Luis Alberto Romero

artículo publicado

24 de octubre de 2017

Durante mucho tiempo esperé el final del peronismo…

Cuando era muy chico -hacia 1950- en mi casa se decía “esto no dura”. Durante mucho tiempo esperé el final del peronismo pero, como dijo Discépolo, “la vida me negó las esperanzas que en la cuna me cantó”.

El peronismo actual poco tiene que ver con el de 1950, y eso lo hace más resistente. Existe en estado líquido, casi gaseoso. No es un partido, ni un movimiento, ni una idea ni una identidad. Quizá sea un sentimiento vago. Pero sobre todo, es una franquicia, que hoy está disponible.

Imaginemos un agente inmobiliario de la política ofreciéndola. Los concesionarios anteriores la dejaron en mal estado -diría-, por lo que antes de reabrirla necesita algunos arreglos y una buena pintura. Es una marca conocida y prestigiosa, de buen desempeño electoral, y viene con una base de votos incorporada. Es flexible y se adapta a usos diversos; rinde bien a derecha e izquierda, atrás y adelante, aunque su mejor desempeño es por el centro, como “falso cinco”. Desde hace más de treinta años viene mostrando una gran capacidad para administrar el poder bajo condiciones democráticas, y es particularmente eficiente en la producción de sufragios. En suma, permite organizar un excelente “partido del orden”, aunque otras opciones también son posibles.

Esta cosa indefinible pero muy real que llamamos peronismo seguirá existiendo en tanto atraiga nuevos miembros. Pasaron los tiempos en que los trabajadores se hacían peronistas por las “conquistas sociales”, y también la de los jóvenes idealistas, que veían en el peronismo la matriz de la “patria socialista”. En democracia, la política es una profesión. Un joven primero decide dedicarse a ella y luego elige el espacio donde comenzar a trabajar, que cambiará de acuerdo con sus logros.

Para muchos, el peronismo es la mejor opción, no ya por sentimientos identitarios sino por la posibilidad de hacer una buena carrera. Es ideal para personas prácticas, que saben lo que quieren, pues en la franquicia peronista los partidos están dedicados a llegar al poder, y no se malgasta el tiempo discutiendo para qué. Estos partidos ofrecen posibilidades a jóvenes talentosos. Para hacer carrera, los parientes o los amigos pesan menos que la capacidad demostrada de “conducir”. Lo primero que dice de si mismo un joven político peronista es “Pérez conducción”, y comienza a pintar paredes con su nombre. Pero los pingos se ven en la cancha y, al igual que los pastores evangelistas, solo algunos tendrán el talento necesario para conducir y ganar. Los premios son para los vencedores; para los vencidos -salvo en el caso de Filmus- no hay historia.

Otro requisito es proponerse “hacer una diferencia” con la política, tanto para pagar sus costos como para labrarse una posición. Casi cualquier político lo hace, pero en otros partidos no se hace gala de eso. En el peronismo, quien no lo logra es un inútil, un perdedor. Hay gente que tiene principios éticos o escrúpulos morales; en ese caso, es mejor que haga su carrera en otro partido.

Finalmente, la flexibilidad discursiva y política que caracteriza al peronismo obliga a sus militantes a dominar distintos discursos y a pasar rápidamente de uno a otro, tratando de que las palabras dichas anteriormente no dificulten la fluidez y convicción de las nuevas. Fuera del peronismo suele llamarse a esto caradurez. Y efectivamente, para ser un buen dirigente peronista hay que ser un poco caradura.

No estoy haciendo una crítica moral; en todo caso, se trata de pecados veniales. Pero son rasgos que hoy predominan en una gran cantidad de argentinos, lo que asegura que, en el futuro, habrá muchos nuevos peronistas, dispuestos a hacerse cargo de la franquicia y volverla a hacer competitiva. Sin duda, los años próximos serán difíciles, pero en las dificultades se templan las voluntades. El peronismo revivirá.

Para los no peronistas esto tiene un problema: no es fácil convivir con ellos; suelen convencerse de que son el pueblo o la nación, y que los diferentes en realidad son extraños, extranjeros. Quizá los no peronistas aporten lo suyo, afeando en exceso su conducta. Se trata de educarlos en la pluralidad y el valor de la ley, y también de ser educados en lo que tienen de positivo: una intuitiva sensibilidad por lo popular. Si se aprende a convivir, no hay razón para que el peronismo desaparezca. Creo que, en el fondo, eso es lo que pretenden quienes sueñan con un “peronismo republicano”.

Publicado en Infobae

Etiquetas: La franquicia peronista, La tarea de los no peronistas, Los nuevos peronistas, Un nuevo conductor

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