Luis Alberto Romero

artículo publicado

13 de marzo de 2005

Construir patriotismo

Desde la Guerra de Malvinas hasta el regreso de la pasión nacionalista o la cesación de pagos de la deuda externa. ¿Hay un solo patriotismo? ¿Se lo asume como algo natural? ¿En qué se diferencia del nacionalismo? En esta entrega, Miguel Angel De Marco y Luis Alberto Romero responden estos y otros interrogantes

-¿Qué es el patriotismo?

Luis Alberto Romero: -Hay que distinguir entre el primer uso de patriotismo, que equivalía a “hijo del lugar”, y el uso moderno, que se relaciona con el Estado nacional. El Estado, a través de sus instituciones y en especial la escuela, es el gran constructor del patriotismo en el espíritu de sus habitantes, aunque su acción se conecta con las ideas y los proyectos que nacen de distintos sectores de la sociedad. El patriotismo es un sentimiento que está desactivado, y a veces se activa. Quiere decir que no siempre está presente con la misma intensidad, pero siempre está latente.

Miguel Angel De Marco: -El patriotismo, como sentimiento de amor a la tierra, a su historia y a sus tradiciones, se halla muy vulnerado en la Argentina. La insuficiente enseñanza de la historia, el casi forzado homenaje a los símbolos nacionales que surge de una especie de obligación impuesta por las normas vigentes en vez de partir de la aceptación de su significado, la ligereza y superficialidad con que generalmente se llenan contenidos de formación cívica, contribuyen a generar una actitud de desinterés y demérito por parte de los niños y los jóvenes. Por supuesto, sería muy fácil endilgarle al sistema educativo todas las responsabilidades al respecto. El hogar es un ámbito donde la generación de valores y sentimientos patrióticos debería resultar trascendente, pero no siempre los padres contribuyen a crear conciencia entre sus hijos.

Por cierto, en general las autoridades tampoco hacen demasiado para crear sanos principios vinculados con el patriotismo. En cambio, muchas veces se reducen a lanzar consignas efectistas que apuntan a la emoción más que al raciocinio y tienden a justificar determinadas medidas en el orden interno o de la política exterior.

-Hace poco, Norman Mailer dijo en una entrevista: [con Irak] “Bush apretó el botón del patriotismo”. Y Federico García Lorca, en su momento, escribió: “Por patriotismo nacieron los males de la tierra”.

L.A.R.: -El patriotismo es un sentimiento muy amplio que comprende muchas cosas, pero no se puede pretender subsumir todos los problemas de una sociedad en el patriotismo. Ocupa un lugar que no es todo. En algunos casos, el patriotismo es un argumento de algunos para taparles la boca a otros. Ahí es cuando se vuelve peligroso, sobre todo cuando con ese argumento se pretende anular la discusión, limitar los planteos o decir: “Tu opinión no vale nada porque es antipatriótica”. Es peligroso porque, en ese sentido, el patriotismo puede convertirse en una herramienta para forzar la unanimidad. Hay una versión del patriotismo que va hacia el patrioterismo, que es intolerante.

-Tampoco es sólo respetar las fechas patrias. ¿No es darle de comer a la gente todos los días, por ejemplo?

L.A.R.: -Por supuesto. Y pagar impuestos también es una demostración de amor a la patria.

M.A.D.M.: -No cabe duda. No se agota en el respeto por los símbolos. Usted hace mención a los que nos gobiernan, a los políticos, y claro, eso no sólo no es patriótico, sino que no es humanitario. Está claro. Lo que pasa es que acá está todo mezclado; los políticos -no todos, por supuesto- viven envueltos en una gigantesca burbuja y no parece que hubiera una sensibilidad hacia quienes gobiernan. Y con relación al patrioterismo que decía Romero, acá se planteó el default como una causa nacional y el Congreso se vino abajo con los aplausos y los vivas cuando el entonces presidente Rodríguez Saá anunció que la Argentina no sufragaría sus deudas. Esa apelación al no pagamos porque no se nos da la gana arranca aplausos y adhesiones, hasta tal punto que se la sigue usando con sentido oportunista. Que se pidan plazos porque no se pueden gravar peligrosamente los recursos del país; que se renegocie, todo está bien. Que se diga que es patriótico no cumplir con las obligaciones, propias o recibidas como herencia, no. Eso no es patriotismo, por más que algunos lo califiquen de ese modo. Al respecto cabe recordar que, en una posición completamente opuesta, el presidente Nicolás Avellaneda se apretó el cinturón y se los apretó a todos los funcionarios, a la vez que sumó al resto de los habitantes al sacrificio para responder puntualmente al servicio de la deuda externa.

-¿Cómo se interpretó el patriotismo en las distintas épocas de la historia argentina?

L.A.R.: -Hubo distintos tipos de patriotismo. El primero es el que se vincula con la Constitución de 1853, vigente hasta principios del siglo XX. Es un patriotismo por elección: todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino son invitados a sumarse a un pacto político y a vivir en el marco de sus leyes, asumiendo deberes y derechos. Nadie es excluido, nadie es obligado. En esa dirección, constitucional y liberal -en el sentido auténtico del término- trabajó el Estado en las décadas finales del siglo XIX para construir un patriotismo acorde.

M.A.D.M.: -Coincido plenamente, porque el patriotismo de la Constitución, desde el Preámbulo, permitió un desarrollo extraordinario del país porque al abrirlo con tanta generosidad a los extranjeros en poco tiempo los hizo sentir argentinos y totalmente integrados, y no les preguntó si eran nobles o plebeyos, si eran esto o lo otro…

L.A.R.: -Tampoco los forzó a nacionalizarse. Ahora bien: a principios del siglo XX hubo un giro, que surgió primero en los intelectuales y luego fue tomado por el Estado. Ganó prestigio otra idea de patriotismo, vinculada con la defensa de algunos rasgos definidos como esenciales de la argentinidad. Poco después empezó a hablarse del “ser nacional”, un tema que aún hoy apasiona a muchos intelectuales. Lilia Ana Bertoni estudió ese giro. Una nación verdadera -se decía- tiene que tener una unidad esencial, profunda, que esté más allá de la historia.

