Luis Alberto Romero

artículo publicado

24 de octubre de 1999

Décadas de furia

De acuerdo con el autor, autoritarismos de distintos sesgos coincidieron en la Argentina de este siglo arrebatando la lógica de la legitimidad republicana.

No hablaré de prácticas o de gobiernos autoritarios sino de ideas: de aquellas que -más allá de sus contenidos diversos- incluyen la autoconvicción acerca de su justeza y legitimidad; las que se atribuyen el derecho a ser impuestas a todos, quieran o no quieran. Quienes así piensan valoran la unanimidad; no aprecian el disenso ni se preocupan por la limitación del poder, su división o su regulación por la ley. Las ideas de pluralidad, legalidad y limitación del poder están en nuestra Constitución y en algún momento parecieron tan legítimas como evidentes. La legitimidad se fue perdiendo a lo largo de este siglo XX y dejó lugar a un autoritarismo nuevo y vigoroso, nutrido en diversas corrientes concurrentes: el nacionalismo de principios de siglo, preocupado por encontrar una identidad nacional esencial y por triturar y deglutir las diferencias traídas por la inmigración; el autoritarismo contrarrevolucionario y antidemocrático de la Liga Patriótica en 1919, influido por el ejemplo fascista; el hispanismo de la espada y la cruz; el nativismo antimoderno, y también el catolicismo integrista. La concurrencia entre la iglesia integrista y el Ejército -así lo ha mostrado Loris Zanatta- terminó de armar un compuesto compacto, resistente y duradero como el poxipol. Desde 1930, el Ejército se consideró guardián de los intereses de la Nación, que estaban por encima de las mezquindades egoístas propias de los partidos políticos. La Iglesia, por su parte, afirmó que la nación era católica y que el catolicismo tenía una respuesta, única y buena, para cada uno de los problemas del mundo. Los países vecinos, que amenazaban nuestras fronteras, el imperialismo, la sinarquía, la subversión o el liberalismo eran todas manifestaciones de un enemigo proteico, de afuera y adentro, que como el demonio era uno y múltiple. No es difícil encontrar estas ideas -y a menudo los mismos voceros- en los momentos iniciales de las intervenciones militares de 1930, 1943, 1955, 1966 y 1976. Ojalá ése fuera el único autoritarismo de nuestra cultura política. Pero no lo es. Tenemos también un vigoroso autoritarismo democrático, que creció huérfano de tradiciones liberales y republicanas. El pueblo nunca se equivoca, se suele decir: unánime e indivisible, la voluntad del pueblo es sinónimo de razón, y ésta es una y buena para todos. Al menos, así lo piensan quienes la invocan y se legitiman en ella. Para ellos hay una democracia esencial, real, y las normas, procedimientos, controles y contrapesos -la democracia formal- son un estorbo para el desarrollo de una tarea siempre fundacional. Quienes así piensan suelen preferir las formas plebiscitarias de legitimación, que eluden el debate e ignoran a las minorías. Sus ideas son las de la nación; están convencidos de poder hablar en nombre de ella -la causa nacional, el movimiento nacional- e incluso las indentifican con la doctrina nacional. Todos los disensos, sean de matiz o de fondo, se engloban en un único adversario, siempre derrotado pero siempre renaciente: el régimen falaz y descreído, la oligarquía, la antipatria. Hay mucho de esto en el pensamiento de Perón y un poco menos en el de Yrigoyen.Hemos conocido un tercer autoritarismo: el revolucionario. Como el democrático, compartió la fe en la razón del pueblo, pero entendió que esa razón era potencial, que debía ser formada, esclarecida, guiada, o finalmente sustituida. En muchísimas cuestiones -ciertamente esenciales- estaban en las antípodas del mesianismo militar, pero coincidían en algo importante: otras voces, otras opiniones, debían ser ignoradas o silenciadas, si era necesario violentamente. También, en que el mejor poder era el poder sin límites.Cada uno de estos autoritarismos fue vehículo de políticas muy diversas entre sí, unas buenas y otras malas, y a veces muy mezcladas, porque algo que la experiencia histórica enseña es que las cosas buenas, o las malas, no vienen nunca todas juntas. Pero cada uno de ellos sirvió de justificación al otro, y todos juntos, en un torbellino acelerado, demolieron a lo largo de ocho décadas los principios y los valores en que se asentaba la Constitución de 1853. Creo que la gran novedad de nuestra cultura política posterior a 1983 consiste en que, por primera vez en mucho tiempo -todo el que alcanza mi memoria- el pluralismo y el respeto a la ley son valores establecidos: nadie podría sostener hoy que los fines justifican los medios ni que la democracia real es superior a la formal.Como suele ocurrir cuando una sociedad construye valores, sus prácticas están siempre por detrás. Hoy hay muchos autoritarios prácticos, pero deben hablar el lenguaje del pluralismo y la legalidad. El lobo vestido de cordero, se dirá. No deja por eso de ser un avance.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Autoritarismo, Cultura política, Pluralismo

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