Luis Alberto Romero

artículo publicado

18 de junio de 2007

“El estudio de la historia debe iluminar al futuro”

Por Francisco Sotelo

Las preguntas potentes sobre el pasado son las que indagan sobre los problemas contemporáneos. Las que se preguntan sobre la democracia y el Estado; lo demás es folclore, afirmó Luis Alberto Romero, uno de los historiadores más reconocidos de la Argentina. El académico dijo que para divulgar la historia hay que conocerla y señaló que los divulgadores de moda, como Felipe Pigna, abordan temas del revisionismo de los años setenta o de los cuarenta.

Quizá todo esto sea el resultado de que a nuestra mirada hacia el futuro le falta proyección. No hay una discusión acerca de qué país es viable luego de una crisis brutal que fracturó a la sociedad, o qué tipo de economía es la mejor para nosotros. En su estudio del barrio porteño de Belgrano, Romero analizó, también críticamente, la definición de un término muy en boga: el progresismo, y consideró que, luego de 90 años, es necesario rediscutir el tipo de gobierno universitario.

– ¿Qué es el progresismo?
– Por definición, es un concepto relativo, que refiere a otra cosa, considerada retardataria. Habría que ver las cuestiones frente a las cuales unos son conservadores y otros son progresistas. Estas cuestiones no son siempre las mismas y los criterios cambian con el tiempo. Tomemos por caso: la construcción de nuestra democracia se hizo sobre la base de un fuerte énfasis en los derechos; como contraposición se plantea a cualquier manifestación de la autoridad en términos de autoritarismo. La autoridad se identifica con lo conservador mientras que es progresista ser libertario. A mí se me hace muy difícil identificarme con este planteo. El ejemplo más elocuente son las universidades. Las instituciones funcionan correctamente cuando se respetan sus pautas, pero en el campo del progresismo hay una tendencia a descalificar cualquier forma de autoridad y se rotula de conservador a quien reclama el respeto de la ley.

– Habitualmente, al progresismo se lo identifica con la certeza acuñada en la cultura occidental acerca de las posibilidades infinitas de progreso humano.
– No hace falta remontarnos a la filosofía de la historia. En general, existe un acuerdo de que el progresismo se identifica con la democracia, la libertad y la justicia social. Es una definición muy general. Lo que no resulta tan claro es si la justicia social se construye con piquetes o sin ellos.

– ¿Considera saludable la proximidad de nuestro país con el Gobierno de Hugo Chávez?
– Hay gente que se define progresista que así lo cree. En ese caso, también me entra la duda sobre si yo soy progresista, pero a mi juicio, el Gobierno de Chávez es espantoso. Es todo lo contrario de lo que yo considero un buen gobierno, es decir, de un gobierno democrático y republicano. Y es muy malo lo que está haciendo en una situación excepcional de prosperidad, basada en el precio del petróleo, que él está dilapidando. A mi me parece que es una especie de loco megalomaníaco que está usando la riqueza petrolera para darse los gustos en vida.

– ¿Los partidos políticos están en crisis?
– Cabe preguntarnos si las organizaciones sociales, que son adecuadas para recoger los reclamos en un amplio espectro, están en condiciones para desarrollar una propuesta política y una solución; las organizaciones solas no alcanzan y en eso los partidos son irremplazables. Los partidos andan mal en el país, pero no se están extinguiendo, sino que -a lo mejor- se están reorganizando y modernizando.

– Tenemos una Constitución de 154 años, pero que ha funcionado poco. ¿Estamos avanzando, retrocediendo?
– Esa es una cuestión filosófica. En términos relativos, cada generación tiene sus propias expectativas y mide lo que le pasa de acuerdo con parámetros diferentes que las generaciones anteriores. Un ejemplo clarísimo lo ofrece la experiencia de la dictadura: para quienes la vivimos, probablemente todo lo que ocurre en la democracia es mejor; en cambio para el chico que nació en democracia, es posible que todo parezca calamitoso.

– ¿Hay una tendencia a idealizar las décadas de los sesenta y los setenta?
– Yo creo que no era un tiempo muy agradable, porque es doloroso abrir el diario y encontrar una lista de muertos cada mañana. Quienes entraron a la juventud en los años setenta vivieron una especie de primavera, sin ver el costado de la intolerancia y disfrutando la posibilidad de expresión. Me parece que los balances tienen que ver con las generaciones y sus circunstancias.

