Luis Alberto Romero

artículo publicado

19 de agosto de 2001

El hilo invisible de la historia

En 1910, cuando publicó El diario de Gabriel Quiroga, Manuel Gálvez acababa de casarse con Delfina Bunge y aún no había escrito ninguna de sus muchas novelas. La obra circuló muy poco y nunca fue reeditada. Sin embargo, fue reiteradamente señalada como paradigma de lo que José Luis Romero llamó “el espíritu del Centenario”: momento en que, junto con los himnos a la prosperidad y el progreso, se acumulan balances críticos y diagnósticos pesimistas.

A ellos pertenece este texto del joven Gálvez —no llegaba a los 30 años—, quien elige expresar sus pensamientos a través de un personaje ficticio, algo así como su “alter ego”. Puntualiza María Teresa Gramuglio que ambos, Gálvez y Quiroga, provienen de linajes criollos tradicionales, viajaron por Europa y desde allí miraron a la patria, descubrieron los valores de la hispanidad y el catolicismo, se consustanciaron con las provincias interiores, no tocadas por la inmigración y el progreso, y valoraron la tradición y el nacionalismo. Sólo se diferencian en una cosa: Quiroga es un autor diletante, de una única obra, y Gálvez iniciaba su carrera de prolífico escritor profesional.

A través de Quiroga, Gálvez expresa sin ambages sus pensamientos más íntimos sobre la Argentina. Muchos podrán reconocer en estos breves ensayos todos los lugares comunes que desarrollarán el nacionalismo y el revisionismo histórico en el siglo XX. Otros encontrarán, junto con las novedades del Centenario, otros tópicos ya elaborados durante las dos décadas anteriores a 1910, en el complejo proceso de construcción de la nacionalidad recientemente reconstruido por Lilia Ana Bertoni.

Las ideas de Gálvez y Quiroga se organizan en un esquema tripartito: un pasado criollo, patricio y virtuoso, un presente de inmigración, progreso material y decadencia espiritual y un futuro que promete la regeneración. Decadencia y regeneración constituían por entonces una dupla corriente en Europa, donde Gálvez la aprende para llenarla con motivos argentinos, encarnados en Buenos Aires y el Interior. En Buenos Aires, ciudad puerto, abierta a la inmigración, todo es nuevo, lujoso y superficial; su gente es materialista, exhibicionista, arribista, guaranga, y lo que es peor, cosmopolita. La Rioja, en cambio, es virtuosa; “sería una linda criollita, peinada de trenzas y vestida de percal: una pobre muchacha donosa, tímida y honesta, sin alhajas, sin afeites, sin postizos, pero con mucho ensueño en el alma y mucho sentimiento en el corazón”. Sobre ese modelo dibuja dos figuras que pronto serán arquetípicas: el “unitario” y el “federal”, encarnaciones locales de la antítesis entre civilización y cultura.

Para Gálvez el verdadero drama está en la degeneración de la raza, producto de la inmigración pero también de hibridaciones anteriores: su pluma alcanza los tonos más brillantes cuando retrata al “mulato”. Contra ella, exalta las auténticas raíces de la argentinidad, que se encuentran en España y en sus creencias católicas. Para revivir el alma argentina, adormecida, sería buena una guerra con Brasil, y mejor aún, una derrota. Gálvez termina su libro con una nota optimista: los valores de la nacionalidad, viriles y potentes, parecen asomar en los jóvenes que en esos días de 1910 se dedican a aporrear a anarquistas y judíos. Quizá con ellos pueda realizarse al fin su programa de regeneración, según el cual “gobernar es argentinizar”.

Nueve años después de la aparición del Diario, Paul Groussac da a conocerLos que pasaban, que contiene un balance nostálgico y positivo de la “república” denostada por Gálvez. Francés de origen, radicado en el país desde muy joven, director de la Biblioteca Nacional durante 44 años, Groussac fue un maestro y un organizador de la cultura. De su libro dice: “Me propuse recordar a ”los que pasaban”: vale decir a unos pocos argentinos históricos a quienes conocí, cruzando ellos en carro triunfal la ruta que yo peregrinaba a pie, pero, al cabo, transeúntes como yo ”nel mezzo camino di nostra vita””.

Groussac retrata aquí a quienes son sus amigos, aún en la discrepancia: Estrada, Goyena, Avellaneda, Pellegrini, Roque Sáenz Peña y con ellos, en un segundo plano, a Mitre, Sarmiento, Alem, Tejedor o Roca. Entre ellos, conviviendo, dialogando o juzgando, aparece él mismo, desgranando recuerdos de su vida. Hay en su libro un poco de biografía, de historia, memoria, ensayo y crítica literaria, todo ello expresado con una prosa admirable, pulcra y pulida, expresión de un pensamiento riguroso y casi geométrico.

La mordacidad le permite conciliar “los impulsos del afecto y los deberes de la crítica”, pues —puntualiza Eujanián— si a algo no renuncia Groussac es a criticar. Este conjunto de retratos de sus coetáneos conforma un ensayo histórico. Es la historia de la República y de las elites que la gobernaron, “las aristocracias vitalicias de la moralidad activa, del talento bien empleado, de la fortuna bien habida…”. Tal lo que admira en esas figuras ciclópeas, merecedoras del bronce y dignas de ser imitadas, pues este escritor tan fino para comprender e interpretar está convencido de que la historia es la maestra de la vida.

Su libro tiene un final desencantado. No augura nada bueno de la reforma electoral emprendida por su admirado Sáenz Peña: se limita a purificar el acto comicial, pero nada hace con las máquinas electorales y los turbios comités, escenario donde —adivina— los radicales son imbatibles.

El mismo día en que muere Sáenz Peña, los alemanes invaden Bélgica: la coincidencia le parece reveladora de la decadencia de la civilización. En 1919 agrega una nota más a su balance escéptico: luego de una contundente profesión de fe agnóstica, que raya en el nihilismo, advierte sobre el novedoso avance triunfal de la Iglesia militante, que veinticinco años después la colocaría en el centro del poder.

Muchos hilos vinculan estas dos obras antitéticas, expresiones de un conflicto cultural y político que recorrerá buena parte del siglo XX. Pero hay otro, también significativo: su rescate simultáneo, en estas ediciones que acaba de hacer Gregorio Weinberg. Entre otras muchas profesiones —es uno de los pocos argentinos a quien cabe llamar un “humanista”—, Weinberg es un editor. Lo fueron José Ingenieros, Ricardo Rojas, Antonio Zamora, Francisco Romero o Boris Spivacow, quienes también creían que editar libros era una empresa cultural, casi como misión: organizar el saber y ponerlo al alcance de todos. Con sus ochenta años bien cumplidos, a través de emprendimientos como El Pasado Argentino o Dimensión Argentina, Weinberg contribuyó a la educación de mi generación, de la anterior y de varias posteriores. Hoy está de nuevo en actividad, rescatando clásicos argentinos en ediciones prolijas y cuidadas, con buenos estudios preliminares, que dan cuenta de los avances de la crítica y la historiografía, y sobre todo explican por qué cada obra es merecedora de volver a las librerías. En momentos como éstos, la figura de Weinberg editor es un aliciente para seguir adelante, a pesar de todo.

Publicado en Revista Ñ - Clarín

Etiquetas: Gregorio Weinberg, Manuel Gálvez, Paul Groussac

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