Luis Alberto Romero

artículo publicado

16 de febrero de 2014

De la crisis a la reconstrucción

El historiador Luis Alberto Romero piensa la recuperación democrática de 1983 como una excepción positiva en medio de 40 años de crisis. Y apunta al deterioro del Estado durante todos los últimos gobiernos.
Por Ricardo L. Mosso

 

Tiene una larga trayectoria académica, pero no quiere ser considerado un “intelectual”. Defiende los logros de la democracia argentina de los últimos 30 años al tiempo que se define sin titubear como opositor y “antikirchnerista”. A los 70 años, investigador principal del Conicet y profesor universitario jubilado, el historiador Luis Alberto Romero “gasta” su tiempo en escribir columnas de opinión en varios medios. En ellas critica fuertemente al Gobierno nacional sin dejar un optimismo cauto frente a lo que ve como una crisis –económica e institucional– que se agudiza. Con más de una veintena de libros publicados, su más reciente ensayo – La larga crisis argentina: del siglo 20 al siglo 21 , publicado en 2013– incluye una frase que es una buena foto de su pensamiento, marcado por sus casi 50 años de estudio de la historia: “Acaso todavía no hayamos terminado de recorrer el camino de la larga crisis; acaso ya hayamos comenzado el largo camino de la reconstrucción”.

–En su libro de 2013 sostiene que la reconstrucción democrática de 1983 fue una “excepción” en medio de 40 años de crisis del país, ¿cree que habrá más excepciones buenas como esa?

–Esta es la mirada que tengo desde 2013; a lo mejor dentro de 10 años la curva me da otro resultado y pueda decir que lo de 2003 a 2013 fue una excepción. Podría ser, ojalá.

–Allí también argumenta que los gobiernos de 1973 a hoy contribuyeron de distintas maneras en empeorar al Estado argentino, ¿por qué cree que es así?

–Yo no tengo una gran explicación para esto, pero veo que es un fenómeno. Por ejemplo, entiendo que, en el gobierno militar de 1976 y Martínez de Hoz, había una idea medio bruta, pero idea al fin: que en ese Estado grande, gordo, estaba el origen de conflictos que podían resolverse achicándolo. Para a la vez debilitar a una parte de los contendientes –la industria protegida y los sindicatos– para que las “patrias” financiera y contratista quedaran como ganadoras.

Pero no podría decir que el gobierno de Alfonsín tuviera el propósito deliberado de achicar el Estado: más bien diría que no lo puso en su lista de prioridades y que, teniendo que dar otras peleas, esa la postergó. Y quizás también que eligió a unos cuantos administradores bastante incapaces, fuera de la gente del equipo del (ministro de Economía Juan) Sorrouille. En el año ‘87 –un poco tarde– se dieron cuenta de que el Estado era un problema importante, que había que hacer algo, y ahí vino Rodolfo Terragno con la idea de una privatización parcial de YPF. Que fue un fracaso porque los legisladores peronistas levantaron las banderas de la Nación y del Estado. Una cosa asombrosa, ¡porque dos años después habían empezado a vender todo!

En el caso de Menem sí hubo un propósito deliberado de achicar el Estado; pero dentro de su gobierno hubo dos líneas: una era “pongamos en venta todo de cualquier modo” y la otra “privaticemos ordenadamente y conservemos la regulación estatal”, que era sensata. Y eso es lo que me parece que se fue perdiendo mucho en la era de los Kirchner: la regulación de los servicios privatizados. Hay dos cosas: indudablemente se montó una organización para extraer una parte del ingreso estatal; la política de los subsidios fue de enriquecimiento del grupo gobernante. Y junto con eso, realmente los Kirchner eran y siguen siendo muy malos gestionando. Por ahí no se propusieron que hubiera una “tragedia de Once”, pero hicieron todo para que pasara. Y si bien venían de una tradición estatista, también venían de una tradición “decisionista”: en el caso de que hubiera que elegir entre un sistema regulado por el Estado y un sistema de libre decisión, se quedaban con el segundo.

Siempre un gobierno empieza hablando de la “pesada herencia” que recibió del anterior. ¡Salvo Cristina!, que esta última vez no pudo decir nada, porque el anterior presidente fue ella y antes su marido.

–En un artículo sugirió que algo positivo de este momento es el empuje de las ONG y otras organizaciones de la sociedad civil, como Red Solidaria, por ejemplo. ¿Por qué resalta ese tema?

