masas de entonces, fueran fascistas, comunistas o católicas. Eva Perón –cuya ausencia el día del evento está ampliamente documentada– aparece desempeñando un papel decisivo, como la Libertad de Delacroix. Tan eficaz ha sido la construcción mítica –y tan engañosa la memoria–, que quienes efectivamente estaban allí creen recordar haberla visto. De ahí en más, la veta plebeya y movilizadora de Evita les dio un nuevo sentido a las sucesivas versiones de un acto que originariamente fue mucho más pacífico, hasta culminar en la maravillosa jornada de 1951.
La nueva versión introdujo el elemento de la aprobación plebiscitaria al líder, aunque pasó mucho tiempo antes de que la multitud contestara “Conforme mi general”. Finalmente, la devoción se organizó en torno de la lealtad, un valor entrañable y compatible con prácticas pragmáticas, como ha mostrado Fernando Balbi, pero que entonces aludía a una relación directa y estrecha entre el líder y sus seguidores.

En 1955 el peronismo inició una larga marcha a la intemperie del poder, que se prolongó hasta 1989, con la sola excepción de los “tres años admirables” de 1973-1976. En la larga travesía del desierto, la evocación del 17 de octubre rara vez fue unitaria, así como no lo era el movimiento peronista. Pero la figura de Perón –exiliado o muerto– era invocada por todos para cubrir las diferencias y para dar unidad a distintas expresiones e interpretaciones del peronismo, desde las más contestatarias hasta las más conciliadoras.

El problema del peronismo con su gesta fundadora se planteó, en cambio, cuando los peronistas volvieron al gobierno, en 1989. Menem tuvo que hacerse cargo del notorio contraste entre el rumbo económico adoptado y la arraigada tradición peronista. Menem tomó distancia del acto fundacional, o al menos lo ubicó definitivamente en el pasado. En su polémica interna, afirmó que quien no había comprendido la nueva realidad se había “quedado en el 45”. Tampoco el estilo de legitimación plebiscitaria –la plaza– se adecuaba mucho a quien había decidido hacerse fuerte en los medios. Menem prefirió organizar esas movilizaciones trashumantes que acompañaban al Menemóvil, irrelevantes para quienes participaban en ellas, como extras de cine, pero convincentes en la pantalla televisiva. De cualquier modo, el estilo de Menem, tan flexible, con tanta capacidad de conducción, tan peronista, nunca encontró dificultades con la figura de Perón, de quien evocaba, con toda razón, su pragmatismo.

Kirchner, en cambio, siempre chocó con la tradición peronista, que en su momento llamó “pejotista”. Desde el comienzo trató de despegarse de ella, en parte para no depender de los capitanes provinciales, pero también porque su estilo de jefatura estaba muy lejos de la dupla conducción/ lealtad propia de la antigua tradición peronista. Lo suyo fue dura exigencia de sumisión, y un ejercicio de la autoridad real, fáctica, que no necesitaba demasiado de legitimación plebiscitaria. También se alejó de los símbolos partidarios, y aunque las circunstancias lo obligaron varias veces a volver a ellos, siempre lo hizo a regañadientes.

Hoy ya sabemos que el kirchnerismo sigue su marcha, y no se agota en su fundador, lo que profundiza su conflictiva relación con el 17 de octubre. El kirchnerismo no se presenta a sí mismo como el continuador de una tradición que arranca de algún lado, sino como el fundador de una nueva Argentina. En ese sentido trabajan quienes construyen su imagen. Los Kirchner no pretenden ser continuadores de ninguna línea, como las que construyen los revisionistas, ni les preocupa filiarse en nadie. En ese sentido, el discurso avanza día a día. Primero se dijo que el actual era el mejor gobierno de los últimos cincuenta años, lo que salvaba la preeminencia del primer peronismo. Hace poco oímos que éste era el gobierno más peronista de los últimos sesenta años, con lo que se puso una pica en Flandes, pero se siguió compitiendo en terreno peronista. Pero en las universidades peronistas los alumnos aprenden que el kirchnerismo es la fase superior del peronismo. En la campaña electoral se dice que éste es el mejor gobierno que la Argentina ha tenido en 200 años. De Mariano Moreno para acá, nada iguala a la pareja fundadora. Un país quedó atrás, e ingresamos a un mundo nuevo y mejor, unidos y de la mano de Néstor y Cristina. Podemos celebrar el 25 de Mayo, y hasta el 9 de Julio, pero el resto son fechas menores. Entre ellas, el 17 de octubre.

Publicado en Perfil

Etiquetas: 17 de octubre, Kirchnerismo

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