Luis Alberto Romero

artículo publicado

28 de junio de 2006

El espejismo de Onganía

Desde que emergió al frente de los triunfantes “azules” en septiembre de 1962, la persona, bastante oscura, de Juan Carlos Onganía fue el soporte de una imagen construida por manos hábiles: él podría poner al país en la senda del orden y del cambio, de la estabilidad y la revolución. Ya entonces, mucho antes del golpe del 28 de junio de 1966, hace ahora cuarenta años, tales expectativas reflejaban los dilemas insuperables de la Argentina posperonista. En primer lugar, la cuestión del desarrollo. Todos lo querían, pero nadie aceptaba pagar sus costos. Desde 1958, las empresas extranjeras impulsaban el crecimiento de las industrias básicas. Pero el camino estaba obstaculizado por fuertes intereses corporativos -empresarios y sindicatos- que pujaban en torno a un Estado tan fuerte a la hora de dar como débil a la de decidir. Luego, estaba la democracia, impracticable una vez que se decidió proscribir al peronismo. Los peronistas, galvanizados con la ilusión del retorno de Perón, actuaron con igual eficacia en el campo de los intereses y en el de la política para bloquear cualquier solución que no los incluyera. Desde 1955, la política fue constitutivamente ilegítima y extremadamente facciosa, y los gobernantes, insanablemente débiles.

Frente a este puzzle muchos imaginaron una salida mágica: un “frente nacional” en el que “las mayorías populares”confiaran en la eficacia de los grupos de técnicos para encaminar al país en el desarrollo con distribución. Frondizi lo intentó y fracasó de manera catastrófica. En 1962, distintos grupos imaginaron un frente nacional y popular, encabezado por una figura militar. Lo que no llegó a concretarse en 1963 quedó como alternativa para un futuro próximo. Por eso, antes de que el presidente Illia asumiera el gobierno en 1963, uno de los intelectuales del frente había anunciado ya su fracaso y el advenimiento del “Franco argentino”.

Tan anunciado advenimiento tuvo un par de componentes más. Luego de Cuba, Estados Unidos renovó su anticomunismo y proclamó las fronteras ideológicas, asumidas por las fuerzas armadas argentinas. Simultáneamente, la radicalización a la izquierda, manifiesta en las elecciones, en las universidades y en los primeros brotes armados, alimentó en las derechas el giro desde el antiperonismo hacia el anticomunismo. El otro componente fue la acelerada modernización de las formas de vida y las ideas tras la caída del peronismo. A ojos de quienes la miraban espantados, especialmente los católicos y la Iglesia, incluía tanto la liberalización de las prácticas sexuales como la politización de las universidades. Anticomunismo y tradicionalismo resultaron capaces no sólo de aglutinar oposiciones sino de proponer un cambio regenerador.

Por este camino se aclara un poco el enigma de Onganía, un personaje adusto y económico en sus expresiones. Como en el caso de Perón en 1973, era posible depositar en él los anhelos y los propósitos más variados. En primer lugar, la mano fuerte que pusiera orden. Pero a la vez, se esperaba que cortara el nudo gordiano y permitiera el despegue argentino. ¿Hacia dónde exactamente? Empresarios y sindicalistas, católicos y laicos, civiles y militares, derechas e izquierdas creían que había llegado el momento de “cambiar las estructuras”. La revolución estaba en el aire. Había muchas versiones de ella y una coincidencia: ninguna le asignaba valor o posibilidades a la democracia.

En ese sentido, Onganía era un revolucionario. El catolicismo integral sustentaba su discurso antimoderno. Onganía y su círculo hablaban igual que un párroco de los años treinta y cuarenta, que con la misma convicción condenaba a los comunistas y liberales, o a las mujeres que trabajaban o fumaban. Siguiendo ese camino, los partidos políticos, inútil engendro del liberalismo, fueron suprimidos. Las costumbres fueron moralizadas, velis nolis . El arte moderno inspiró desconfianza. La ciencia era respetable, pero los debates intelectuales en las universidades eran considerados otra fuente de desorden. Contra todos esos brotes malignos se descargó el pesado brazo de la autoridad. También cayó sobre sindicalistas y empresarios díscolos, aunque de manera mucho más suave, pues unos y otros tenían un lugar en el nuevo orden. Inclusive sobre los militares, enviados a practicar su profesión en los cuarteles.

