Luis Alberto Romero

artículo publicado

5 de diciembre de 2004

Conflictos internos

Guerras, revoluciones, crímenes políticos, terrorismo, han sido frecuentes en la historia nacional. Las reflexiones de los historiadores Luis Alberto Romero y Miguel Angel De Marco se aproximan al interrogante: los argentinos, ¿somos un pueblo pacífico?

Por Jorge Palomar

 

Miguel Angel De Marco: -Entre los lugares comunes que perseveramos en repetir los argentinos, ocupa un sitio de privilegio el que expresa: “Somos un pueblo pacífico”. Con eso parecemos decir que nunca corrió sangre fraterna a lo largo de nuestra historia y que tampoco hicimos que se derramase la de otro en las luchas exteriores en que participamos. La mayoría de los pueblos admite como fatal resultado de la condición humana las discrepancias internas y externas y sus secuelas de horror y muerte. Pero nosotros nos empeñamos en ser las palomas de la paz cuando una rápida mirada al pasado refleja lo contrario. Sólo nos sentiremos realmente liberados cuando reconozcamos esa falacia y tantas más, como “a este país no lo hunde nadie” y “Dios es criollo”.

Luis Alberto Romero: -La Argentina se ha involucrado poco en guerras internacionales. En cambio, adhirió tempranamente a instituciones y doctrinas que aspiraban a unaÛ regulación jurídica y ética de los conflictos entre los Estados. De “la victoria no da derechos” a la “doctrina Drago” o a la acción del canciller y premio Nobel Saavedra Lamas, fuimos un Estado que creyó en la paz. Otra cosa ha pasado con la política interior.

En charlas anteriores hablamos de la larga etapa previa a 1880, caracterizada por los fuertes conflictos en torno de la organización del nuevo Estado, protagonizados por las provincias, y la generalizada guerra civil, a veces muy violenta, que se prolonga hasta 1880.

Allí hay un hito: el Estado cumple el requisito weberiano del monopolio de la fuerza: establecer la ley y el orden. Los grandes conflictos posteriores, como los generados por el anarquismo o el episodio de 1919, fueron considerados cuestiones de orden público y reprimidos según esa legitimidad.

MADM: -Sin entrar en tremendismos, y sólo para dar algún ejemplo de lo que señalamos, recordemos aquella célebre expresión de Juan Manuel de Rosas en carta a un gobernador provinciano: “Está contra nosotros todo aquel que no está con nosotros”. Basados en esa idea, sus seguidores degollaron a Marco Avellaneda y tantos otros; dieron muerte a 2000 compatriotas y decapitaron o castraron a sargentos y oficiales prisioneros en la batalla de Arroyo Grande; pasaron el cuchillo mellado a los enemigos que se rendían o pusieron bajo los jergones de las mujeres que acompañaban el ejército de Oribe piernas, brazos y otros miembros como broma macabra y cruel. Los del bando contrario no fueron menos feroces. Y todos se decían argentinos. Años más tarde, después de la batalla de Pavón, las tropas porteñas triunfantes llegaron hasta lo más profundo del interior en medio de atropellos similares a los perpetrados por orden de Juan José Castelli poco después de la Revolución de Mayo o a los cometidos por los “pacificadores” del Litoral, decididos a sojuzgar a “los pueblos libres”. En las revueltas provinciales, hombres despiadados ordenaban no escatimar la sangre de los vencidos si con ello paralizaban a los opositores.

-¿Será entonces por eso, porque nos involucramos poco en guerras internacionales, que en la conciencia colectiva está instalada esa idea de pueblo pacífico?

MADM: -Es que no necesariamente hay que entrar en guerras para demostrar que uno es belicoso o pacífico. En realidad, las luchas intestinas que hemos tenido nosotros en alguna medida han sido parcialmente guerras internacionales: la guerra de 1845, por ejemplo, se libró contra dos potencias extranjeras [el bloqueo anglofrancés]. Más allá de los conflictos militares, en la vida cívica hay muchos ejemplos de enfrentamientos, no sólo en la época más antigua de las luchas civiles, o en los años de formación de los partidos políticos, sino también en épocas más cercanas, como la matanza de Ezeiza.

