Luis Alberto Romero

artículo publicado

16 de noviembre de 2010

El Estado es manipulado en beneficio de unos pocos

La muerte de Mariano Ferreyra sacó a la luz un aspecto de la oscura relación entre el gobierno, el Estado y los dirigentes sindicales . La masa de subsidios estatalesvolcada en el transporte ferroviario metropolitano se canaliza a través de empresas concesionarias, manejadas por los dirigentes ferroviarios, mezcla de sindicalistas y patronos. Se expuso así no solo la explotación de los trabajadores no formalizados sino, sobre todo, laapropiación sistemática de recursos del Estado, compartidos por funcionarios y burócratas sindicales .

De golpe, blanco sobre negro se aclara por qué, pese a todo el dinero de los subsidios, los servicios ferroviarios son pésimos. También queda claro cómo se constituye la red de lealtades políticas del sindicalismo, exhibida por Moyano en Ríver . Finalmente, se muestra cómo funciona el aparato de violencia que protege este negocio , en el que se combina la complacencia estatal y una oscura y diversificada red de matonismo .

Sería ingenuo pensar que el caso de los ferroviarios es único. No es justo achacarle toda la responsabilidad a los gobernantes de turno. Se trata de una historia vieja, que cada uno actualiza y amplifica . En otros tiempos -si se quiere, entre 1930 y 1976- la Argentina tuvo un Estado potente, vigoroso y emprendedor. Uno de sus instrumentos fue la concesión de distinto tipo de franquicias y beneficios especiales a diferentes grupos de interés o corporaciones. Más o menos justificados según los casos, con el tiempo se tornaron en verdaderas prebendas.

La organización sindical, vigente desde 1945, es un caso claro de franquicia devenido en prebenda ; baste recordar la masa de fondos que graciosamente le concedió la ley de Obras Sociales, sancionada por la penúltima dictadura militar. Una consecuencia de este ejercicio fue la instalación de allegados a las burocracias sindicales en oficinas claves -los Ministerio de Trabajo y de Salud Pública-, allí donde se reparten los fondos .

Comenzó así una verdadera colonización del Estado . Aquel Estado poderoso y grande fue perdiendo autonomía y libertad de iniciativa hasta que, a mediados de los años setenta, entró en crisis, enfermo y asesinado a la vez. Desde 1976 hasta hoy, y con la salvedad de los años de Alfonsín, las agencias estatales de control y gestión fueron sistemáticamente degradadas y destruidas por los gobernantes, hasta llegar al extremo actual del Indec .

Con las manos libres y sin controles, los gobiernos favorecieron a los grupos prebendados, viejos y nuevos, convertidos desde entonces en verdaderos depredadores del fisco . En los noventa, en medio de una crisis fiscal aguda, la depredación se practicó mediante el galopante remate de los bienes del Estado, que benefició a inversores extranjeros, grupos empresarios locales y también a sindicalistas. Fue entonces cuando los ferroviarios armaron su negocio.

En esta década, en cambio, el Estado tiene superávit fiscal, debido a la soja, y hay una masa de recursos a disposición de los funcionarios del Estado, para distribuir bajo la forma de subsidios diversos y contratos de obras públicas.

También se reestatizaron algunas empresas privatizadas, y todo eso hace pensar a muchos en el retorno del Estado activo y poderoso.

Pero la matriz de la manipulación del Estado en beneficio de particulares no se modificó .

En el caso de los ferrocarriles, los sindicalistas instalados en el Estado y en las empresas concesionarias se mantienen firmes y unidos con el grupo gobernante en una nueva depredación . Se parece mucho a la antigua, aunque probablemente la escala sea mucho mayor.

Las prácticas de los noventa y las de este gobierno se presentan con discursos diferentes y contrapuestos . Es sólo la envoltura brillante y engañosa, que encandila a quienes viven de esos discursos mistificadores. Pero el neoliberalismo peronista de los noventa y el estatismo peronista de esta década se parecen bastante.

El núcleo consistente es el mismo, y lo será mientras el Estado sea una cáscara vacía, sin normas, sin burocracia, manejada arbitrariamente por gobernantes que han logrado destruir o inutilizar sus instrumentos de control y regulación.

Hay una diferencia grande, sin embargo, entre los noventa y esta década.

El Estado superavitario ha podido utilizar una porción para lo que llaman la “distribución”.

Algo de cierto hay. El modelo auténtico, la rueda grande, es la depredación y la expoliación del fisco, pero hay una rueda menor que vuelca sus beneficios en la sociedad y da pie al discurso gubernamental. Los resultados reales son pocos.

La distribución es escasa y las desigualdades en el ingreso no han disminuido . Es ineficiente: el transporte ferroviario sigue siendo pésimo. Sobre todo, es poco transparente y poco equitativa .

Allí está el desafío para quienes sucedan a este gobierno. Nuestra sociedad aún no se repuso de la larga crisis estatal, y muchas cosas necesitan de los subsidios del Estado, transitoria o definitivamente.

Deben mantenerse.

Pero hay que reemplazar la estructura corrupta por otra que combine la eficacia, la transparencia y la equidad . Es muy difícil, dada la densa trama que lo sustenta y que constituye el esqueleto de la política actual. Pero ese es el camino.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Crisis del Estado, Kirchnerismo, Mariano Ferreyra

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