Luis Alberto Romero

artículo publicado

25 de octubre y 1 de noviembre de 2020

El ciclo peronista del kirchnerismo

¿Es peronista el kirchnerismo?

¿Cuál es la relación entre el kirchnerismo y el peronismo? Son conocidas las opiniones poco favorables de Cristina Kirchner sobre Perón y el PJ. Pero a la vez, el kircherismo suele presentarse como la “fase superior del peronismo”.

La frase podría haber sido dicha por Menem, Firmenich o Vandor. Cada uno, es su momento, se propuso llevar al movimiento hacia nuevos horizontes, sin desprenderse del viejo tronco, todavía generoso en savia.

Cada uno fue el licenciatario de una marca bien instalada en el mercado, el gestor de una franquicia que funcionó durante un tiempo, luego se agotó y fue remplazada por otra.

Las “reformas por cambio de firma”, iniciadas en 2003, le permitieron a Néstor Kirchner superar su debilidad inicial. Aprovechando la fluidez reinante en el campo político, fue ampliando sus bases. Pronto captó al “setentismo” peronista. Hizo acuerdos pragmáticos con la mayoría de las organizaciones piqueteras. Sorpresivamente, convocó a las organizaciones de derechos humanos, las subió al palco y asumió sus reivindicaciones y su discurso. Más tarde se fueron sumando los defensores de “nuevos derechos” -los pueblos originarios, los homosexuales…- que encontraron allí un paraguas político.

Sobre esas bases, se produjo un trasvasamiento gradual desde el campo “de izquierda” o “progresista”, que incluyó la incorporación en bloque del casi disuelto partido Comunista. Fracasó en cambio la operación más audaz: captar al radicalismo.

¿Que tiene el kirchnerismo para atraer a sectores tan diversos?Pasar de los márgenes al centro del poder ya es una razón importante, sobre todo si se simpatiza con el estilo de gobierno. El kirchnerista es una variación menor del estilo peronista básico: liderazgo decisionista, legitimación plebiscitaria, rechazo de la tradición republicana y anti liberalismo.

Su práctica fue eficaz. Construyó en el conurbano bonaerense  una base electoral dependiente del Estado. Controló a los gobiernos provinciales regulando las partidas presupuestarias, pero les dejó libre acción en el plano local. Suprimió todo control o limitación administrativo o judicial.

En suma, un poder muy fuerte, con mucho para dar. Pero todo eso sería insuficiente sin el “relato”. Se trata de una construcción admirable, en la que cada uno de este multifacético frente puede reconocerse: Juana Azurduy, por ejemplo, es mujer, mestiza, latinoamericana y guerrillera.

A lo Carl Schmitt, el relato divide categóricamente el campo: el otro es la “oligarquía”, una y varias. Sobre esta antinomia se construye la épica agonal, que masajea los sentimientos de quienes se unen al triunfante carrusel. No es fácil resistir la tentación de sumarse.

El relato interpela muy eficazmente a los jóvenes de la clase media educada, que conocen el setentismo y la dictadura por los relatos, no tienen vivencias de la democracia de 1983 pero  además suponen, como sus padres y abuelos, que la educación y la capacidad son premiadas con el éxito laboral.

Hoy esas posibilidades son mínimas y se concentran en el empleo estatal. Para obtenerlo, más que el mérito importan los amigos políticos. ¿Por qué no adherir a un relato que, además de la utilidad, colma sus necesidades de ideales y de enemigos a batir en simbólicas gestas heroicas?

Un grupo especifico son los jóvenes de la Cámpora. Son parte de la clase política construida desde 1983, tan profesionalizada como flexible en materia de ideario. En la Cámpora esto es extremo: entre el discurso declamado y el puesto político obtenido no media ni la discusión ni la reflexión. Son puros ejecutores de una estrategia ajena, que colma sus aspiraciones profesionales e imaginarias. 

Para los viejos peronistas, obligados hoy a encolumnarse disciplinadamente, las cosas no son fáciles. Ven al sindicalismo radiado por las organizaciones sociales, a los políticos del PJ arrinconados por los jóvenes camporistas, y a los varones por las mujeres y los géneros diversos.

Las ideas radicales les sientan mal. Muchos de ellos elegirían hoy una convivencia más amable con sus adversarios opositores. Pero Cristina y los suyos, en principio dueños de los votos ganadores, les inspiran un terror paralizante.

Hoy, cada grupo tiene una porción del poder político, desde trata de ganar posiciones. Una secretaría de Vivienda impulsa tomas de tierra; el Inadi alienta a los mapuches y el ministerio de las Mujeres obtiene un presupuesto que envidia el Conicet. Cristina habla poco pero tiene fija la mirada en la víctima elegida: la justicia.

Si le agregamos las limitaciones del presidente y de su equipo, la impresión es que el liderazgo actual no asegura la unidad de un movimiento usualmente heterogéneo pero disciplinado. Parece claro que, mientras el país camina por la cornisa, la franquicia está agotándose.