LAR: -Yo le pregunto, De Marco, ¿cómo evalúa usted en la memoria argentina la guerra del Paraguay? Se lo pregunto porque para mí no existe como tema preocupante para nuestra memoria.

MADM: -La guerra del Paraguay interesó ampliamente mientras hubo actores, descendientes cercanos, víctimas, y después se fue diluyendo porque también significaba que la guerra era una especie de ataque desmesurado hacia un país que no se podía defender y entonces era preferible mantener reservas respecto de esa guerra. No obstante eso, el interés siempre está. Ya ve usted que hay una buena cantidad de libros publicados al respecto. Pero, sí, es cierto lo que usted dice: en el imaginario colectivo la guerra del Paraguay prácticamente no existe.

Ahora, yo me pregunto: ¿qué es lo que existe de nuestra historia en el imaginario colectivo? Más allá del desconocimiento que puede haber de esas dos guerras, la del Paraguay y del Brasil, hay, sobre todo entre los jóvenes, un profundo desconocimiento de nuestra historia.

-Hay una creencia generalizada en el sentido de que nos decimos mansos y pacíficos. Más que para la historia, ¿no será un tema para la sociología?

LAR: -De Marco mencionaba la matanza de Ezeiza. Yo digo que en el siglo XX hubo un in crescendo de violencia que desmiente cualquier idea de mansedumbre.

MADM: -Hace bastante, en nuestras largas caminatas que él denominaba “charlas peripatéticas”, me decía el sacerdote y notable historiador Américo A. Tonda, que por entonces escribía la dramática historia del obispo Rodrigo Antonio de Orellana, que se salvó de ser fusilado junto al contrarrevolucionario Santiago de Liniers y sus compañeros por su condición de sacerdote: “Convénzase: la nuestra es la historia de Kramer versus Kramer”. Entonces estaba muy de moda la película que narraba fatales enfrentamientos conyugales. Es cierto: morenistas y saavedristas, unitarios y federales, mitristas y alsinistas, conservadores y radicales, peronistas y “radichetas” (calificativo que involucraba a todos los adversarios durante el período del líder justicialista), etcétera, no vacilaron en usar dagas, pistolas y armas mucho más modernas y letales en su afán de “liquidar” al adversario. El predominio de unos sobre otros le costó a la Argentina décadas de guerras civiles, revoluciones y contrarrevoluciones, terrorismo de Estado y terrorismo de los que se arrogaban la representación de un pueblo que sufría en carne propia sus atroces atentados.

Ahora, la acción violenta se encarama en protestas populares de gente indignada por la ceguera de muchos de los que mandan, y muestran su enojo a golpes -estos sí pacíficos- de cacerolas.

LAR: -Creo que en el siglo XX la historia de la violencia es otra: está caracterizada por la rápida y masiva incorporación de nuevos sectores a laÛ política y sus conflictos; por el desarrollo de ideologías movilizadoras y excluyentes, como las que vimos en la conversación pasada, y consecuentemente por una violencia que empieza en palabras, pero que a lo largo de las décadas va creciendo -una espiral de violencia- hasta llegar al extremo de la década de 1970. Creo que sus fuentes pueden ordenarse en dos series. La primera tiene que ver con la tensión entre las instituciones republicanas y lo que el historiador francés Furet llamaba “las malas pasiones democráticas y nacionalistas”.

En la conversación anterior me referí a esa combinación de nacionalismo y populismo democrático que le dio a la política una tensión facciosa crecientemente insoportable. El adversario es el enemigo, no hay lugar para él; debe ser excluido y aniquilado, primero de palabra y luego de hecho. Cada dicho, cada acción, genera una réplica más violenta, en una escalada vertiginosa. El carácter faccioso del primer gobierno peronista tuvo como respuesta la larga proscripción del peronismo luego de 1955. Desde entonces, ya no había posibilidad de que institucionalidad alguna regulara la pasión facciosa. La segunda fuente parece más modesta, pero finalmente es igualmente deletérea.