El golpe más fuerte cayó sobre las universidades. Desde 1955 éstas se encontraban en plena transformación, buscando a la vez renovación científica y compromiso con los problemas de la sociedad, discutidos con ardor en las aulas y en la calle. Los sectores tradicionales solo vieron en esto la negación de las jerarquías, la difusión de ideologías disolventes y una práctica política subversiva. Para torcer el rumbo se recurrió a un acto de gran violencia simbólica: algunos de los mejores profesores de la Universidad de Buenos Aires fueron apaleados, en la célebre “noche de los bastones largos”.

¿Qué quería construir Onganía? A principios del siglo XX el papa Pío X acuñó una consigna:Instaurare omnia in Christo , colocar a Cristo en todas las cosas. La Iglesia militante de la primera mitad del siglo XX concibió un orden social que transitara una vía distinta de la del capitalismo y el socialismo. Imaginó una economía basada en la solidaridad y una sociedad fundada en las instituciones naturales, la familia, el municipio, la corporación, cuyos conflictos se procesaran en el marco de una comunidad de valores compartidos. Imaginó un orden político que, desechando al individuo y a la igualdad, se construyera a partir de la representación de esas corporaciones. Llegar a esto, o al menos ponerlo en marcha, constituía una revolución, tan revolucionaria como cualquier otra de las imaginadas entonces o ahora: un salto al futuro, que combinaba la necesidad y la voluntad, y requería el ejercicio del poder. Así concibió Onganía su revolución, sin plazos y en tres tiempos: el económico, el social y el político. Cuando trascendió este proyecto, muchos descubrieron que habían apoyado la revolución equivocada. La Iglesia lo acompañó, pero muchos católicos siguieron otro camino. Algunos sindicalistas eligieron participar en el proyecto corporativista, pero la mayoría abandonó el barco. No lo pudieron abandonar los militares, aunque predominaban entre ellos ideas muy distintas. Sobre todo, los empresarios y técnicos, que apuntaban al desarrollo de un capitalismo eficiente y abierto al mundo, presionaron para un cambio de rumbo. Sus argumentos deben de haber sido fuertes. Seis meses después de asumir el gobierno y después de haber ensayado con un grupo de economistas social cristianos, Onganía entregó el manejo de la economía a Adalbert Kriger Vasena.

La propuesta de Kriger no era demasiado distinta de la que había lanzado Frondizi en 1958 o,mutatis mutandis , de la difundida por la CEPAL. Se trataba de utilizar la autoridad del Estado para estimular a quienes podían inyectar dinamismo y eficiencia en la economía, y reducir la tradicional protección a quienes amparaban en él su ineficiencia. Se trataba, a la vez, de restablecer la autoridad patronal en las fábricas y controlar la presión de los sindicatos. En suma, un programa de desarrollo capitalista. No es fácil saber si Onganía consideró a Kriger una opción definitiva o apenas un compañero de ruta; parece haber creído que su revolución todavía era posible. Desde el punto de vista del ministro, un gobierno con autoridad, que disciplinara los grupos corporativos y acallara sus protestas era casi la condición necesaria para lanzar su programa. Extraña pareja, en el mismo barco. Y el barco naufragó. La responsabilidad de Onganía en eso es enorme, quizá por falta de convicción, pero en buena medida por incapacidad política.

Desde 1969 se puso en marcha una formidable movilización, muy heterogénea pero articulada en torno a la consigna “contra la dictadura y el imperialismo”. Visto en perspectiva, llama la atención en este movimiento su capacidad de agregación, de integración de reclamos e intereses heterogéneos y hasta contradictorios. Esas agregaciones no pertenecen al orden de la necesidad o de la fatalidad. Son construcciones políticas, que se pueden neutralizar con otras acciones políticas, concesiones, cooptaciones, cambios en el discurso. Todo esto es el abecé del político, y es evidente que Onganía no lo era. Más aún, su capital político se había construido sobre la base de la intransigencia. Un Onganía flexible sería una contradicción en los términos. Ni siquiera fue capaz de mantener unidos a sus amigos más íntimos, a quienes colocó en una posición tal que se les hizo imposible continuar apoyándolo. Al cabo de tres años, la ilusión creada por los constructores de imágenes se había diluido: no estábamos ante el Franco argentino sino apenas ante un militar “tropero”. Cuando terminó su gobierno, en 1970, la crisis argentina estaba mucho más enredada que cuando comenzó.

Publicado en Enfoques - La Nación

Etiquetas: Autoritarismo, Catolicismo integral, Krieger Vasena, Onganía

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