Luis Alberto Romero

artículo publicado

28 de junio de 2016

El golpe que desencadenó la crisis argentina

Ha pasado ya medio siglo desde que, el 28 de junio de 1966, las Fuerzas Armadas derrocaron al presidente Arturo Illia y lo sustituyeron por el general Juan Carlos Onganía, con los amplísimos poderes que le dio el Estatuto de la Revolución Argentina. Los golpistas creyeron cortar así el nudo gordiano que impedía la realización del destino nacional. En realidad, lo que hicieron fue abrir la caja de Pandora, que concluyó en la formidable crisis de los años 70.

La caída de Illia fue anunciada antes de que asumiera el gobierno, el 12 de octubre de 1963. Ya en septiembre, Mariano Grondona había proclamado que Onganía era el Franco que la Argentina necesitaba. Este silencioso general había logrado el milagro de combinar anhelos y expectativas distintas y contradictorias, pero coincidentes en un punto: el país estaba estancado y necesitaba una transformación profunda, un “cambio de estructuras”, como decían por entonces las voces más diversas. Para eso, hacía falta un conductor de mano firme, que contuviera las fuerzas del desorden y desbrozara el camino.

En esto coincidían empresarios, obispos, sindicalistas, militares, intelectuales y políticos socialcristianos, desarrollistas y nacionalistas, que imaginaban un frente nacional similar al de Perón o al que Frondizi intentó construir sin éxito. ¿Para qué? Los acentos eran diferentes. Para algunos, el centro estaba en el despegue de la economía, bloqueada por disputas sectoriales. Otros estaban más preocupados por el desorden social, la agitación sindical o la politización de los universitarios. La Iglesia y los católicos más tradicionales sumaban su disgusto ante una secularización excesiva de las costumbres, que incluía desde el pelo largo hasta el uso de la píldora anticonceptiva.

Pero todos coincidían en que el meollo del problema era político: en la Argentina nadie ejercía plenamente el poder. Con el peronismo proscripto no había legitimidad electoral posible; el pretorianismo militar había paralizado varios gobiernos; sindicatos y empresarios eran difíciles de disciplinar y de sumar. Todas estas inquietudes no se integraban con facilidad, pero, según una tradición política largamente establecida, se confió en un líder que obraría el milagro de la síntesis.

¿Quién defendió la democracia y la república? Nadie con la fuerza o la convicción necesarias. Los partidos no peronistas estaban contaminados por una larga tradición golpista. En el peronismo convivían alquimias diferentes, alentadas por un Perón solo interesado en mantener a sus huestes unidas y divididas a la vez. La “nueva izquierda”, nutrida con grupos marxistas, católicos y peronistas procuraba la síntesis entre la revolución cubana y el peronismo por caminos ajenos a la democracia, cuyo final no lamentaron.

Algunos periodistas asociaron a Illia con una tortuga, y la imagen prendió. ¿Lo estaba haciendo tan mal el presidente? La perspectiva distanciada difiere mucho de lo que pensaron los contemporáneos. Hoy sabemos que en la economía las cosas no fueron mal: el impulso desarrollista de Frondizi se sostuvo y maduró a lo largo de los años 60 y el gobierno de Illia hizo su parte para sostenerlo. Pero en el momento sólo percibíamos la inflación, las duras recetas del ingeniero Alsogaray y la sospecha de que el imperialismo nos explotaba. Hoy vemos en los años 60 el último momento de tranquilo esplendor de las clases medias, reflejado en el mundo de Mafalda. También admiramos la renovación cultural, visible en las universidades o en el arte. Pero los contemporáneos percibieron sobre todo el desorden, el conflicto y los primeros brotes de la violencia.

Finalmente, hoy apreciamos en esos años de Illia el último intento de poner en pie la república, con elecciones, un Congreso que funcionó bien e instituciones que, a su modo, procesaban los conflictos. Pero con la óptica del “cambio de estructuras” y la utopía revolucionaria que encendía a todos esa democracia parecía lenta e incapaz de operar la transformación con la que cada uno soñaba.

