Luis Alberto Romero

artículo publicado

25 de septiembre de 2012

“Cristina está siendo atrapada por el discurso”

Por Alejandro Moreno

El historiador Luis Alberto Romero analizó en una entrevista con Alfil las características de la forma de gobernar de Cristina de Kirchner. Encontró que el discurso de la Presidente está “radicalizado” y que, a diferencia de lo que sucedía con Néstor Kirchner, al que consideró un “pragmático”parece más convencida de lo que dice. Cuestiona que esa radicalización le haya hecho perder el contacto con los factores de poder (desde la CGT a los empresarios) que sí tenía su esposo.

Periodista: La última edición de su “Breve historia contemporánea de laArgentina” llega hasta la muerte de Néstor Kirchner. ¿Hay en ese corte sólo un criterio de contemporaneidad, o usted cree que hay en ese episodio un final de época, y un comienzo de otra?Apunto a preguntarle, en definitiva, si el cristinismo es distinto al kirchnerismo de Néstor.
Luis Alberto Romero: Honestamente, mi idea era hacer un capítulo que llegara hasta el 2011, y que se llamara la era kirchnerista, pero no pudo ser. Entonces elegí, sin una gran convicción, tomar la muerte de Néstor Kirchner y decir que ahí terminaba algo. Eso lo escribí en marzo de este año. Por entonces, ya me estaba pareciendo que no era algo tan descabellado, y ahora pienso que hay bastantes razones para pensar que esto es distinto.

P.: ¿En qué cosas?
L.A.R.: Yo creo que Cristina más Néstor, o Néstor solo, funcionaban de una manera muy distinta a Cristina sola. Me parece que el factor Néstor es importante. Néstor, si bien era una persona con un discurso muy agresivo, como si hubiera sido un lector de (Ernesto) Laclau, que no lo era, tenía un enorme sentido de la realidad tangible. Ese famoso cuaderno donde anotaba y llevaba la cuenta de cuál era el superávit. Sus obsesiones eran que las cuentas fisca- les cerraran, o su diálogo permanente con los funcionarios de distintas jerarquías, o el diálogo con los opositores, que siempre lo mantenía, nunca cerraba una puerta. De modo que me parece que era un dirigente bastante pragmático. Y a Cristina, que por supuesto que comparte muchas cosas del lineamiento de la política de Kirchner, me parece que le falta eso. Y al faltarle ese contacto con los factores de poder, está siendo atrapada por el discurso.

P.: ¿Qué quiere decir con que la atrapa el discurso?
L.A.R.: Néstor Kirchner tenía la CGT, Cristina la expulsó. Néstor Kirchner tenía un grupo de empresarios amigos, que han ido cayendo en desgracia. Estas cosas son contrapesos que un gobernante tiene. Los intereses corporativos son los que le hacen saber que hasta acá se puede, más allá de eso, no. Y eso es lo que yo le adjudico a ese sentido de realidad que tenía Kirchner. La capacidad de tener contacto con los factores de poder y, consecuentemente, la moderación de su política, pese a que las palabras lo llevaban para otro lado. El tenía esa frase: “no se fijen en lo que digo, sino en lo que hago”. A mí me parece que Cristina, y esto entrando un poco en los rasgos de su personalidad pero también en la dinámica del régimen, al decidir prescindir de esas ligazones con los grupos fuertes, pierde los controles para su discurso. Y ese discurso radicalizado, que me parece que ella se lo cree mucho más que Néstor, impulsa a los ejecutores de su política a, como dicen ellos, ir por más. Le confieso que estoy utilizando una idea que se ha usado mucho para explicar la diferencia entre (Adolf) Hitler y (Benito) Mussolini, que quizás están injustamente asociados, porque son bastante diferentes. Mussolini, fue un hombre de Estado, un hombre que construía instituciones, no las liberales, pero otras. Siempre estaba armando organigramas, encuadrando, dando representaciones a unos y a otros. Hitler tenía un estilo político que terminó disolviendo el Estado alemán a fuerza de radicalizarse. Por ejemplo, al crear distintas capas de funcionarios y no definir hasta dónde llegaba uno, hasta dónde llegaba otro. El no se ocupaba de la gestión, lo que hacía era trazar grandes líneas muy radicalizadas y dejar que sus hombres compitieran a ver quién la llevaba adelante; como se decía, trabajaban en la dirección del Führer. Las grandes empresas, que fueron las que lo apoyaron en la etapa inicial, desde que se adoptó la política del rearme y luego de la guerra, fueron intervenidas por las SS. Dejaron de ser un contrapeso y empezó eso que se llamó la primacía de la política. O sea, la primacía del impulso político más allá del control de los poderes reales. A mí me da la impresión de que a Cristina le está pasando eso. Además, se ha puesto muy locuaz. En cada discurso dice una de esas cosas que la proyectan hacia un horizonte indefinido.

