Luis Alberto Romero

artículo publicado

19 de octubre de 2014

De la tragedia a la farsa

El conocimiento de la historia debería mover a la oposición a defender a la Argentina de esta supuesta democracia en la que no existe libertad de poderes y sí un avance cada día más marcado hacia el autoritarismo, aunque con tintes farsescos.

Invocando la democracia, el gobierno de Cristina Kirchner parece marchar hacia la dictadura. Lo muestra la suma de leyes sancionadas recientemente, las decisiones arbitrarias, la descalificación de las instituciones, la denuncia de una conspiración universal, y hasta la apelación a acciones intimidatorias violentas.

Todo esto ha originado poca reacción en la oposición, enfrascada en la elección de 2015; no toman en serio esta acumulación de acciones y no enfrentan con fuerza la radicalización presidencial. Hacen mal. El origen democrático y constitucional del gobierno no es garantía de que no se convierta en una dictadura.

Un buen ejemplo histórico de esto es el proceso de toma del poder por Hitler entre enero de 1933 y junio de 1934, que ha sido caracterizado como una “revolución legal”. Al cabo de ella, el canciller de la República de Weimar se convirtió en la persona que en Alemania concentraba todo el poder y dictaba la ley, incluso retroactivamente.

Probablemente muchos pensarán que esta comparación es irritante e inadmisible. Nadie quiere ser confrontado con Hitler. La tradición de izquierda se negó siempre a compararlo con Stalin quien, pese a todos sus “crímenes”, era el heredero de la “gloriosa Revolución de Octubre”.

Otros en cambio, pensando en sus víctimas, sostienen la excepcionalidad del nazismo, que fue “el mal absoluto”, inexplicable para la razón. Aunque hubo varios genocidios en la historia, dicen, la Shoa fue única.

Los historiadores saben que cada caso es singular e irreductible, y se resisten a dar entidad real a categorías clasificatorias, como fascismo, populismo o democracia.

Por eso, para entender un caso necesitan compararlo con otros muchos, quizá muy diferentes, pero con algún rasgo similar. Todo les sirve, y nada les está vedado, aunque protesten quienes cultivan la corrección política.

La experiencia alemana, desde el Imperio a la segunda posguerra, es extraordinariamente rica para todo lo que tenga que ver con la política democrática y sus variantes, entre las que se incluye la dictadura plebiscitaria.

Los distintos procesos tienen siempre algún rasgo de familia. Pero además, los políticos se miran, adaptan o copian lo que les parece útil. Hitler tomó mucho de Mussolini, lo mismo que Perón, aunque hicieron cosas diferentes, en contextos distintos.

Mussolini miró a Stalin y hasta le preguntó cómo organizaba los actos del 1° de Mayo, que quería copiar. Los tres vieron en la política el papel del espectáculo, como también lo comprende hoy, por ejemplo, Javier Grosman.

En enero de 1933 Hitler obtuvo un poder limitado, y aunque pudo manipular las elecciones de marzo, no alcanzó una mayoría contundente en el Reichstag.

Pero pocos días después esta Cámara le confirió por ley plenos poderes. No votaron los comunistas, que habían sido proscriptos. Los socialistas se opusieron, pero en cambio la votó el partido católico, el Zentrum, luego de que Hitler acordara la firma de un Concordato con el Papa.

El día de la votación, las calles vecinas al Reichstag fueron copadas por las SA, su cuerpo especial, que hizo entrar en razones a los dudosos, mientras que la sala de sesiones, llena de insignias nazis, se pobló con una barra militante.

La ley facilitó la sanción de otras leyes excepcionales; el gobierno hizo unas cuantas cosas fuera de la ley y la violencia policial y parapolicial acalló a la prensa y a las voces independientes. En 1934 Martin Heidegger, rector de la Universidad de Friburgo, pudo decir que “el propio Führer, y solo él, es la realidad alemana, presente y futura, y también su ley”.

La república había desaparecido, pero su fundamento de legitimidad siguió ligado al principio democrático de la voluntad popular, que como había puntualizado Tocqueville, no dice nada sobre restricciones del poder y derechos de las minorías.

Además de las grandes concentraciones, como la que filmó Leni Riefenstahl, hubo cinco referendos, entre 1933 y 1938, todos ganados de manera abrumadora.

Un régimen que había evolucionado hacia la dictadura y se aprestaba a realizar su más horrible designio pudo exhibir el respaldo de la voluntad popular.

Naturalmente la escala de este proceso y sus consecuencias no tienen nada que ver con la radicalización actual de este gobierno, más próximo a la versión farsesca. En la Argentina todavía hay contrapesos importantes.

Pero con la precaución del mutatis mutandis, que en este caso es grande, los historiadores encuentran posible encontrar relaciones que ayudan a pensar.

Ante cada dificultad, el gobierno de los Kirchner se ha radicalizado, dando un nuevo paso, en nombre de la democracia, hacia la concentración de las decisiones y la descalificación de los principios republicanos. Con la elección plebiscitaria de 2011 se manifestó claramente la voluntad de “ir por todo”.

Actualmente se encuentra embarcado en una revolución legal. Los objetos son diferentes -los medios, las estatizaciones, el abastecimiento, el Código Civil, el Código Procesal- pero cada una agrega una nueva facultad a un Ejecutivo incontrolado. Hasta se ha dado el lujo de lograr en varios casos el apoyo de partes de una oposición confundida.

Aquí y allá se conoce la existencia de organizaciones sociales presumiblemente violentas. La Cámpora no es precisamente las SS, pero hay allí un cierto aire, por la rígida disciplina de sus miembros y la decisión de ocupar todas las funciones de gobierno.

Los “buitres” son todos y nadie a la vez, pero la fórmula permite alimentar la idea de un complot internacional; no sería raro que se hablara de “sinarquía”, una palabra que solía usar Perón.

Las similitudes se extienden a la oposición. En su momento, muchos no se tomaron muy en serio el avance de Hitler hacia la dictadura. Comunistas y socialistas privilegiaron su competencia, la derecha creyó que iba a manipular al exótico líder y los católicos se inclinaron ante un papa poco previsor.

Nuestra oposición tampoco se toma demasiado en serio estos avances y se concentra en las elecciones del año que viene. Quizá tengan razón, pero existe la posibilidad de que, si continúa avanzando por este camino, el Gobierno llegue a coronar la dama, para usar una metáfora ajedrecística.

En ese caso, los argentinos que esperan votar a nuevas autoridades quizá se encuentren ante un referendo ratificatorio, como lo han reclamado a menudo las voces más radicalizadas del oficialismo.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Democracia y dictadura, Nazismo, Revolución democrática

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