Luis Alberto Romero

artículo publicado

octubre de 2001

El Golpe de Estado Ausente

La sociedad argentina está protestando, de manera fuerte, agria y desesperanzada. No es un fenómeno nuevo: se parece mucho a otros ciclos de protesta y movilización, salvo en la desesperanza. Hoy quienes reclaman no saben bien qué es lo que quieren, e inclusive contra quién protestan: el denostado “modelo” es casi abstracto; en el otro extremo, el gobierno es algo demasiado tenue y sutil. Falta la figura del “otro” a quien combatir.

Por otra parte las instituciones constitucionales, tan débiles, soportan el embate, quizá porque no encaran frontalmente la protesta. Sobre todo, falta hoy un ingrediente de otras crisis: el golpe de estado militar, que de un plumazo derrumbaba el orden institucional, cambiaba los datos del problema y a la vez definía un “malo” contra quien la protesta social podía organizarse. Esa intrusión del poder militar, que se inició en 1930 y se desarrolló en un crescendo hasta 1976, fue tan típica de la política argentina que terminó generando un hábito y hasta una cultura política. Tanto, que hoy quizá algunos sienten que falta algo.

El Ejército desplaza a los civiles

Los inicios de la intervención militar en la política fueron modestos. En 1930 el compromiso militar en el golpe fue relativamente reducido: participaron pocas unidades, y fueron igualmente escasas las que defendieron la legalidad. En cambio, los golpistas contaron con un enorme apoyo civil. El centro del problema estaba en Hipólito Yrigoyen y el sufragio universal: la invencibilidad del viejo caudillo en confrontaciones electorales, su indudable decadencia física, que acentuó el desgobierno, la convicción de muchos sobre el fracaso del sufragio universal, y la de otros muchos acerca de la necesidad de purificarlo. Hubo un poco de todo. Se sumaron algunos nacionalistas maurrasianos, partidarios de un nuevo orden no democrático, muchos conservadores nostálgicos del viejo régimen, y muchísimos civiles progresistas, que querían el buen funcionamiento de la democracia liberal. Solo así se explica el entusiasta apoyo de la opinión pública, siempre voluble, que recibió en triunfo al general Uriburu el 6 de setiembre. Apenas triunfantes, los golpistas se dividieron. Uriburu apostó sus fichas a una elección en la provincia de Buenos Aires y fue derrotado por unos renacidos radicales: el humor de la opinión pública había cambiado. Mientras tanto el general Justo, que alineó al Ejército detrás suyo, propuso una salida transaccional, que funcionó hasta 1943: mantener las instituciones liberales de la Constitución y ganar las elecciones con una combinación de proscripción y fraude.

En el golpe siguiente, el 4 de junio de 1943, las Fuerzas Armadas participaron de manera unánime. Los unía la preocupación por la crisis del régimen conservador y por la Segunda Guerra Mundial, y coincidían en que el país debía mantenerse neutral y que debían organizarlo para la defensa, de manera integral. El mesianismo militar ya estaba instalado y triunfante. Lo fortaleció el fuerte vínculo establecido con la Iglesia católica y la difusión, entre los oficiales, de una versión integrista del catolicismo, que reivindicaba la unidad de la Nación católica, y el papel de la Espada coadyuvando la misión de la Cruz, una doctrina cuyos ecos se prolongan al menos hasta 1976.

 

Soberanía política, nacionalismo económico y unanimidad católica de la sociedad conformaban el horizonte de expectativas de las Fuerzas Armadas. No era un programa para convocar amplios apoyos civiles, fuera de los grupos católicos y nacionalistas. El resto de la sociedad se aglutinó pronto en contra del gobierno. La Guerra Mundial polarizaba las opiniones, y los dirigentes del frente antifascista, a la búsqueda de la versión local de Hitler, la  encontraron en los militares de Junio y la usaron con eficacia. Es sabido como, poco después, el coronel Perón cambió espectacularmente los datos de la situación.

