Luis Alberto Romero

artículo publicado

30 de septiembre de 2013

El historiador que contó qué es ser contemporáneo

A sus 92 años, y en perfecta lucidez, Eric Hobsbawm reunió en 2011 una serie de sus trabajos bajo el título de Cómo cambiar el mundo . Se refieren a Marx. Engels y Gramsci, es decir al núcleo fundamental del marxismo. Es lo último que quiso decirnos este maravilloso historiador e intelectual, que murió en Londres un año después, impulsado hasta en su último aliento por dos motivaciones fuertes y no siempre conciliables: comprender y actuar.

En cuanto a actuar, Hobsbawm militó desde joven en el Partido Comunista: primero en el alemán, hasta que dejó ese país, y luego en el inglés, hasta 1956. Por entonces, su rechazo de la invasión a Hungría por la Unión Soviética, apoyada por el comunismo británico, lo llevó a alejarse. Buscó entonces el paraguas del Partido Comunista italiano. Pues no quería ser –explicó– uno de esos ex comunistas expuestos a renegar de sus principios.

No fue sin embargo un intelectual mimado y promovido por el Partido ni sus jefes lo apreciaron especialmente. Le encomendaron tareas menores y las cumplió con leal eficiencia. Tampoco lo atrajo la acción directa, salvo un frustrado intento juvenil de sumarse a las Brigadas internacionales en España. Más que un militante de acción, fue alguien que tomó el marxismo como guía intelectual y como orientación para la vida.

Como historiador, también fue un poco heterodoxo. Tuvo una etapa en que se dedicó a las monografías sobre los trabajadores británicos. Discutió temas de interés algo escolástico, como la evolución del nivel de vida de los asalariados durante la revolución industrial. Luego eligió otro camino más audaz: entenderlo todo del mundo contemporáneo. Se lanzó a esa empresa con una curiosidad infinita y un insaciable espíritu de síntesis, global y comprensiva. Sus trabajos más notables son los cuatro volúmenes dedicados al período que va de mediados del siglo XVIII a finales del siglo XX. Allí trata de mirar, con una misma clave, la economía y la política, la sociedad y la cultura, las artes y la técnica. Trata de ubicar en su preciso lugar datos y referencias variados, que su razonamiento hace significativos. Así logró escribir una de las síntesis más notables de la historia contemporánea.

Por el mismo camino, e impulsado por una curiosidad juvenil e insaciable, incursionó por distintos mundos particulares: los bandidos, los músicos de jazz, las vanguardias. Uno de sus ensayos más provocativos, titulado A la zaga , es una durísima crítica a las pretendidas vanguardias de las artes plásticas del siglo XX, que ubica a la retaguardia del proceso histórico, contraponiéndolas al arte más audaz e influyente del siglo XX: el cine.

Una afirmación como ésta se sustenta en una convicción muy firme acerca de qué es lo que está atrás y adelante. Es la convicción de quien por ejemplo en los años sesenta se entusiasmó con la epopeya vietnamita o la revolución cubana, sin saber que habría un Pol Pot o un Fidel anciano y represor. Mantuvo sus convicciones, pese a todo, con ajustes pero atenidas a lo esencial, y unidas a la seguridad de que el relato marxista contiene la clave del pasado y el futuro. Las fórmulas rotundas e inapelables aparecen cada tanto en su obra de historiador. Sobre todo, en sus fobias: ni los anarquistas ni los campesinos tienen lugar en la larga marcha hacia el progreso. Pero son apenas momentos. Por detrás, hay un trabajo de interpretación, comprensión y síntesis que nunca pierde de vista la complejidad y la singularidad.

Yo tomé contacto con Hobsbawm en 1964, cuando se publicó la traducción de Las revoluciones burguesas (en realidad, La era de la revolución ). Estudiante de historia e hijo de historiador, encontré por primera vez alguien que dominaba el pasado con la grandiosidad y precisión con que lo hacía mi padre. Luego, durante toda mi vida como profesor, hice leer Hobsbawm a mis alumnos, y todavía lo hago. Creo que pasé, como corresponde, del encantamiento al distanciamiento y la crítica, para concluir en su reivindicación.

Hobsbawm no fue un historiador profesional tal como se entiende hoy. Encaró proyectos demasiado ambiciosos, que no siempre pudo sustentar en conocimientos sólidos –se nota en sus referencias a la Argentina– y a veces sus humores pesaban demasiado. Pero fue una combinación, difícil de encontrar hoy, entre el historiador que quiere comprender y el ciudadano que quiere actuar. Alguien que al fin de su vida, en una época ya desencantada, todavía creía que con el conocimiento se podía transformar el mundo y, sobre todo, que valía la pena hacerlo. Chapeau.

Publicado en Revista Ñ - Clarín

Etiquetas: Eric Hobsbawm

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