El Estado creció mucho a lo largo del siglo XX, y aumentó su capacidad de intervenir y de distribuir premios y castigos. También crecieron los intereses, organizados en corporaciones fuertes, para defenderse y presionar al Estado. La dinámica del conflicto social consistió, principalmente, en distintas corporaciones presionando a un Estado fuerte y débil a la vez: los empresarios, el ejército, la Iglesia, los sindicatos y, más recientemente, los piqueteros, que disputan hoy las últimas migajas de un Estado paupérrimo. Fácilmente, este juego de presiones, sobre un Estado con débil capacidad institucional de contención, culminó en violencia, según un modelo igual al descripto antes.

MADM: -Sin ir tan lejos, los argentinos que nos acercamos o superamos los 60 años, recordamos muy bien a las víctimas de las picanas eléctricas durante las huelgas contra Perón y los excesos de los vencedores inmediatamente después de su caída, como también tenemos presentes las “cárceles del pueblo”, los denigrantes episodios ocurridos en organismos de las Fuerzas Armadas y policiales, y tantas otras circunstancias que hacen temblar ante la sola idea de que se repitan.

LAR: -La escalada de violencia caracterizó nuestra historia en la segunda mitad del siglo XX. Creo que 1956 -los fusilamientos de José León Suárez- y 1970 -el asesinato de Aramburu- son dos jalones: la muerte del adversario se convierte en un objetivo en sí mismo, en un fin. En ese sentido, la espantosa masacre de la última dictadura forma parte de nuestra historia.

Por cierto, los militares llevaron la violencia a límites no conocidos hasta entonces. También es cierto que su crimen fue tanto mayor, puesto que su clandestina acción no sólo mató personas, sino que destruyó la ley, que debían custodiar. Pero dicho esto, hay que recordar que su práctica, sus propósitos, su discurso legitimador no eran nuevos: estaban presentes en una sociedad que, como ha expresado con palabras contundentes Guillermo O’Donnell ante la barbarie militar, “soltó sus lobos” y puso al descubierto lo peor de sí misma. Desde 1983, la piedra angular del nuevo consenso democrático, tan discutido en otros aspectos, ha sido eliminar la violencia como instrumento político. No ha ocurrido totalmente, aunque hay acuerdo en que así debería ser. Nuestra duda, hoy, es cuánto resistirá este consenso. Nadie juraría que ya somos un pueblo pacífico.

-¿La historia argentina está escrita con sangre?

MADM: -Si uno lo analiza desde el fusilamiento de Dorrego hasta acá, no sé…

LAR: -Mire, es una frase tan dura, tan general, que por un lado es cierta y por el otro no dice demasiado. ¡La España del siglo XIX sí que ejercía violencia natural y cotidiana! Me parece que en cualquier historia hay violencia. Lo que no sé es si la historia argentina es particularmente violenta. En lo personal, las frases que empiezan con el sujeto “el pueblo argentino es”, me produce un gran malestar porque se trata de una generalización injusta e incompleta.

-¿Hubo en el siglo XX algo peor que la última dictadura militar?

MADM: -El golpe de 1976 fue un retraso absoluto para el país, en todos los sentidos. Pero también es cierto que hubo otros momentos, no sé si iguales a los de la última dictadura, pero sí sumamente difíciles y que marcaron mucho a los argentinos. El peronismo, por ejemplo. Ese largo período de Perón no fue precisamente una democracia. Hubo persecución, tortura, violencia, delaciones. Eso no se puede olvidar.

LAR: -En su dimensión, por su desarrollo y consecuencias, la última dictadura fue incomparable con cualquier cosa que haya habido antes. Pero, a la vez, no es algo que haya nacido espontáneamente; es algo que se nutre de nuestros conflictos sociales, de nuestros conflictos ideológicos llevados a un extremo que no se había dado nunca antes. Me parece que para entender cómo se llega a eso tenemos que mirarnos a nosotros, no simplemente echarles la culpa a doscientos conjurados que protagonizaron esos episodios. En cambio, en la etapa peronista creo que hubo mucha más violencia en las palabras que en los hechos. Hubo, sí, algunos excesos, pero no una política sistemática y deliberada de aniquilación. Estoy hablando del 45 al 55. De ahí en más, entramos en una espiral de violencia con muchos responsables de un lado y del otro. La muerte nos empezó a parecer natural.

Publicado en La Nación Revista

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