Luis Alberto Romero

artículo publicado

27 de marzo de 2016

“Con normalizar el país, Macri ya habrá hecho lo suficiente”, entrevista a Luis Alberto Romero

El apellido Romero tiene un enorme peso en las Ciencias Sociales, especialmente en el ámbito de la ciencia histórica y el pensamiento filosófico, de nuestro país. José Luis, uno de los más importantes talentos intelectuales del siglo XX argentino; Francisco, hermano suyo, filósofo y pensador de fuste; y Luis Alberto, hijo y sobrino de los anteriores, un exponente notable de la escritura y la enseñanza de la historia argentina, conforman una estirpe dedicada a estudiar el pasado, las ideas y el devenir argentino. Este último cultiva una prosa amena, incluso en sus trabajos más académicos, lo cual le permite al lector introducirse en el meollo de un tema sin sentir el tedio que exhiben los textos difíciles. Y si alguna vez lo escucha en sus intervenciones públicas observará esas mismas cualidades: fluidez y claridad.

Romero es un intelectual que interviene en la arena política buscando comprender y explicar la coyuntura utilizando dos herramientas que ayudan a sus lectores u oyentes a no quedar presos del último debate del día: el conocimiento de la historia y la perspectiva analítica. Por esas razones, es interesante seguir sus comentarios y, más relevante aún, frecuentar sus escritos periodísticos y académicos.

Conversó con La Voz del Pueblo sobre el nuevo gobierno, el balance de la última década y las cosmovisiones políticas que compiten por imponer su postura en la vida institucional argentina.

 

– La Argentina parece presa de una dicotomía que comienza con el germen mismo del país. Ya en la primera década de vida independiente fue tomando forma esa fisura (en palabras de Nicolás Shumway) que fue delineando dos formas de entender la vida política en nuestro país: una tradición nacional populista, con un acento más igualitarista, y una visión más liberal, con un énfasis en las libertades políticas, civiles y económicas. Si bien es una apreciación un tanto esquemática, ¿no le parece que el kirchnerismo expresó de algún modo un aspecto de esa división?

– Fisuras hay siempre, hasta en el paleolítico. Las que enfrenta hoy la Argentina remontan a fines del siglo XIX, con el país moderno en construcción, una nueva población y un nuevo Estado. Entonces se organizan los complejos culturales e ideológicos que llegan hasta hoy. La tradición liberal, la de los fundadores de la moderna Argentina, comenzó a retroceder frente a una amalgama que se apoyó en el nacionalismo. Impulsado inicialmente por el Estado, creció alimentado por muchos sectores: la elite tradicional, la sociedad inmigratoria, la pujante Iglesia Católica, el Ejército y los nuevos partidos democráticos. Con el peronismo, estos componentes coagulan y aseguran su perduración.

La tradición liberal, democrática y republicana, renació inesperadamente como la mejor alternativa a la dictadura militar y sus horrores. Por primera vez la Argentina tuvo una democracia republicana y plural. El impulso duró poco, y lo remplazó un peronismo que gradualmente fue recuperando las tendencias originarias. En ese sentido el kirchnerismo fue la versión más reciente del populismo nacionalista, que es por definición faccioso, como terminan siendo, a su manera, quienes lo enfrentan.

 

– ¿Cómo se puede posibilitar un acercamiento entre esas visiones en un país con un fuerte presidencialismo que de algún modo conspira con un republicanismo que pueda desarrollarse en el marco de un juego libre de los partidos políticos, que de paso, aparecen cada día más debilitados?.

– El presidencialismo en si no es un problema. La mayoría de las democracias actuales son así. El problema está en la calidad y la capacidad de los contrapesos. En primer lugar los institucionales, vinculados con el Estado de derecho y luego con las instituciones y el Estado, que cuando funciona bien tienen una gran capacidad de control. Luego, el sistema de partidos políticos y finalmente las organizaciones de la sociedad civil y la opinión pública. La gran diferencia entre 1955 y 2015 fue la mayor capacidad de resistencia de todo eso, pese a los embates del gobierno. Hay una base para intentar un nuevo curso.

 

– Quizá el nuevo gobierno a raíz de su falta de mayorías en ambas cámaras del Congreso tenga el difícil desafío de gobernar por medio de acuerdos. Vicente Palermo decía hace unos días que el Presidente podía tomar medidas de fuerte corte presidencialista, pero no gobernar siempre así, dejando de lado los acuerdos parlamentarios. ¿Cuál es su visión?

– El reparto de poder actual, en el Congreso y en las gobernaciones, es a la vez un  problema y un desafío. El problema es obvio: sería muy difícil para Macri gobernar con un peronismo emblocado y alineado con el kirchnerismo. Es a la vez un desafío y una oportunidad. Lo que se ha visto hasta ahora de la relación entre la presidencia, los gobernadores y el Congreso, con todas las negociaciones -de distinto tipo y calidad-, constituye la normalidad democrática que querríamos alcanzar. Es una práctica que debe ser aprendida, incluyendo lo más difícil: saber perder. En ese sentido, vamos bien.

