Luis Alberto Romero

artículo publicado

11 de noviembre de 2013

Derechos humanos y democracia: ¿quiénes son los buenos?

En 1979, cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitó la Argentina, el gobierno militar nos llenó de volantes y stickers con la leyenda “Los argentinos somos derechos y humanos”. Una burla feroz; una humillación para los desesperados familiares y para los militantes de las organizaciones de derechos humanos. Entonces todos sabíamos quiénes eran los buenos y quiénes los malos.

Un poco antes había nacido, en los sótanos de la Esma, Juan Cabandié. Tres décadas después este joven, legislador y militante, hace valer su condición de hijo de desaparecido para eludir una multa de tránsito, y pedir un “correctivo” para la agente. Nada extraordinario, pero inadmisible para quién debía ser un símbolo de la regeneración moral y política de la Argentina democrática. ¿Dónde están hoy los buenos y los malos?

La escisión entre los buenos comenzó hace mucho, como una pequeña fisura, que se fue profundizando hasta llegar a este final grotesco, protagonizado por Cabandié, Schoklender, Bonafini y Carlotto. Las organizaciones de derechos humanos fueron uno de los pilares sobre los que se construyó la democracia: un principio ético, más allá de la política, que cimentó el Estado de derecho. Pero de entrada se llevaron mal con la democracia plural. No terminaron de encontrar su lugar, que era tan claro cuando todo se limitaba a luchar contra la dictadura. Dentro de ellas comenzó a predominar una perspectiva intransigente, que habría estado cómoda si en 1983 hubiera ganado el peronismo, partidario de la autoamnistía militar. Pero Raúl Alfonsín tenía una posición definida sobre el juicio y castigo a los culpables. Diferente pero no contraria a la de las organizaciones de DD.HH.

El núcleo intransigente optó por ponerse en la vereda de enfrente. Quizá no tenían otra partitura que la intransigencia; luego se los vio felices compartir tribunas con el kirchnerismo. Comenzaron exigiendo lo imposible: la reaparición con vida de los desaparecidos. Luego se centraron en el castigo a los responsables, y se despreocuparon de la cuestión de la verdad, tan importante para que los familiares y la sociedad pudieran seguir adelante. La Conadep, que no fue respaldada por los intransigentes, buscó en cambio las dos cosas: los culpables y la verdad. En 1985 el gobierno juzgó y condenó a los grandes responsables del lado militar, y también a los de las organizaciones armadas. Ese juicio constituyó el mojón más firme de nuestro Estado de derecho. Allí está todavía, en su notable excepcionalidad.

Las organizaciones de DD.HH denunciaron la doctrina de “los dos demonios” y declararon que no debía ponerse en el mismo plano al Estado y a los guerrilleros. Es cierto: las responsabilidades fueron muy desiguales. Pero ambos bandos compartieron un piso común y execrable: mataron, violando un principio ético básico de la vida social, como nos enseñaron las propias organizaciones. En aquella discrepancia sobre la responsabilidad está el origen de la larga querella entre las organizaciones y la democracia, institucional y plural. No ignoro la larga historia posterior y sus peripecias, que agregaron nuevos motivos de discordia. Pero ya en el origen existía en las referidas organizaciones -los buenos de la película- una semilla de otra especie.

Para muchos familiares de desaparecidos, sus hijos habían sido héroes, y querían darles un sentido a su martirio y muerte. Es un sentimiento muy comprensible, pero no necesariamente una postura política. Hubo algo más. Durante la lucha contra la dictadura, las organizaciones de DD.HH. acogieron a muchos militantes, que encontraron en esa causa un camino para su retorno. Es sorprendente, por ejemplo, el caso de esos abogados, antiguos cuadros de las organizaciones armadas, que en el exilio -como Pablo en el camino de Damasco-, descubrieron la verdad de los derechos humanos, y desarrollaron allí una exitosa carrera profesional y política. Casi tan sorprendente como el caso del parricida afiliado a Madres. Otros lo hicieron de manera menos ostentosa. Pero lo cierto es que en el bando de los buenos, junto con gente sinceramente convencida de la importancia de los derechos humanos y la democracia, había otros que vieron allí un instrumento adecuado para una etapa de transitorio repliegue.

Paralelamente comenzó a desarrollarse un nuevo activismo político, que descubrió en las llamadas “víctimas inocentes” a los militantes revolucionarios. En muchos casos era cierto, como en “la noche de los lápices”. Con la recuperación de su accionar heroico vino la reivindicación de sus ideas y luego de sus formas de acción. Y sobre todo, la idea de que había llegado la hora del desquite, de una segunda oportunidad.

En este caldero de pasiones hirvieron derecho-humanistas desilusionados con la democracia, antiguos militantes, veteranos pero animosos, y jóvenes que soñaban con vivir las hazañas de sus mayores. A todos ellos les sonaba muy bien la voz de Hebe de Bonafini glorificando las acciones armadas, abominando de las instituciones o solidarizándose con cuanto acto terrorista ocurría en el mundo. Es dudoso que estuvieran dispuestos a transformar su fantasía en práctica -la Argentina había cambiado mucho- pero en el mundo de la fantasía y el relato podían acomodarse bien.

Allí los encontró Néstor Kirchner, quien descubrió la causa de los derechos humanos y las posibilidades que ofrecía para su construcción política. Reabrió los juicios a los militares -una deuda de la sociedad- pero con un sesgo revanchista, adecuado para su política de confrontación, y se desinteresó por la verdad, la elaboración y la pacificación. Atrajo a las figuras más salientes de la intransigencia, las halagó y les asignó tareas útiles. Hebe de Bonafini se dedicó a desacreditar toda la institucionalidad que limitaba las prerrogativas presidenciales. Estela de Carlotto, a chantajear a Clarín a través de la señora de Noble. Cabandié fue el ejemplo del joven nuevo, que trasladaba las banderas de 1973 al renacido movimiento nacional.

Es muy bueno dedicarse a la política, pero hay que cuidar la democracia, que es plural. Quienes fueron portadores de valores en los que toda la sociedad sustentó su convivencia democrática no debieron embanderarse en una facción. Quizás deberían pedir el retiro, como los sacerdotes o los militares, no lo hicieron, y faccionalizaron todo el movimiento de los derechos humanos. Juzgo esto aún más grave que el paso siguiente: su corrupción sistemática. La tentación política de Carlotto y sus hijos, la inclusión de Madres, a través de Schoklender, en el esquema de De Vido. La prepotencia de Cabandié. Todo es espantoso, pero profundiza un mal ya hecho.

Lo cierto es que todas las organizaciones de derechos humanos -que son muchas más y mucho más meritorias que este grupo- han sufrido un golpe difícil de reparar. Los derechos humanos siguen necesitando defensores, como en el siglo XVII, cuando el liberalismo mostró que cualquier poder tiene una tendencia constitutiva a avanzar sobre los derechos de las personas. Ayer fueron los disidentes políticos. Hoy son los pibes víctimas del gatillo fácil o la droga, los aborígenes de provincias feudales, los hambrientos. Además de reconstruir el Estado -indispensable para asegurar la regulación y protección de los derechos- deberemos construir nuevas asociaciones de derechos humanos, que simplemente sean fieles a sus orígenes.

Publicado en El Litoral

Etiquetas: Bonafini, Corrupción, Kirchner, Shocklender

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