Luis Alberto Romero

artículo publicado

12 de junio de 2013

“Cuando se trata de identidades, es muy difícil que alguien reconozca que se equivocó”

El historiador e investigador detalla el lugar que ocupa (y ocupará) el kirchnerismo en la historia argentina. y considera que será un complicado trabajo lograr volver a poner en caja a la economía.

Por Gustavo Grosso

 

“Hubo una Argentina vital, pujante, sanguínea y conflictiva, que se construyó a fines del siglo XIX y aún era reconocible al concluir la década de 1960. A partir de 1980, por el contrario, vivimos en una Argentina decadente y exangüe, declinante en casi cualquier aspecto que se considere, con dos excepciones paradójicas. Una fue el intento fallido de construcción, en medio de la decadencia, de un régimen político y un sistema de convivencia democrático y plural. Fue un fruto tardío; quizás el canto del cisne del viejo país. La otra fue la nueva oportunidad del siglo XXI: la inesperada afluencia de riqueza, finalmente utilizada solo para construir un sistema político autoritario, ineficaz y vicioso”. Así condensa Luis Alberto Romero, en el prólogo de La larga crisis argentina, pasado y presente del país. Historiador e investigador del Conicet, Romero es el protagonista de la charla directa de hoy, que repasa aspectos centrales del gobierno de Cristina Fernández.

-¿Qué aprovechó y que desaprovechó el kirchnerismo?
-Aprovechó la prosperidad económica basada en la soja para construir un sistema de poder basado en el férreo control de la caja fiscal -robustecida por la expansión-, y en el uso del sistema administrativo -gobernadores e intendentes- para armar una eficiente máquina electoral. En esto hubo algo de casual: no sé si la prosperidad de esos años era imaginable, y tampoco se me ocurre cómo habría construido el kirchnerismo ese formidable aparato sin los recursos extraordinarios. Lo que desaprovechó es la posibilidad de usar esos recursos para dos cosas que siguen siendo urgentes: aprovechar los ingresos de la exportación para fundar un crecimiento sustentable de la economía interna -que se expandió solo sobre la base de gasto fiscal- y, sobre todo, para comenzar a cerrar la brecha entre el mundo de la pobreza y el resto de la sociedad. Para estas dos cosas no solo habría sido necesario usar razonablemente los recursos sino sostener y construir instituciones estatales adecuadas. La posibilidad estuvo, y quizá todavía esté; pero el mejor momento se perdió.

-¿Cómo imagina a la Argentina post kirchnerismo?
-Creo que cualquier gobierno no kirchnerista va a contar con la aquiescencia o buena voluntad de todas las fuerzas políticas y que gobernará normalmente. Eso ayudará mucho a la complicada reconstrucción que hay que hacer para volver a poner en caja la economía, que no será una tarea menor. Imagino también que, sobre la base de algunos acuerdos generales, comenzará la tarea de largo plazo de reconstruir la maquinaria estatal y encarar las dos políticas de largo plazo mencionadas: una economía estable y una recuperación de la pobreza. A la vez, creo que se mantendrán muchas medidas de orientación popular que inició el kirchnerismo, y que deben ser mantenidas y administradas correctamente.

-Usted afirma que desde los 70, la Argentina recorre un camino decadente ¿cuáles han sido los principales factores en esa senda?
-El más visible fue la fuerte reorientación de la economía, realizada de manera drástica desde los setenta, sin redes de contención. Allí empieza a crecer el mundo de la pobreza, que actualmente es nuestra mayor lacra. El más profundo ha sido la sistemática erosión, desmonte y destrucción del Estado, tanto en su organización jurídica como en sus instituciones y su funcionariado, hasta convertirlo en una maquinaria inútil. La prueba de esa destrucción se encuentra en el éxito del estilo de gobierno de urgencia, que requiere la eliminación de los mecanismos de control. En ese sentido, el giro estatista de esta década no es real. No se hizo nada por el Estado -salvo estatizar empresas para dar empleos a los militantes- sino por un gobierno singularmente expoliador. Y son dos cosas distintas.

-¿Es posible salir de la grieta divisoria que se gestó en los últimos años?
-No es fácil, para quienes han tomado partido militantemente, que no son todos pero son muchos. Cuando se trata de identidades y valores, es muy difícil que alguien reconozca que se equivocó. Creo que es importante recordar el pésimo antecedente de 1955, y evitar los revanchismos o las actitudes victoriosas. La reconstrucción demandará que todos trabajemos juntos. Hay que parar la pelota y enfriar el partido.

-¿Qué impacto considera que generan en la sociedad las ver- siones que hablan de bolsos con dinero, lavado de fortunas y otros casos de corrupción de una enorme difusión?
-Ha sido muy grande por dos razones: las denuncias llegan en un momento de fuerte malestar económico -es posible que tres años atrás no impresionaran tanto- y han sido hechas con un estilo comunicacional muy concreto y directo, que nos ha impresionado a todos. Una cosa es hablar de corrupción en general y otra pensarla en términos de bolsones de dinero. No es que se haya dicho algo muy nuevo: hace años que Carrió habla de estas cosas. Pero en estas circunstancias se ha producido una desnaturalización del robo al Estado. Nadie diría hoy “corrupción hubo siempre”.

-¿Tiene peso la Argentina en el contexto mundial? ¿Que lugar ocupa hoy el país en el mundo?
-Cada vez menos. La política del Gobierno ha consistido en cerrar al país y hostilizar a medio mundo. Hasta los uruguayos están molestos. En la Argentina se dice que no necesitamos del mundo, y la respuesta natural del mundo es que no necesitan de nosotros.

 

La ficha

Luis Alberto Romero es historiador. Ha sido profesor de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Conicet. Ense- ña en la Universidad Di Tella y en Flacso, e integra el Consejo de la Universidad de San Andrés. Recibió el Premio Konex de Historia y la Beca Guggenheim. Ha investigado sobre la sociedad, la cultura y la política de la Argentina en el siglo XX. Es miembro del Club Político Argentino.

Publicado en Edición Nacional

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