El núcleo del problema estaba en la proscripción del peronismo, la intransigencia de quienes la defendían y el poco interés de otros por modificar una situación de la que sacaban provecho. Illia se propuso reincorporar al peronismo de manera gradual y poco ostentosa. Comenzó por los bordes: las provincias chicas y la representación parlamentaria a través de distintos sellos electorales. En 1965 ya había en Diputados una respetable bancada peronista, de conducta política perfectamente razonable. La alternativa tentó incluso al sindicalismo, que vislumbró la posibilidad de librarse de la tutela de Perón. La prueba de fuego habrían sido las elecciones de 1967, donde se ponían en juego las gobernaciones. El golpe militar interrumpió este proceso, cuyo resultado estaba abierto.

Lo que vino después de la infausta jornada de junio de 1966 fue desastroso por donde se lo mire y frustró las esperanzas puestas en un militar regenerador o simplemente capaz de implantar el orden y poner en movimiento el país. Torpeza e incapacidad caracterizaron el gobierno de Onganía. Comenzó con un “shock autoritario” dirigido contra las instituciones, los partidos, los sindicatos, las economías regionales, la universidad e incluso las Fuerzas Armadas, drásticamente alejadas de la decisión política. Lo hizo con una violencia inútil, como en el caso de la universidad y los bastones largos, y hasta ridícula, reglamentando las costumbres en nombre de la vieja moral.

Su gran falla fue no haber sabido concertar la pluralidad de grupos, intereses y opiniones que lo habían impulsado. Allí es donde se mide el líder político. Tras la apariencia de una firme unidad de comando, en su gobierno pugnaron tendencias contradictorias, que libraron una sorda lucha en las oficinas gubernamentales. La política de crecimiento de Krieger Vasena, con fuerte participación de la inversión extranjera y del Estado, chocó con el corporativismo arcaizante del sector socialcristiano. Empeñado en reinventar las formas de la representación, Onganía se alejó cada vez más de una salida política que la creciente conflictividad social hacía necesaria.

Su gran proyecto de unidad nacional tuvo un logro paradójico: consiguió integrar en su contra todas las protestas parciales, que se congregaron bajo la consigna de luchar contra la dictadura y el imperialismo. Ningún líder revolucionario lo habría hecho mejor. El Cordobazo en 1969 y el asesinato de Aramburu por Montoneros en 1970 agotaron la paciencia de las Fuerzas Armadas, que lo despidieron. Es posible que la recesión económica y la conflictividad social desatada recordaran a algunos cómo estaban las cosas en los tiempos de Illia. Finalmente, la única salida encontrada por los militares que lo habían derribado fue volver a 1965, a los partidos políticos y a la aceptación de un gobierno peronista. Pero ya era tarde para evitar la gran crisis.

A veces nos tienta la pregunta sobre lo que pudo haber sido; pura especulación, claro. ¿En qué momento pudo haber cambiado el rumbo de la conflictividad social y política incubada, al menos para atenuarla y evitar el catastrófico final de los años 70 y la larga decadencia posterior? Quizás en noviembre de 1955, cuando se decidió la proscripción del peronismo. Quizás el 28 de junio de 1966, hace ya 50 años.

Illia tenía una oportunidad. No era muy grande, pero existió. Pasó por la reincorporación del peronismo, la continuidad de una república democrática relegitimada y un procesamiento institucional de los conflictos que, indudablemente, se estaban exacerbando a mediados de los años 60. No se los habría evitado, por supuesto, pero quizás habrían tenido un final menos cruento. ¿Era probable, además de posible? Tengo grandes dudas: había ya demasiados argentinos ansiosos por lanzarse al combate y matarse, cada uno tras su utopía: la revolución, la tradición, la religión o la grandeza nacional. Onganía les permitió darse el gusto.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Dictadura, Illia, Onganía, Peronismo, Política

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