El golpe del 16 de setiembre de 1955, que acabó con diez años de gobierno de Perón, dividió a las Fuerzas Armadas, que siguieron fracturadas hasta 1963 y llegaron a dirimir sus conflictos a tiros en la calle. Para “desperonizar” la política y la sociedad, los golpistas  recurrieron a la proscripción. Fue una actitud extrema, facciosa y fracasada: la identidad peronista se fortaleció en su base obrera. Los antiperonistas, copartícipes del pacto proscriptivo, sucumbieron a menudo a la tentación de aprovechar la masa electoral disponible, lo que agudizó sus propios conflictos. En ese contexto de enfrentamientos facciosos y legitimidad cuestionada, los intentos de recrear un régimen institucional y democrático fallaron de entrada: en 1962 cayó Frondizi, en medio de una crisis que el golpe militar no detuvo. La situación fue distinta en 1966, con Illia.

El Ejército cambia la sociedad

Los tres primeros golpes militares culminaron pronto en llamados a elecciones. En 1966 y en 1976 los militares se dispusieron a una larga estadía, que solo concluiría cuando se concluyeran transformaciones que excedían lo político. En ese sentido, fueron verdaderas revoluciones, sustentadas en un proyecto de transformación de las bases mismas de la sociedad, elaborado por el sector principal de sus clases dirigentes.

El golpe de 1966 estaba ya preparado antes de que Arturo Illia asumiera la presidencia en 1963. Luego de  un largo conflicto interno, el general Onganía había establecido la autoridad en el Ejército. El peronismo dejó de ser el problema prioritario para unas Fuerzas Armadas volcadas a la “seguridad nacional”: la represión del temido “comunismo”, frente al cual los peronistas –tan raigalmente anticomunistas- podían incluso ser aliados. Onganía parecía el adecuado para encabezar un “frente nacional”, que uniría a trabajadores, empresarios, Iglesia, intelectuales y fuerzas políticas “nacionales”. Ese proyecto se acopló con el de los grandes empresarios, ya con fuerte presencia de capital extranjero. Buscaban una profunda modernización institucional y económica, que acabara con los privilegios de sindicalistas, empresarios nacionales ineficientes y otros muchos intereses sectoriales, que desde la época peronista vivían de los subsidios del Estado.

Este acuerdo por la seguridad interna, la modernización capitalista y la defensa de los tradicionales valores católicos no llegó a cuajar en 1963, pero se alimentó en los años siguientes. Antes de que empezara su gestión, ya Mariano Grondona había dictaminado desde Primera Plana que Illia era ineficiente, y desde entonces se popularizó la imagen de la paloma y la tortuga, gracias al pérfido talento de periodistas notables, cuyo mea culpa escuchamos con posterioridad. La adhesión del gobierno radical a ciertos principios económicos populares, y el aumento de la conflictividad social, propio de los períodos democráticos, exasperaron a los empresarios, que reclamaban autoridad y eficiencia o, como decía Grondona, un “Franco argentino” que cortara el nudo gordiano. Nadie se admiró cuando finalmente sobrevino el golpe. Nadie lamentó tampoco el anunciado final de una democracia de base poco legítima.

El consenso de 1966 se transformó rápidamente en una movilización en contra. La dictadura de Onganía lesionó tradiciones liberales y populares hondamente arraigadas –como la autonomía universitaria- y a la vez, no fue tan dura como para callar las protestas. La racionalización capitalista de Krieger Vasena multiplicó la lista de los maltrechos, y todos pudieron sumar sus reclamos contra una única figura, que tuvo la virtud, discursiva y política, de sintetizar los males: la dictadura y el imperialismo. Por entonces, todos sabían contra qué protestaban y qué querían.

El golpe de 1976 no tuvo caudillo: fue un proyecto orgánico de las Fuerzas Armadas, que hasta acordaron una división de poderes sui generis. Su primer propósito era destruir todas las fuerzas y grupos que desde 1968 cuestionaban la autoridad del Estado, cuyas pujas, en buena medida facciosas y corporativas, habían derivado en violencia incontrolada. Fueron tiempos de metáforas quirúrgicas precisas: extirpar el cáncer, llegar al hueso. Como en 1966, ese proyecto coincidió con el de los grandes empresarios y los representantes del capital extranjero. Pero a diferencia de aquél, no se trataba de impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas sino, por el contrario, de reducir drásticamente aquellos sectores donde anidaba la conflictividad social, como la industria. Achicar el Estado, abrir la economía al mercado era una forma de disciplinar a los actores, lo mismo que por otro camino buscaba el estado clandestino y represor.