– ¿Qué evaluación hace usted del interés creciente por los temas históricos y del manejo marketinero que se hace con ellos?
– Es una cuestión especialmente sensible para mí. La difusión de la historia requiere, antes que nada, saber historia. Los historiadores tenemos la obligación de escribir bien, con claridad, y llegar a públicos más amplios. En esto quiero dejar de lado la trivialización y el uso eficaz de los medios. Me voy a centrar en los temas del pasado que permiten traer luz hacia el presente. Los temas que abordan estos escritores, como Felipe Pigna, en realidad son los del revisionismo de la década del setenta y, a veces, de los años treinta y cuarenta. Lo nacional frente al cosmopolitismo; o frente al imperialismo. Y esto me parece un sustituto de una mirada actual sobre el pasado. Los temas de hoy no son patria o imperio ni liberación o dependencia, tal cual se formulaba en los setenta. Quizá todo esto sea el resultado de que a nuestra mirada hacia el futuro le falta proyección. No hay una discusión acerca de qué país es viable luego de una crisis brutal que fracturó a la sociedad, o qué tipo de economía es la mejor para nosotros. En un país que vive de la exportación de soja, no es significativa la antinomia liberación o dependencia. Tenemos visiones muy nostálgicas del pasado. Los divulgadores tienen el mérito de haber captado ese estado de ánimo en la gente. Yo creo que una mirada con proyección de futuro merece preguntarse por qué la democracia no ha funcionado en la Argentina. Otro tema crucial es el del Estado. Hay una pregunta histórica sobre el Estado argentino, del cual sabemos poquísimo y no podemos responder fácilmente desde cuándo ha sido perforado por intereses corporativos que lo han convertido en un queso gruyere. O desde cuándo se ha convertido en una colosal maquinaria de otorgar prebendas. Esas son las preguntas potentes sobre el pasado que mirarían al futuro. Lo otro me parece folclore.

– El presidente Kirchner suele hablar mucho del pasado. ¿Cree que mira hacia el futuro?
– Habla del pasado pero mira al futuro, sólo que se trata de un futuro demasiado cercano. Es un futuro electoral, en términos de acumulación personal del poder. Creo que no está construyendo poder para algo que lo trascienda, sino para su grupo íntimo. El presidente vive al día.

– ¿Hasta dónde se puede vivir al día?
– Vivimos al día, porque la soja nos ha sacado la angustia, y porque todavía tenemos muy presente la catástrofe de 2001. Es meritorio cómo el presidente ha reconstruido el poder presidencial, pero eso le permite vivir al día sin que nadie le pida demasiadas cuentas.

– ¿Cómo se imagina la próxima década?
– Depende de los días. A veces creo que hemos llegado a un estado de normalidad en la cual hay subidas y bajadas. Y otras lo veo con muchísima angustia. Hemos tenido casi con regularidad crisis muy violentas. Y no faltan elementos como para pensar que se repitan, por ejemplo, la crisis energética. Y el otro fantasma es el político. Tenemos un presidente muy autoritario, contenido por ahora por las instituciones y por el electorado, pero esto podría ponerse peor.
EL PERFIL

Luis Alberto Romero es investigador principal del CONICET, profesor de Historia Social General de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y director del Centro de Estudios de Historia Política de la Universidad de San Martín. Ha publicado: Sectores populares, cultura y política: Buenos Aires en la entreguerra (con Leandro H. Gutiérrez, 1995), Qué hacer con los pobres. Elite y sectores populares en Santiago de Chile en el siglo XIX (1996), Volver a la historia (1997), Argentina. Crónica total del siglo XX (2000), Buenos Aires, historia de cuatro siglos (con José Luis Romero; 2da edición, 2000), y Breve historia contemporánea de la Argentina (2da ed. 2001). Ha sido director académico de la colección Los nombres del poder, del Fondo de Cultura Económica y de la colección Historia y cultura de Siglo XXI editores de Argentina.

Publicado en El Tribuno de Salta

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