 

– ¿Qué impresión tiene del gabinete del Presidente Macri y de lo que ha mostrado hasta hoy como su “estilo”?

– El gabinete tiene una gran virtud: lo forma gente con mucha experiencia en el manejo de organizaciones empresarias, y consecuentemente con capacidad para remendar y recomponer el desastre que ha llegado a ser nuestro Estado. Probablemente cuando esté un poco mejorado necesitemos más gente con experiencia específica en instituciones públicas, pero una parte importante del naufragio estatal ha sido la dispersión de esas capacidades. En cuanto al estilo de Macri, observo dos cosas: un balance entre el uso de una parte del poder presidencial heredado -me parece que algunas situaciones críticas y urgentes demandan esos recursos- y una habilidad para la negociación que no estaba en mis previsiones.

La segunda es la serenidad, la desdramatización, el sereno optimismo y la confianza que a su vez eso genera. Creo que es lo que la gran mayoría de la gente esperaba, después de doce años tan intensos y agonales.

 

– Todos los gobiernos parecen querer justificarse en la historia y por lo tanto, intentan manipularla, ¿avizora la construcción de un relato macrista? Y si es así, ¿cómo lo imagina?

– Justificarse en el pasado es algo inherente a nuestra cultura occidental; todos lo hacemos, en lo personal y en lo público. La cuestión es la medida, los controles y sobre todo la actitud, que puede ser facciosa o plural. Dicho esto, no me parece que al gobierno le interese mucho construir un relato, al menos antes de tener cosas hechas con el que sustentarlo. Finalmente, el relato saldrá solo. En ese caso -o al menos es el relato que yo tengo- se remontará a la Argentina de la primera mitad del siglo XX -más exactamente hasta los años setenta- que en lo esencial -y dejando de lado los defectos- era una Argentina vital y conflictiva, con un Estado potente, una sociedad dinámica y móvil y una cultura abierta y plural. Estas cosas se perdieron en los últimos cuarenta años, y Macri habrá hecho un extraordinario aporte si pone al país en condiciones de pensar cómo retomar esa senda. Con esto quiero decir que con normalizar el país, ya habrá hecho lo suficiente.

 

– Apelando a su visión de historiador, ¿qué balance puede hacer de los últimos 12 años de vida pública en nuestro país?

– Creo que fue una “dodécada” (perdón por el neologismo) en la que no solo se perdió una oportunidad -lo mismo le pasó a otros países, como Brasil- sino que hubo una regresión en cosas básicas, como la institucionalidad y el Estado de derecho, y el espacio político democrático. Más grave aún fue la consagración y legitimación de la corrupción y la arbitrariedad. Y finalmente, un clima faccioso enfermizo, que extravió a muchos.

 

– Contó que el Presidente invito a varios intelectuales a conversar con él, entre ellos a usted y lo que más le llamó la atención es que escuchó más de lo que habló. Me causa curiosidad cómo se los convoca y se inicia ese diálogo, en dónde y de que manera termina, ¿cómo es conversar con un presidente y quizá realizarle sugerencias?

– No creo que haya un modelo. Los Kirchner convocaron a Tulio Halperín y a Beatriz Sarlo, pero aparentemente el único que habló esa noche fue Néstor Kirchner (¡hasta Cristina se quedó callada!). En este caso, la reunión formó parte de las señales que el gobierno quiso dar sobre un nuevo clima. Entiendo que la selección de los asistentes fue en principio responsabilidad del ministro de Cultura, Pablo Avelluto. En cuanto a escuchar y anotar, y hacer una síntesis al final, que incluye sus puntos de vista, lo he visto a Macri así otras veces y me parece que es su idea sobre cómo aprovechar una hora. Estas reuniones son el comienzo de conversaciones, en la que los interlocutores se renovarán, y cuyo mayor mérito es que no tienen que tener conclusiones, pues son valiosas en si mismas. Como explicó el filósofo inglés Oakeshott, la conversación es uno de los productos más refinados de la cultura en general, y de la cultura política en particular.

 

– ¿Cómo ve el mundo intelectual argentino? ¿Esta a la altura de los problemas del país o se mantiene al margen concentrado en la vida académica?

– Hay mucha gente que opina y se preocupa; como reacción, este fue uno de los rubros positivos de la “dodécada”. Su tarea es hacer pensar a la opinión pública. Hay otro sector que, manteniéndose centrado en su vida académica, opina con una ingenuidad y una facciosidad desilusionante. Pero supongo que siempre es mejor que empiecen a pensar, aunque se vayan para cualquier lado.

Publicado en La Voz del Pueblo

Etiquetas: Acuerdos de gobierno, El estilo Macri, Los intelectuales y la política, Visiones del país

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