– Creo que las ONG crecieron para cubrir baches del Estado y, en un futuro ideal en el que el Estado se recupere, es muy importante que cultive y aliente al tercer sector y no que lo aplaste. Porque tampoco es bueno que el Estado sea como en los años ’40 y ’50. Se me ocurrió una imagen: en los jardines del siglo XVIII, el estilo francés era podar un arbusto hasta darle una forma cuadrada; y el inglés, en cambio, era dejar a la naturaleza que siga su curso podando un poco, sin dejarlo abandonado. A mí me parece que así debería ser el Estado; que ordene, pero que no sea arrasador. Creo que un Estado total no es ni posible ni bueno. Y vivir sin Estado tampoco, por eso hay que encontrar un punto medio. No tengo la menor idea de qué va a pasar en 2014 pero, si salimos de esta crisis, me parece que no va a pasar como en los ’80 y ’90, que la Argentina estaba encorsetada por el endeudamiento. Tenemos muchas más posibilidades: lo de la soja no es un accidente: es una transformación de la Argentina para volcarse al mundo y especializarse.

–Desde varios sectores se dice que el crecimiento de la soja no implica un desarrollo completo del país.

–Es muy importante la distinción entre crecimiento y desarrollo. Porque el crecimiento se puede dar en un país árabe que tiene un ingreso excepcional por el petróleo pero sus habitantes son todos miserables, salvo los jeques. La diferencia está en que los ingresos se distribuyan entre la población como hacen los noruegos, por ejemplo. En las décadas del ’40 al ’70 se pensaba que el “desarrollo completo” era que la Argentina tenía que producir todo: acero, plástico, rabanitos. Y eso evidentemente no es necesario, dado el nivel de integración que tiene la economía mundial. Y aparte somos 40 millones, es imposible tener fábricas de todo. La salida de la Argentina es el Mercosur, pongámosle, y ese tipo de organizaciones con las que se aproveche lo que acá producimos competitivamente.

–Ese sería el concepto de las retenciones.

–Las retenciones son lo menos discutible: es casi lógico que las haya, ¿no? La pregunta es retenciones para hacer qué: ¿para dar subsidios? En 2011, después de las elecciones empezaron con la política de eliminar los subsidios eléctricos, arrancaron por Puerto Madero y Belgrano. A mí tocó la eliminación del subsidio y entonces pago 80 pesos de gas y 1.800 de luz: ¡es de una ineficiencia pavorosa!

–Siempre que hay crisis, se vuelve a hablar –desde distintas posiciones– de la Generación del ’80 como “imaginadora” del país.

–Todos los historiadores hemos visto a 1880 como un momento fundacional, cuando en realidad es como la exposición de los logros anteriores. Pero el diseño es anterior, de las décadas de 1860 y 1870. Por ejemplo, todo el sistema educativo nacional que formula la ley 1.420 es el que ya estaba instalado en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires. Pasa siempre: uno conmemora la fecha en que algo sale a la luz, como si fuera un embarazo, pero los proyectistas que pensaron a lo grande fueron Alberdi y Sarmiento y todos esos. Los del ’80 fueron más administradores.

–Usted también dijo en un artículo de opinión que el kirchnerismo no se considera a sí mismo un producto de lo que pasó antes, sino como algo nuevo. ¿Eso ha pasado en otras épocas en el país?

–Para ponerlo en otro ámbito, el arte está lleno de grupos que dijeron: “Hasta nosotros fue una cosa, ahora es otra…”. Para dar un ejemplo más trivial, nosotros enseñamos a los jóvenes historiadores que hacen su tesis de doctorado a escribir lo que llamamos un “estado de la cuestión”, donde dicen “la historiografía hasta ahora ha dicho todo esto, yo voy a mostrar esto otro…” (se ríe). Es la mirada del protagonista, que se afirma ahí. Pero cuando uno hace historia se pone en otro lado, y mira con ternura esas miradas fundadoras y dice: “Bueno, acá pensó que descubría la pólvora, pero no lo voy a tomar en serio”. No es fácil, porque es muy tentador tomarse en serio: muchas veces el protagonista cree estar haciendo revoluciones y después, mirando el balance, no hubo un cambio tan grande.

En el caso kirchnerismo, ¿cuánta gente hay que pueda decir el nombre completo –sólo el nombre– de “Proyecto de crecimiento económico con matriz diversificada e inclusión social”? Y de ahí se achica un poco la cantidad de gente que puede explicarlo, y entonces queda “el proyecto”. No necesita otra aclaración y mejor no hacerla, porque enseguida empiezan a aparecer los baches.

–Y el que señala alguna debilidad del “proyecto”, pasa a ser considerado parte de la oposición.

