Luis Alberto Romero

artículo publicado

5 de marzo de 2000

Del enemigo al adversario

Entre nosotros, las identidades políticas calan hondo: se viene de familia radical o peronista, y sorprende cuando el hijo no sigue con la tradición del padre. Cuando funcionó, nuestra política democrática se asemejó a una guerra: yrigoyenistas y antipersonalistas, fraudulentos y democráticos, peronistas y antiperonistas. Así, se entiende que una fuerza política celebre el día de la lealtad o declare que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista. Y quien cambia de bando es lisa y llanamente un traidor, un tránsfuga.No es fácil recordar cambios de bando político, salvo en los momentos fundacionales. Entonces, un dirigente emerge a la cabeza de un movimiento nuevo y cosecha apoyos de todos los costados: así ocurrió con Yrigoyen entre 1912 y 1916, con Juan Perón, y hasta con el general Agustín P. Justo, y su Concordancia; también con Frondizi y hasta con Alfonsín: varios de quienes lo acompañaron habían apoyado al doctor Luder. En política también es posible encontrar largos periplos personales, que insumieron media vida: por ejemplo, iniciarse en el marxismo riguroso de Silvio Frondizi y llegar a ser abanderado del ultramenemismo. También hay periplos grupales: desgajamientos locales de grandes troncos partidarios, aptos para oscilar a uno u otro lado, como el sapaguismo neuquino o el bloquismo sanjuanino. Pero los pases individuales, en el medio de la pelea, son raros y mal vistos: una trayectoria como la de José Octavio Bordón es difícil de encontrar en nuestra historia política; cuando el socialista Enrique Dickmann se acercó a Perón, en 1953, pagó las consecuencias hasta dentro de su propia familia.En parte, así es la democracia de masas. Se suele atribuir a Gladstone y a Chamberlain, hacia 1870, el haber introducido la idea de lealtad partidaria en el partido Liberal británico: el comité (caucus, entre los angloparlantes) se hace cargo de la campaña electoral, con fondos propios, un programa común, consignas y banderas y una red de militantes férreamente conducida; quien resulta electo le debe su cargo al partido. Los socialistas desarrollaron este tipo de partido orgánico o de ideas, que quedó como modelo para la política de masas. Tiene indudables ventajas -la exigencia programática, la eficacia en la acción- pero convierte al representante, que supuestamente lo es de la Nación, en el disciplinado miembro de su bloque, que vota según la indicación del jefe de bancada, el fustigador, como dicen gráficamente los ingleses. Ostrogorski lo señaló a principios de siglo, en términos que hoy siguen siendo válidos: para el partido, el mejor representante es el más dócil, el más oscuro: ¿quién quiere tener en su bancada a un eterno objetor de conciencia?Esto es malo, o al menos, es lo contrario de la concepción originaria de la democracia representativa, tal como funcionó a lo largo del siglo XIX. Por entonces, el representante debía ganarse él mismo sus votos, y luego gozaba de amplia libertad de acción en el Parlamento. Las mayorías parlamentarias podían constituirse por afinidad de ideas, y cambiaban, según los problemas, sin consignas ni disciplina: el representante podía votar según su conciencia.Lo curioso es que la política contemporánea está creando las condiciones para aligerar el peso de las maquinarias partidarias y la disciplina, y aumentar la libertad de los políticos, sean representantes o aspirantes a serlo. Hoy es más fácil actuar según la propia conciencia, buena o mala, y hay mayor libertad para cambiarse de bando, legítimamente, sin escándalo. Las internas de un partido tienden a ser abiertas, de modo que los caudillos de comité pesan menos. Para las elecciones no se necesitan legiones de sacrificados pegadores de afiches, sino dinero, empresas especializadas, e imagen. El mitín público cede su lugar al spot televisivo. Los políticos se subordinan más al dinero, pero en cambio se liberan de la férrea tutela de punteros y comités. Vaya una cosa por la otra.Simultáneamente, nuestra cultura política ha pasado a ser pluralista: ya no hay enemigos, sino adversarios, simplemente gente con otra opinión. Y así como vale acordar, también vale trasponer las fronteras, ahora menos rotundas, entre distintas alineaciones políticas. Antes, ser radical o peronista era una vocación y casi una religión: tenía una fuerza igual a ser de Boca o River. Ya no. Finalmente, está claro que se entra en la política para tener una profesión, para vivir de ella, como postulaba Max Weber. El político quiere hacer una carrera, y busca dónde desarrollar mejor sus posibilidades. Esto tiene su costado positivo: los talentos triunfarán en un lado u otro, les gusten o no a los punteros. A la larga, es mejor: en lo inmediato, uno puede divertirse, o indignarse -al fin, es propio de la condición humana-, al descubrir, de un día para otro, a un menemista convencido convertido en un frepasista de siempre.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Partidos, Políticos

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