P.: ¿Incluiría en esa línea el intento reeleccionista?
L.A.R.: Es más complicado que eso. Creo que no sólo Kirchner habría tratado de hacerse reelegir. ¿Por qué el peronismo no es el PRI? El PRI tenía esa regla fuerte de que el presidente dura seis años, y esto aseguraba la continuidad del partido. En el peronismo esto nunca existió, y salvo la elección interna de 1988, en la que fue notable la puja entre (Carlos) Menem y (Antonio) Cafiero porque fue totalmente abierta y libre. Una verdadera elección.

P.: Pero entonces el peronismo no estaba en el poder.
L.A.R.: Exactamente. El que tiene el poder no lo regala. Seguramente sabe que el sucesor,pormásqueloelija,loprimeroque va a hacer es cortarle la cabeza, como hizo Kirchner con (Eduardo) Duhalde. Y luego, todo el grupo que depende del presidente empuja a que siga y que siga, porque ellos son los que no tienen futuro.

P.: Las manifestaciones como el cacerolazo de la semana pasada. ¿Usted cree que pueden tener continuidad, qué pueden funcionar como un contraponer, o que se va a agotar por lo inorgánicas que son?
L.A.R.: No lo sabemos. Creo que son esos procesos que todavía no se han completado, y solamente cuando se completen vamos a saber qué es lo que pasó. Creo que es una base. Hay una materia prima que la oposición política tiene ahora, y que antes no había tenido. Me parece que así como están, pueden hacer una segunda manifestación más numerosa, pero seguramente en ese estilo la tercera va a empezar a declinar. Es un poco la historia de 2001, y lo que dice la mayoría de los libros: los movimientos sociales tienen un techo, a menos que alguien les de forma política.

P.: ¿Y es posible que alguien hoy les de esa forma política?
L.A.R.: No sé si es posible, pero es eviden- temente el desafío a los partidos. Ahora que tienen una base, que ya no pueden decir “la gente la vota porque tienen el plan”, hay que ver qué forma le dan. Los partidos tienen la ventaja de que en este momento la forma no es muy difícil, porque es oponerse a la reelección. No tienen que dirimir candidaturas, ni proponer programas de largo plazo. Ellos tienen que explicitar el sentido de esta protesta, porque la protesta que no la convoca nadie, que no tiene pancartas, tiene muchos sentidos posibles. Ésa es la tarea de la política: darle forma, aglutinar. Podría ser que De la Sota le encuentre la vuelta.

P.: ¿A unir a los opositores?
L.A.R.: A hacer una síntesis que le dé su lugar a todos, y que todos se sepan incluidos. Creo que en el oficialismo hay muchísima gente que está esperando que otro haga punta para sumarse. También puede ocurrir que el que haga punta sea liquidado. Normalmente es así. Ése es el éxito del gobierno: al primero que levanta la cabeza lo barro.

P.: Hay en la oposición un juego con la UCR como pivot, en el que podría darse una alianza con el socialismo o con el macrismo. ¿Ve alguna amalgama entre estos partidos?
L.A.R.: No creo que sería buena una alianza que sume a todos. La alianza tiene que ser suficientemente amplia como para superar la fragmentación actual, pero a la vez suficientemente específica como para poder proponer una opción. Por eso, 2013 es un momento, como fue 2009, para votar en contra. No se necesita ir juntos. Desde el punto de vista del discurso, creo que habría que encontrar una forma para que no sea “no a algo”, sino “sí a algo”. El no debilita.

P.: Salvo que haya un clima social muy negativo para el gobierno.
L.A.R.: Hay que mantener la idea de “no a la reelección”, pero presentarla como “queremos defender tal idea de democracia”.

P.: En el kirchnerismo hay un rescate épico de la historia de los ‘70 y, a partir de ahí, de la figura de Eva Perón. A Cristina de Kirchner le gusta hablar con las imágenes de Eva Perón de fondo. ¿Hay algo de la forma de hacer política de Eva Perón en Cristina o es simplemente un detalle iconográfico frívolo?
L.A.R.: Esa distinción que yo le hice entre Mussolini y Hitler, la aplicaría a Perón y a Eva, que juntos formaban una fórmula muy poderosa, pero indudablemente con tensiones. Creo que Perón siempre fue un hombre de Estado, militar, hombre de orden, hombre de pensar organizaciones, mientras que Eva era una fuerza desbordada. La manera de actuar de ella era radicalizando, por ejemplo en el lenguaje. Lo que en Perón eran los opositores, en ella era la oligarquía asquerosa. Lo que en Perón era privilegiar la organización, en ella era privilegiar el sentimiento y la identificación con el líder. Y la densidad de las palabras pesa en política.

P.: Parece que usted observa un para- lelismo entre Néstor y Cristina, y Perón y Eva.
L.A.R.: Yo creo que sí. De todos modos, no sé si la elección que han hecho de Evita tiene que ver con esta inflexión o con una manera de leer la historia. Reivindicar la experiencia de los ‘70 es cobrarse la cuenta pendiente con Perón.

Publicado en Alfil - Córdoba

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