–Eso muestra que la discusión no tiene ninguna relevancia en esto: ya están definidos los campos y más bien se limitan a encontrar las palabras justificatorias de una división que ya tienen en la cabeza. Porque con un poco de distancia podríamos darle forma al proyecto que ha tenido el kirchnerismo. Lo que pasa es que daría un resultado distinto al que ellos dicen, pero que existía una combinación orgánica de las cosas, sí. Yo creo que un punto importante es la combinación de la caja y la creación del sustento político a partir de ella.

–¿Es no es poner el carro delante del caballo: primero el dinero y después la construcción política?

–No, es la política. La política democrática cuesta cara y alguien tiene que pagarla. Lo que pasa es que si uno espera que la política sea competitiva, diría, bueno: “Con los recursos del Estado no, que cada uno se los agencie por otro lado”. Lo que hay acá es un monopolio por parte de un grupo político de los recursos del Estado.

–Un político argentino podría responder a eso: “Si la política la hacen sólo los que tienen recursos propios, sería una plutocracia”.

–Sí, pero en el fondo eso es más honesto que el enriquecimiento disimulado. En Estados Unidos, los políticos son ricos, pero tienen que mostrar su declaración de ingresos y además en el financiamiento de las campañas son muy transparentes; hay un límite legal a lo que cada uno puede aportar, entonces tienen que moverse día y noche para conseguir mucha gente que ponga 5 mil dólares cada una. Y si un tipo pone esa plata, no es tanto para conseguir una retribución sino porque algo le importa; no está mal. Lo mismo que la Iglesia Católica en Estados Unidos, que se sostiene con el aporte de los creyentes y no el del Estado; es más meritorio. Acá hay muchos obispos que dicen que tenemos que ir a eso.

–¿Cómo describiría el rol del peronismo durante las últimas cuatro décadas que la Argentina?

–Es muy difícil, porque el peronismo es como la Iglesia Católica: si duró tanto tiempo es porque fue cambiando y haciendo cosas muy distintas, pero a la vez uno no puede negar que hay una continuidad, un núcleo. Que no necesariamente sea el mismo núcleo, pero sí que hay algo que de una etapa va pasando a otra, después desaparece y vuelve a aparecer. Hay un punto en el que la pregunta es por qué el país se siente tan representado por el peronismo. Y lo que uno puede decir es que el peronismo en cada momento va captando lo que es la media general: lo más fuerte, del ’83 a esta parte, es su forma de hacer política en democracia, que es completamente distinta a la forma en que hacía política antes. Por ejemplo, antes de 1983 se había basado totalmente en los sindicatos y después se reorganiza en lo territorial, porque los sindicatos y la industria se vinieron abajo. Ahora, ¿los peronistas quiénes son? No hay un peronista esencial, a diferencia de los radicales, por ejemplo. Se puede decir que se van haciendo peronistas personas adecuadas para un nuevo momento; ¿Sergio Massa es un peronista? ¿O es alguien que vio en el peronismo la posibilidad de armar su proyecto?

Ahí hay que empezar a buscar algunas constantes: la posibilidad de hacer carrera en el peronismo de acuerdo con los méritos. Yo lo comparo con una iglesia evangélica, en la que un tipo dice: “El Señor habla a través de mí”, y nadie le dice ni que sí ni que no. Pero le dicen: “Andá a la plaza a hablar”, y si junta gente está bien, y si no, no. Por eso la gente de formación no hace carrera en el peronismo.

–Ciertos historiadores revisionistas dicen que el peronismo no es otra cosa que la expresión del país profundo, parte de una línea “San Martín-Rosas-Perón”, ¿cómo lo ve?

–El punto de partida de eso es muy propio del nacionalismo romántico: “Hay una Argentina profunda; hay un ser nacional”. Eso ya es una manera de mirar con la que yo no me engancho. Y además cada generación va a haciendo su experiencia de qué es ser argentino; por eso los historiadores hablan ahora de la “invención” de la nacionalidad, algo que antes hacía el Estado. Además, el peronismo toma eso de un acervo nacionalista más grande; y es casi una característica argentina que haya gente que diga: “Lo nacional es esto”; un caso es el Ejército.