-¿Cuál era esa esencia?

-Esto dio lugar a profundas controversias. ¿Eramos hijos dilectos de España o los criollos? ¿Nuestro rasgo distintivo era nuestra raza, predominantemente blanca, como todavía se encuentra en los libros de geografía? ¿Nuestra esencia era representada por el gaucho? En ese caso, ¿qué gaucho: Martín Fierro o Don Segundo Sombra? La búsqueda de la unidad esencial trajo querellas enconadas, que hoy todavía perduran. Estos debates tomaron otro tono cuando intervinieron grandes actores institucionales. Cada uno se arrogó el derecho de definir la nacionalidad, establecer quién era auténticamente argentino y quién no. El Ejército primero, que desde principios del siglo XX se ha identificado a sí mismo con la nación, se proclamó guardián de sus intereses esenciales y en particular de su territorio; en su concepción, la nacionalidad se identificaba con un territorio que fue argentino desde la creación del mundo. Luego intervino la Iglesia, que definió a la Argentina como una “nación católica”: quienes no lo eran pasaron a ser algo así como argentinos de segunda. Finalmente, nuestros grandes movimientos políticos democráticos -el radicalismo yrigoyenista y el peronismo- se identificaron a sí mismos, sucesivamente, con el pueblo y la nación; sus adversarios estaban, en realidad, fuera de la nación. Todos contribuyeron a un patriotismo faccioso e intolerante. Este nacionalismo traumático y paranoico ha visto enemigos en distintos Estados, algunos limítrofes, como Brasil o Chile; otros distantes, como Inglaterra, y más recientemente hemos trasladado esas fobias al Fondo Monetario Internacional. Pero en algún momento nuestro nacionalismo ha empezado a descubrir el enemigo interno. En los años 30 y 40 eran los judíos. Luego fueron las oligarquías cipayas, agentes del imperialismo. Desde los años 60, los militares elaboraron la figura del subversivo, finalmente calificado de apátrida: al postular que era enemigo de la nación, su aniquilación podía considerarse justificada. Esto indica que la democracia no puede convivir con semejante tipo de nacionalismo. Como la identidad nacional no viene dada de una vez para siempre sino que se construye, es posible y necesario hoy construir otro patriotismo, libre de los vicios de aquella versión unanimista, esencialista y paranoica.

-¿La Guerra de Malvinas despertó el patriotismo o potenció el nacionalismo?

M.A.D.M.: -Cuando se produjo el ataque a Puerto Argentino, surgió en la población un sentimiento generalizado de adhesión y fervor con respecto a la recuperación, sin detenerse a pensar en las consecuencias. El día en que se informó por la cadena oficial la toma de Puerto Argentino con los sones de la Marcha de las Malvinas que muchos, entre ellos yo, habíamos oído y cantado en la niñez en la escuela, se produjo una eclosión de emoción y entusiasmo que pronto desembocó en ese optimismo generalmente injustificado y desaforado que nos caracteriza a los argentinos y que hacía abrigar la absoluta certeza de un dominio permanente luego de esa acción triunfal. El drama de los que estaban en las islas sólo golpeó el espíritu argentino cuando, pasado el tiempo, se supo la realidad de hambre, frío y desprotección que sufrían por igual los jefes y los soldados enviados con imprudencia y desaprensión por el gobierno de entonces. Y como había en el tema Malvinas ese ánimo futbolero -al principio la Plaza de Mayo llena de gente que aplaudía los gestos belicosos de Galtieri, y enseguida un penoso olvido-, la convicción de la derrota originó una especie de desinterés que se fue haciendo más profundo y se evidenció en el modo como la sociedad da la espalda a los veteranos que, veinte años después, siguen reclamando pensiones dignas y atención sanitaria para los que no pudieron superar tamaño trauma.

-Frecuentemente se dice “patriotas eran los de antes”. ¿Qué le sugiere ese dicho?

M.A.D.M.: -Mire, eso implica una falta de compromiso porque se proyecta hacia el pasado. Además, cuando se habla de los personajes del pasado hay una actitud muy pueril porque se piensa que los hombres y las mujeres del pasado eran seres impolutos.

-Como que siempre estuvieron en el bronce.

-Exacto. Cuando la gente apela a ese dicho no piensa que fueron como nosotros. Y justamente si algo tenían de positivo es que se levantaron sobre la condición humana para hacer determinadas cosas para el bien del país.

L.A.R.: -Ese dicho alude a la idea de que para ser patriota hay que ser absolutamente admirado y renunciar a todo interés personal. Y el mundo no funciona así, porque todos tenemos nuestros intereses personales. El problema es cómo podemos armar una patria en común, donde nuestros distintos intereses puedan convivir. No hay que contraponer abnegación con interés, sino cómo convivir los distintos intereses dentro de un marco común.-Tal vez la gente relacione patriotismo no sólo con la gesta histórica, sino con la forma de vida, la conducta y la honestidad de los gobernantes.

L.A.R.: -Eso está bien. Está bien que el patriotismo se manifieste en los pequeños gestos y no solamente en el acto heroico de la Batalla de San Lorenzo.

M.A.D.M.: -Es innegable que hay personas que tienen verdaderos sentimientos democráticos. No hay por qué pensar que la dirigencia política es toda mala, toda corrupta. Como le dije antes, no es bueno proyectar siempre hacia el pasado.

Publicado en La Nación Revista

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