Peronismo: ¿Hora de renovar el liderazgo?

A setenta y cinco años de su nacimiento, el peronismo está en una encrucijada. Es cierto que las condiciones del país son poco propicias para su estilo de gobierno. Pero el principal problema es que no tiene un líder definido, algo grave para un un movimiento en cuyo ADN está la conducción. ¿Donde está hoy el jefe que conduzca a todo el pueblo peronista a la victoria y lo mantenga en el poder?

Ocurre que algo está llegando a su fin. No el peronismo, al que -con Borges- juzgo tan eterno como el agua y el aire. La que está amenazada es su actual franquicia, a la que no se si llamar kirchnerista o cristinista.

Una de las razones de la larga y exitosa supervivencia del peronismo ha sido su capacidad para adecuarse a las diversas circunstancias de un país que ha cambiado enormemente desde 1945, y ofrecer en cada caso una propuesta triunfadora. Los peronistas no han dudado en cambiar lo que sea necesario para mantener su marca en el tope, invistiendo en cada caso al conductor adecuado.

En 1945 Perón fundó la marca, la condujo exitosamente y le imprimió un sello indeleble. Después de 1955, con un líder en el exilio, los sindicalistas y los montoneros libraron una guerra por la franquicia peronista, que terminó catastróficamente. En 1983 la vuelta a la democracia tomó mal parado al peronismo, que sufrió una derrota electoral inédita, pero en 1989 ya habían dominado los secretos de la política democrática. Entonces Carlos Menem encabezó una nueva franquicia, con propuestas audaces que funcionaron durante una década.

A la salida de la crisis de 2001, Néstor Kirchner se hizo cargo de la franquicia: reconstruyó laboriosamente el centro del poder, amplió las bases del peronismo y gracias a la soja retomó la política populista. Un elemento clave fue el novedoso discurso político, el relato, de gran eficacia para cohesionar un movimiento con muchos recién llegados.

Cuando Cristina Kirchner recibió la franquicia las cosas empezaron a cambiar. El estilo de conducción se hizo más tosco y prepotente, y el discurso más confrontativo y agonal. Atrajo a nuevas capas generacionales pero también sembró dudas en el peronismo más tradicional, acentuadas por las derrotas electorales de 2013 y 2015.

La franquicia -que ya podría denominarse “cristinista”- se mantuvo firme en la “resistencia” al gobierno de Macri, pese a que la jefa era acosada por la justicia y se esbozaban liderazgos alternativos. Respaldada por un discurso revigorizado con la premisa “Macri es la dictadura”, pudo aglutinar todas las críticas y obstaculizar exitosamente al gobierno.

En 2019 el peronismo volvió al poder, transfigurado en el Frente de Todos, una exitosa jugada electoral que reunió la franquicia kirchnerista y el resto de los sectores peronistas, sin dejar claro cómo convivirían el presidente y su vicepresidente y socio mayoritario.

El gobierno de A. Fernández afronta una aguda crisis económica, agravada por la pandemia pero sobre todo por la incertidumbre acerca de quién está gobernando efectivamente.

Cristina marca errores y veta alternativas pero no está realmente a cargo, no se preocupa de cohesionar el frente interno, donde afloran las disidencias.

Concentrada en sus problemas judiciales, explora atajos que aumentan la inseguridad jurídica. Los militantes de la Cámpora, que la obedecen, se ocupan más de expandir su poder que de dar coherencia a la gestión. Los defensores de derechos varios -la igualdad de género, el acceso a la tierra, las comunidades aborígenes-, agrupados bajo el paraguas kirchnerista, también salen a ocupar posiciones.

El kirchnerismo controla el poder pero no fija un rumbo ni tiene una táctica, salvo la repetición de sus mantras discursivos, que comienzan a desgastarse.

Ya son muchos los peronistas que advierten que la franquicia ha perdido eficacia y que su jefa virtual los está conduciendo a un estrepitoso fracaso. En suma, el peronismo hoy no tiene conducción.

Visto en perspectiva, parece indudable que la renovación de la franquicia es inevitable. Pero esta visión no nos dice nada sobre cuándo y como ocurrirá.

En el peronismo hay indicios de preocupación y se oyen “sordos ruidos”. Pero allí el poder de Cristina hoy es enorme, en parte por su extenso círculo de fieles pero sobre todo -lo señaló V. Palermo- por su extrema audacia, entre egoísta e inconsciente, en el “juego de la gallina”.

Entre los peronistas el temor a “quedar en orsai” es por ahora mayor que su preocupación por el destino del movimiento. Para un ajeno no es fácil interpretar la lógica de sus realineamientos. Solo ellos pueden explicarlo.

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Etiquetas: Cristina Kirchner, Historia, Izquierda kirchnerista, Juventud kirchnerista, Liderazgo en crisis, Menem, Néstor Kirchner, Peronismo, Viejos peronistas

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