Dentro del nacionalismo argentino hay un formato sobre el cual hay consenso y luego peleas fortísimas sobre en qué consiste la nacionalidad. Por ejemplo, una voz muy fuerte en la construcción de la nacionalidad en las primeras décadas del siglo 20 en la Argentina fue la Iglesia Católica, con la idea de “nación católica”. Ahora, una buena parte de la línea de historiadores revisionistas –como José María Rosa– se desmarca de la Iglesia. No hay unanimidad entre los nacionalistas, pero todos coinciden en que hay un “yo” nacional –o nacional y popular– y un “otro” enemigo de la nación, liberal y cosmopolita, interno y externo. O “el imperialismo y la oligarquía cipaya”, como decía (el escritor y político de izquierda) Jorge Abelardo Ramos (1921-1994). De ahí las “dos Argentinas”: para el nacionalismo hay una “Argentina mala”, que está en los discursos de la Presidenta. Hay toda una teoría política bastante clásica –un autor es Carl Schmitt– sobre las virtudes de construir el poder dividiendo.

–En los períodos históricos de la Argentina en el que hubo menos polarización que en el actual, ¿por dónde le parece que pasaba esa relativa tranquilidad?

–Es una buena pregunta, porque no son muchos esos períodos tranquilos. Uno fue la década del ’20, hasta que comienza el retorno de Yrigoyen. Y la década del ’30 también fue tranquila. Hay un tipo de conflicto que es el que se genera en la Argentina que va incorporando inmigrantes externos e internos. Su característica es que es vivido con gran tensión por los protagonistas, pero no es un gran conflicto.

Y el otro conflicto que me parece muy importante es el corporativo, entre grupos de interés –organizaciones empresarias, profesionales, sindicatos–, que no están en conflicto entre sí, sino con el Estado, o chocan entre sí para que el Estado los atienda. Perón manejó bastante bien este conflicto, pero del ’55 en adelante se fue haciendo cada vez más fuerte, sobre todo por la inflación y las crisis cíclicas. El sociólogo Juan Carlos Torre, que es uno de los tipos más inteligentes de la Argentina, escribió que de 1973 a 1976 hubo dos conflictos: uno es el interno del peronismo y el otro el del fracaso del Pacto Social que ideó Perón. Me da la impresión de que no hubiera sido imposible, para un Perón a toda máquina, solucionar el problema de Montoneros con represión legal. Pero la tensión entre los distintos grupos corporativos era muy grande y difícil de solucionar.

El último discurso público de Perón fue el 12 de junio de 1974, cuando ya estaba enfermo (murió el 1º de julio de ese año). Ahí le dice a la CGT amiga: “Firmamos un acuerdo, el Pacto Social, y ustedes no lo respetaron. Ya pasó la hora de gritar ‘La vida por Perón’: ahora tenemos que hacer cosas, y si no yo me voy”. Se lo estaba diciendo a su tropa.

Romero, en resumen

Luis Alberto Romero nació en Buenos Aires en 1944. A los 23 años se recibió de profesor de Historia en la Universidad de Buenos Aires. Hijo del prestigioso historiador argentino José Luis Romero (1909-1977), es investigador principal del Conicet.

Entre 1984 y 2010 fue profesor titular de Historia Social General en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Hasta 2011 dirigió el Centro de Estudios de Historia Política de la Universidad Nacional de San Martín.

Recibió becas de las fundaciones Guggenheim (2006) y Antorchas (1999), y del Social Science Research Council (1982). También le fue otorgada la Mención Especial en el Gran Premio Nacional de Historia de 1994 y el premio Konex en Historia (2004).

Entre otros muchos libros, escribió Breve historia contemporánea de la Argentina (1994, editada en inglés por la Universidad Estatal de Pensilvania en 2006), La crisis argentina. Una mirada al siglo 20 (2003), Buenos Aires, historia de cuatro siglos (1983) y Los golpes militares, 1812-1955 (1969).

Textuales

“No tengo la menor idea de qué va a pasar en 2014 pero, si salimos de esta crisis, me parece que no va a pasar como en los ’80 y en los ’90, cuando la Argentina estaba encorsetada por el endeudamiento. Tenemos muchas más posibilidades: lo de la soja no es un accidente”.

“Con un poco de distancia podríamos analizar el proyecto que ha tenido el kirchnerismo; daría un resultado distinto al que ellos dicen, pero que existía una combinación orgánica de las cosas, sí. Un punto importante es la combinación de la caja y la creación del sustento político a partir de ella”.

“ No hay un peronista esencial, a diferencia de los radicales. Se van haciendo peronistas personas adecuadas para un nuevo momento; ¿Sergio Massa es un peronista? ¿O es alguien que vio en el peronismo la posibilidad de armar su proyecto?”

“No hay unanimidad entre los nacionalistas, pero coinciden en que hay un ‘yo’ nacional y popular, y un ‘otro’ enemigo de la nación. De ahí las ‘dos Argentinas’: para ellos hay una ‘Argentina mala’, que está en los discursos de la Presidenta”.

Publicado en La Voz del Interior

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