Luis Alberto Romero

artículo publicado

6 de enero de 2004

Desilusión e ilusión democrática

La democracia ilusiona siempre. La esperanza de que la voluntad soberana del pueblo, adecuadamente representada, realice el interés general, ponga en obra el bien común y establezca el reino de la razón está en el centro del imaginario democrático, desde su mismo origen en la Revolución Francesa. Probablemente se retomen viejas tradiciones: el buen rey proveyendo a la felicidad de su pueblo. Pero esa ilusión es constitutiva de la democracia: un régimen político laico e inmanente, que no se respalda en creencias trascendentes. No habría democracia sin una ilusión repetidamente renovada.

Del mismo modo, las democracias concretas generan impaciencia, frustración, escepticismo, como ocurre con cualquier experiencia humana confrontada con los valores que la constituyen. La desilusión democrática es tanto mayor cuanto más grande fue el impulso ilusorio previo. Cualquier político sabe cómo despertar la ilusión, cómo mantenerla, cómo renovarla. Lo hacen los grandes estadistas, y también, en su medida, los punteros de barrio. Cómo administrar la desilusión, la frustración ante las “promesas incumplidas de la democracia”: ése es el problema.

VEINTE AÑOS EN EL SUBE Y BAJA

La experiencia argentina de veinte años de democracia es aleccionadora. La dosis de ilusión con que se la construyó en 1983 fue enorme. La democracia fue la imagen invertida de la dictadura militar que quedaba atrás: la potencia infernal era reemplazada por otra, igualmente poderosa; a la suma de los males sucedía la suma de los bienes. La democracia era la panacea. Esa ilusión era imprescindible, pues la construcción democrática fue muy difícil. En rigor, la Argentina de 1983 no tenía una ciudadanía consolidada, ni políticos democráticos con buenas credenciales, ni tradiciones ni hábitos democráticos. Pero la fe fundadora cubrió todos los baches, impulsó el experimento, y veinte años de práctica lograron establecer una rutina, una normalidad.

En el ínterin, sobrevino la desilusión. Primero fue la de los militantes activos, los que nutrieron las manifestaciones en los tramos finales del régimen militar, los que poblaron las plazas para defender el gobierno constitucional. Gradualmente, descubrieron que la civilidad -una fuerza formidable para resolver algunas cuestiones- era impotente frente a poderes corporativos de presencia menos espectacular pero innegable capacidad de presión. Hubo muchas batallas perdidas, antes de la gran derrota de Semana Santa de 1987: la civilidad no bastaba para doblegar a un pequeño grupo de militares insubordinados. Muchos, defraudados, culparon a la democracia por sus ilusiones perdidas. La segunda gran desilusión fue la de 1989: la hiperinflación golpeó a todos, y cayó sobre las espaldas del primer gobierno elegido democráticamente. La desilusión abrió un amplio crédito a una propuesta mesiánica y poco republicana, cuyas consecuencias hoy conocemos. La tercera gran desilusión ocurrió a fines de 2001; no sólo se cuestionó a todos los políticos, sino a la misma democracia, quizá la responsable de la miseria y la desigualdad.

La desilusión democrática -un efecto de aquella ilusión excesiva- arrastró consigo muchas buenas intenciones y allanó el camino a otras malas. 2002 fue el año de la ira, los jacobinos y el regeneracionismo. Pero pasó, y la democracia acaba de obtener un voto de confianza. La ilusión es moderada; el grueso de la sociedad sólo confía genéricamente en ella. El Presidente ha subido la apuesta. El sano escepticismo de 2002, la prudencia en la difícil tarea de desactivar la crisis -una bomba de tiempo- no lo satisface. Como en 1983, se apropia de las pasiones recónditas de la sociedad, que quiere transparencia y honestidad, y promete que los “vientos del sur” limpiarán los establos de Augias. ¿Hasta dónde querrá, sabrá o podrá llegar?

Probablemente no tan lejos como se afirma. La política puede cambiar algunos datos de la realidad, pero hay núcleos duros que, en el mejor de los casos, se modifican lentamente. Nunca tan rápido como la ilusión promete. Sobrevendrá la desilusión. Manejarla es difícil, sobre todo si la confrontación electoral obliga a mantener viva la ilusión. La alternativa más fácil es renovarla, así sea con golpes de efecto, si no hay otra cosa que mostrar; un buen político puede sacar conejos de la galera varias veces, y ocupar una y otra vez la primera plana, antes de que el truco sea descubierto.

La alternativa más difícil es enfrentar a la sociedad -y a los votantes- con sus problemas reales. Son los que no tienen una solución fácil, simple o mágica. Peor aún: un análisis descarnado de ellos no permite dividir la escena en puros e impuros, buenos y malos. Una lectura descarnada obliga a todos a asumir su parte de responsabilidad. Cualquier solución requiere que cada uno resigne algo de lo que considera su legítimo privilegio. No es un camino bueno para ganar elecciones. No parece recomendable para quien es sólo un político. Pero es la única alternativa para salir de la crisis, y el único camino que un estadista puede seguir.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Desilusión democrática, Ilusión democrática

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