Luis Alberto Romero

artículo publicado

22 de marzo de 2012

Conmemorar Malvinas, sí; pero hacerlo el 14 de junio

Un escritor recordó hace poco que lamentaba dos ocasiones en que estuvo en la Plaza de Mayo: el 2 de Abril de 1982 y Semana Santa de 1987. Juntar peras y manzanas, quizá. Pero me parece ver allí la síntesis de equívocos y malentendidos con los que durante muchos años marchamos juntos gentes con ideas y valores profundamente divergentes.

Hoy es claro que los caminos se han separado. Debemos asumirlo y explicarlo.

Luego de la derrota, el delirante entusiasmo de abril se convirtió en repudio unánime a los militares. ¿De qué se los acusaba? Algunos, llanamente de haber hecho la guerra; pero otros, los más, los culparon de haberla perdido, y reclamaron enfurecidos la cabeza de los responsables . La cúpula militar cargó con todo. Nadie había estado en la Plaza.

Después comenzó la transición democrática. Quienes nos comprometimos con ella decidimos tácitamente no hurgar en nuestras disidencias y fingir que siempre estuvimos de acuerdo. Seguramente fue lo mejor. Mirar al futuro y dedicarse a establecer una democracia que, a falta de raíces más firmes, se fundó en el común repudio a la dictadura. Pero el malentendido estaba, como el esqueleto en el armario.

La Plaza de Semana Santa de 1987 mostró que el malentendido persistía. Como aquel escritor, muchos se desilusionaron con “la casa está en orden” de Alfonsín. Probablemente habrían preferido que la gente reunida ante los cuarteles impusiera por la fuerza la autoridad civil a los pocos militares sublevados.

Es posible que lo lograran: pero es seguro que se habrían sumado unos cuantos nombres a la lista de víctimas del Estado. Somos muchos los que rechazamos la sola idea de provocar una muerte. Pero entonces aún estaba viva otra idea, corriente en los años setenta: una muerte heroica es valiosa, si la causa la justifica.

Encuentro aquí otra manifestación del malentendido de 1982. El esqueleto saliendo del armario. La construcción democrática generó lecturas del pasado y propuestas para el futuro cuyas profundas divergencias quedaban escondidas en la común execración del Proceso.

Algunos vimos en 1983 la posibilidad de construir una democracia fundada en el Estado de derecho. Otros en cambio celebraron la derrota del enemigo y vislumbraron la posibilidad de una segunda oportunidad, donde los errores de la primera serían evitados o corregidos.

En la lista de los errores, algunos incluían el terrorismo y la lucha armada; otros no eran tan categóricos. Pero en cualquier caso, no creían que la democracia institucional y el Estado de derecho fueran un punto de llegada, sino un interludio . Una manifestación extrema de este segundo punto de vista es Hebe de Bonafini. Un ejemplo de los malos entendidos a los que me refiero es la tolerancia a sus dichos por parte de los defensores de los derechos humanos que la seguían .

Ambas ideas convivieron, y la discrepancia tardó en aflorar. Los años de oposición a Menem facilitaron la coexistencia de las opiniones. Pero las diferencias emergieron con Kirchner, su reivindicación de la épica de los setenta y finalmente de la guerra de Malvinas, en un contexto en el que la democracia institucional se iba convirtiendo en un recuerdo borroso. El kirchnerismo ha reasumido la cultura política del nacionalismo populista , y con ella el mandato de la recuperación heroica de Malvinas. La actual cruzada del gobierno recuerda lo peor de la Guerra y subraya la locura colectiva de entonces. La facilidad con la que los militares manipularon la información contó con la credulidad básica de quienes la creyeron: su mente había sido secularmente conformada por discursos que colocaron unas imaginadas Malvinas en el plexo de nuestra nacionalidad.

Aquel nacionalismo, tan difícil de erradicar, reaparece hoy por un atajo: el homenaje a los llamados héroes de Malvinas. Más que héroes, fueron víctimas. ¿De quién? De un Estado que periódicamente ha ofrecido su cuota de sacrificados en el altar de su ineficacia, su sectarismo y su corrupción. Este grupo -que incluye desde los “desaparecidos” a los muertos en la Estación Once- ha de incluir también a los isleños.

Pongámonos en su lugar; una vida pacífica un día interrumpida por una banda armada que convirtió su tierra en campo de combate, y para que no los olvidaran, dejó enterradas miles de minas, que todavía están allí.

Todos los equívocos de treinta años de historia reciente están anudados en la conmemoración del Dos de Abril y en la unión de la política con la guerra a través de una épica heroica.

Si los militares hubieran tenido éxito, habrían sido aclamados en la plaza.

Hasta es posible que alguno descubriera las posibilidades del nacionalismo populista y captara esa opinión volátil, que tan fácilmente vira del progresismo al fascismo.

En 1982 pensé que un triunfo militar sería nefasto. No lo dije, pero fui un derrotista, y el 14 de junio sentí un enorme alivio.

La realidad había arrasado al relato. La soberbia y la paranoia habían sido derrotadas . La nefasta vía hacia la dictadura nacionalista y populista se había interrumpido. Otro camino era posible.

No tenemos nada que conmemorar el Dos de Abril, salvo locura, violencia y muertes inútiles. En cambio, el 14 de junio de 1982 fue el día de la realidad, las responsabilidades y la expiación. También, el de un comienzo.

Si queremos conmemorar algo que nos ayude a retomar el camino de la democracia institucional, hagámoslo el 14 de junio.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Guerra de Malvinas, Kirchnerismo, Transición democrática

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