Luis Alberto Romero

artículo publicado

20 de abril de 2017

El discurso intolerante de las organizaciones de derechos humanos

Desde el 24 de marzo los días han transcurrido, y otros sucesos atrajeron nuestra atención, entre ellos la alentadora marcha ciudadana del 1º de abril. Pero no dejan de resonar las palabras que se escucharon entonces en la Plaza de Mayo. Ese día, las principales Organizaciones de Derechos Humanos hicieron oír una voz enconada y sediciosa. Identificaron sus luchas con las de las organizaciones armadas de la década de 1970, que enumeraron con detallada precisión. A la vez, condenaron al gobierno actual, acusado de ser una réplica de la última dictadura, no solo por su política económica “neoliberal” sino por reprimir al pueblo. La idea quedó sintetizada en la consigna que se coreó: “Macri, basura, vos sos la dictadura”. Finalmente, llamaron a luchar hasta derribar al gobierno, como lo habrían hecho en 2001.
Aún hoy, es difícil mantener la serenidad ante esas afirmaciones, que sin duda deben preocuparnos. Este núcleo de las organizaciones de derechos humanos (ODH) ha completado su periplo y hoy se enfrenta con la democracia. El final no sorprende, aunque sí asombra su virulencia.
En el origen, durante los años de la dictadura, Madres de Plaza de Mayo, con su reclamo por los hijos desaparecidos, encontró el talón de Aquiles del discurso militar. Un grupo de valerosos militantes, al principio solitarios, lograron algo extraordinario y maravilloso, en una sociedad por entonces acostumbrada a la violencia: consagrar los derechos humanos como valor supremo, y en primer lugar el derecho a la vida, pues nada justificaba un asesinato.
Sin esa elevada idea no habría sido posible reconstruir una democracia fundada tanto en la ley como en la ética. El 10 de diciembre de 1983 fue el momento culminante de este maridaje virtuoso entre derechos humanos y democracia. Pero también fue el comienzo de un distanciamiento que, cuarenta años después de su nacimiento, ha colocado a estas organizaciones en las antípodas de la democracia, y también de la esencia de los derechos humanos.
Desde diciembre de 1983 se advirtió que las ODH no se sentían cómodas en el nuevo contexto democrático. Sin duda les chocó que se enjuiciara a la vez a los militares y a los jefes guerrilleros. ¿Cuál era su lugar frente a un gobierno que asumía sus reclamos pero les daba una forma algo distinta? Comenzó entonces una escisión interna, y surgió una línea intransigente, que encabezó H. de Bonafini, consolidada en los años siguientes, con la extendida indignación que generaron la ley de Obediencia Debida y los Indultos.
Su composición fue cambiando. Se sumaron muchos militantes de los años setenta, que en el exilio trasmutaron de manera llamativamente rápida sus antiguas consignas violentas por las de los derechos humanos. ¿Con cuanta convicción? No mucha. Pero sobre todo, se sumaron nuevas generaciones de jóvenes, crecidos en una democracia llena de frustraciones y entusiasmados con los relatos heroicos de los setenta. Ellos acentuaron el giro intransigente de las ODH, centrado en el reclamo del juicio a todos los responsables del terrorismo de Estado.
Había un tono nuevo: no hablaban ya en nombre de las víctimas del terrorismo de Estado sino en el de los militantes caídos, los héroes de una lucha que había que recuperar, porque solo renovando la violencia podría completarse el duelo por las pérdidas. El 24 de marzo de 2001, el reclamo de justicia que se escuchó en la Plaza de Mayo ya sonaba a venganza y a revancha. El cinismo de unos y el fanatismo de otros habían enturbiado el otrora cristalino torrente de los derechos humanos.
Néstor Kirchner, un pragmático, descubrió el potencial de este sentimiento resentido y sumó a las ODH a su multiforme frente político. El acuerdo entre ambos fue tan amplio como claro, dejando de lado las turbias cuestiones de intereses. El gobierno hizo lo necesario para reabrir los juicios de lesa humanidad. Con eso y con algunos gestos banales, como descolgar el cuadro de Videla, pudo declararse fundador de la política de derechos humanos. Por su lado, las ODH le aportaron al gobierno la enorme cuota de legitimidad ganada con sus viejas luchas.
Las ODH y el kirchnerismo coincidieron en un punto: ambos encarnaban la voz del pueblo, uno y unánime, aquel que en los años setenta se había expresado a través de los militantes armados y la juventud maravillosa. Las OHD se reservaban una atribución: dueñas y voceras de la verdad y la justicia, debían desenmascarar y denunciar a los traidores y someterlos al tribunal del pueblo. Los “cómplices de la dictadura” denunciados por las ODH resultaron coincidir, en última instancia, con los “poderes concentrados” que obstaculizaban la revolución kirchnerista.
Las ODH ejercen una verdadera dictadura verbal. Nada más tentador para un grupo humano que administrar esa dictadura de la palabra, amplificada por los medios públicos. Nada más atractivo que utilizarla para juzgar y condenar al otro, primero a través del insulto y el escrache, y finalmente a través de una justicia dirigida y controlada. También para disciplinar a la propia tropa: una palabra admonitoria contiene la amenaza de expulsión del círculo de los puros, algo que pocos soportarían.
La derrota del kirchnerismo las debilitó. Para evitar el desbande de su rebaño, las ODH optaron por el retorno a la situación inicial, en la que se formaron y más cómodas se sintieron. Volvieron a ser las impugnadoras de la dictadura. ¿Cuál dictadura? La de Macri, sin duda, puesto que era defensor del “neoliberalismo” y en consecuencia el continuador de los militares. Macri es Videla, declaró Bonafini. Es inútil discutirlo: no se basan en la razón sino en la emoción. Como el Credo, son verdades de fe.
Importa en cambio advertir cómo ese discurso intolerante y divisivo ha asumido abiertamente la reivindicación lisa y llana de la lucha armada, la pasada y la futura. Las ODH hoy llaman a la guerra santa y parecen animar a los jóvenes a matar y morir por su causa. Su historia nos permite entender esta curva, que las llevó de fundamentar la democracia a llamar a su destrucción. Podemos comprenderlo, pero eso no evita que nos espantemos.
Nuestra rejuvenecida democracia republicana viene mostrándose a la altura de sus deberes. No hay vacilaciones en lo que hace al respeto por la libre expresión, contrastante con la intolerancia de quienes, renunciando a matices y discrepancias, se han encolumnado detrás de Hebe de Bonafini. Cabe preguntarse si este irresponsable ejercicio de banal radicalización afectará el mito de los “pañuelos blancos”, que hasta ahora le dio impunidad a Bonafini y sus dichos.
¿Son de temer estas expresiones? ¿Pueden traducirse en un movimiento político que tenga peso en la vida democrática? Ojalá pudiéramos decir que no, y que la democracia y la república pueden soportar el desafío. Pero muchas calamidades comenzaron con manifestaciones aún más banales que éstas. Hay que seguirlas, sin perder la calma pero con mucha atención.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Dictadura, Intolerancia, Macri, Organizaciones de Derechos Humanos, Venganza

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