Luis Alberto Romero

artículo publicado

20 de junio de 2012

El cambio de humor social es la punta de un iceberg

Qué fue lo que cambió, en apenas un mes, el humor de los argentinos, hoy temerosos y disconformes? ¿Qué factor cataliza una molestia latente y la convierte en agitación y protesta? Puede ser la economía, el bolsillo. O la percepción de la injusticia.

O simplemente una frase inoportuna, como aquella de María Antonieta: “si no tienen pan, que coman tortas”. Hoy podría decirse: “si no hay dólares, que usen pesos”.

Habitualmente el mal humor es pasajero e intrascendente. Pero a veces persiste, crece y llega a cosas mayores. Explicar por qué ocurre esto es un verdadero desafío. Un notable historiador, Ernest Labrousse, propuso a propósito de la Revolución Francesa una forma de relacionar la economía, la política y las ideas, articulando lo coyuntural con los procesos de fondo .

Se basó en el precio del trigo , con el que se hacían el pan y las tortas. En una economía relativamente simple, como la de Francia a fines del siglo XVIII, era un excelente indicador de la marcha general.

Un cierto año, una mala cosecha y una brusca suba del precio generaban un “furor”: los hambrientos salían a la calle, asaltaban panaderías y molinos, colgaban de un farol a algún recaudador de impuestos, y luego volvía la calma. En 1789 ocurrió eso, pero algo más.

En las dos décadas anteriores la producción de trigo venía declinando, y toda la economía se resintió, se “enfrió”. Los agricultores estaban faltos de estímulo, agobiados por los impuestos de un gobierno dilapidador. Muchos criticaron los gastos de la Corte, y sobre todo los de María Antonieta.

Pero quienes buscaban las causas -había por entonces buenos analistas- fueron a lo profundo. D enunciaron el autoritarismo, la supresión de las libertades, y más en general, la rémora de un sistema político y social arcaico , que catalogaron como “absolutista y feudal”. En 1789 muchos tribunos, nutridos de esas ideas, encontraron auditorios ávidos entre los hambrientos de París.

Labrousse agrega un tercer elemento: las décadas malas y el año funesto se inscribieron en un ciclo de sostenida prosperidad. A lo largo del siglo XVIII, el suave incremento del precio del trigo estimuló la producción e impulsó el comercio y la industria. Para que la prosperidad llegara a todos había que remover antiguas instituciones e ideas, como privilegios, reglamentaciones e impuestos abrumadores. En un siglo optimista se conformó el ideal liberal de progreso, el de Voltaire, Rousseau y sus discípulos revolucionarios.

No quiero sugerir analogías fáciles . La Francia de fines del siglo XVIII no se parece en casi nada a la Argentina del siglo XXI. Pero los buenos historiadores, como Labrousse, ayudan a pensar lo cotidiano de manera más compleja y a articular impresiones fugaces -como la de los cambios de humor social- con esquemas más despojados, como los que proponen los economistas.

Es posible que la fuga de dólares haya generado indignación y espanto. Corrupción y engaños, hasta ahora conocidos y tolerados, se miran con nuevos ojos.

El bolsillo y también la injusticia mueven a mucha gente a protestar en la calle.

Sobre todo, se exponen las fallas e inconsistencias del llamado “modelo” . Sus grietas fueron señaladas por varios analistas desde 2006: el gasto fiscal en expansión, la inflación y el peso sobrevaluado. Pero muchos disfrutaron del momento, mecidos por la abundancia de dinero circulante o por el canto de sirenas del discurso oficial. Y votaron en consecuencia.

Hoy se teme que la burbuja estalle.

Los argentinos vivieron situaciones similares, en 1982, 1989 o 2001. Pero esta burbuja tiene una dimensión singular que, con las debidas salvedades, podría recordar el optimismo del siglo XVIII. Desde comienzos del siglo XXI la Argentina rompió el techo histórico de sus ciclos expansivos de avance y detención. El aumento y la valorización de sus exportaciones -el viento de cola- permite vislumbrar la posibilidad de un crecimiento sostenido, que hasta podría reabsorber la profunda brecha de la sociedad de hoy.

Todo en condicional. Es posible, pero hay que encontrar la manera de hacerlo. Y eso, como en 1789, coloca las cosas en el campo de la política.

Quienes dirigían a Francia en el siglo XVIII -la monarquía y las elites- no pudieron transformar el viento de cola secular en un programa sostenido de reformas, que sólo se abrió camino después del cataclismo revolucionario.

En otra escala, el grupo que nos gobierna desde 2003 ha perdido la oportunidad de transformar el viento de cola en reformas sostenidas.

Ha fracasado, pero como el antiguo régimen francés, armó una costra política dura, difícil de remover.

La fuerza política que quiera construir una alternativa deberá tener en cuenta los niveles y los tiempos a los que hizo referencia Labrousse. Deberá capitalizar el mal humor coyuntural, para desplegar un diagnóstico descarnado y encontrar una caracterización tan contundente como la que en su tiempo representó “el absolutismo y el feudalismo”.

Un diagnóstico duro es necesario pero no alcanza. Para movilizar hace falta una propuesta esperanzadora . A veces, los políticos sólo pueden recurrir al “optimismo del corazón”. Pero la Argentina del siglo XXI tiene todavía una base sólida para un optimismo racional: una economía que después de cien años ha retomado su impulso. La ocasión está. Los políticos verán cómo hacerlo.

Publicado en Clarín

Etiquetas: El modelo en crisis, Protesta social

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