Al alivio inicial con que fue recibido el golpe siguieron unos años de callado consenso, sobre todo porque quienes podían protestar fueron enmudecidos. Como en 1966, esto se transformó en un movimiento inverso: la sociedad en contra del poder militar y del “establishment financiero”. En este caso, el cambio de sentido fue más lento, hasta que se produjo la debacle de Malvinas y la crisis económica.

La democracia y sus conflictos

Sobre el repudio a los militares y sus horrores se construyó en la Argentina una democracia novedosa: sin proscripciones, plural, tolerante y rutinaria. El fuerte consenso inicial  alcanzó para controlar los remezones militares y para establecer la normalidad institucional, en un período en el que, por otra parte, las decisiones tomadas en 1976 y ampliadas en 1989 se tradujeron en una verdadera transformación regresiva de las bases sociales y económicas del país. Desde entonces ha primado la concentración de los ingresos, la polarización y segmentación social, el deterioro de lo público, el retroceso productivo y el desempleo. Es una historia distinta de la que atañe estrictamente a la democracia, pero que la condiciona: en una sociedad infinitamente alejada de todo ideal de equidad, con un estado inerme, la democracia institucional camina al borde del precipicio. Pero el golpe militar, que recurrentemente había puesto fin a otras crisis políticas o del crecimiento capitalista, no se avizora, no figura entre las alternativas posibles o imaginables.

Pueden pensarse tres explicaciones. La primera: la firmeza de la fe cívica fundadora, construida en 1983, sólidamente arraigada; hoy –quiero creer- un golpe militar no tendría plafond. La segunda: las Fuerzas Armadas han cambiado. Sin duda, la crisis del Estado las ha golpeado fuertemente; el fin de la guerra fría ha eliminado un argumento de peso; un grupo de sus dirigentes está embarcado en una transformación de su doctrina, en un sentido cívico y constitucional. La tercera: quienes desde 1966 acudieron a los militares para producir grandes correcciones en el rumbo han achicado el Estado de tal modo que ahora basta una sencilla operación de “mercados” para ajustar cotidiana y limpiamente su marcha. ¿Qué proporción de una u otras? A falta de certezas científicas, las opiniones se dividen según el optimismo o el pesimismo de quienes la formulan.

Pero queda otra cuestión. Desde 1930 los golpes militares le sirvieron a la sociedad civil y a las fuerzas políticas democráticas para identificar al “malo”, al responsable de los desvaríos del gobierno, y así protestar con eficacia. Esto se ha convertido en un rasgo constitutivo de nuestra cultura política. Quienes hoy salen a la calle para protestar por los estragos del “modelo” sienten probablemente esa falta de un centro en quien personalizar la protesta, que permita agregar e integrar las voces. Hasta parece que los activistas, a la manera de los anarquistas terroristas de fines del siglo pasado, buscan despertar la fiera, provocar el manotazo y polarizar el descontento. Me temo que el golpe de estado, como el reto del padre para un niño que reclama límites, figure en las expectativas de más de uno.

Sería la salida más fácil. Aceptar que no hay un único enemigo, y consecuentemente que no hay soluciones mágicas, sino una lenta y difícil elaboraciones de acuerdos, es probablemente la prueba que le falta superar a nuestra reconstituida y reciente democracia. Si lo logra, significará que ha llegado la hora de la madurez.

Publicado en Ego

Etiquetas: Fuerzas Armadas, Golpes de Estado, Sociedad

Volver a artículos de periodismo

Últimos artïculos publicados

25 de octubre y 1 de noviembre de 2020

El ciclo peronista del kirchnerismo

¿Es peronista el kirchnerismo? ¿Cuál es la relación entre el kirchnerismo y el peronismo? Son conocidas las opiniones poco favorables de Cristina Kirchner sobre Perón y el PJ. Pero a la vez, el...

Publicado en Los Andes

24 de octubre de 2020

Historia global: una amplia manera de leer el pasado detrás de los libros

Stefan Rinke, profesor de la Universidad Libre de Berlín, investigó el impacto de la Primera Guerra Mundial en América Latina desde el punto de vista de la novedosa “historia global”. Su agenda...

Publicado en La Nacion

27 de Septiembre de 2020

Sorel y sus reflexiones sobre la violencia

Luis Alberto Romero Con “Reflexiones sobre la violencia”, publicado en París en 1908, Georges Sorel (1847-1922) abrió la discusión sobre una de las claves del pensamiento político del siglo...

Publicado en Los Andes

Buscar artículos por temas

Luis Alberto Romero
© 2014