Luis Alberto Romero

artículo publicado

31 de marzo de 2011

El kirchnerismo en el espejo del peronismo

Recuerdo con nostalgia las ilusiones de 1983 : finalmente tendríamos democracia con república, instituciones, Estado de derecho, pluralismo, disenso y consenso. El “Nunca más” no solo se refería al terrorismo del Estado: también a todo un contexto político e ideológico que lo había hecho posible y lo había naturalizado. Recuerdo también la desilusión de los años siguientes . El avance sostenido, desde 1989, del Poder Ejecutivo sobre las instituciones republicanas. La baja calidad de la política, la corrupción gubernamental, la debilidad de una ciudadanía carcomida por la pobreza.

Más recientemente, veo las libertades amenazadas y el Estado de derecho en cuestión . Me pregunto hasta dónde vamos a llegar, y si aún hay más peldaños por descender.

Un historiador angustiado suele buscar en el pasado la clave del presente.

Como los gobiernos peronistas actuales tienen bastante que ver con estos problemas, vuelvo a mirar el primero de los gobiernos peronistas, entre 1946 y 1955 . No toda la clave está allí, pero sí una buena parte. Pero las cosas malas, o las buenas, no están todas juntas. Y en el primer gobierno peronista hay mucho de positivo, que conviene recordar antes de avanzar en otros temas. El primer peronismo completó la construcción ciudadana iniciada en 1912, con el voto femenino. Además, dio un impulso vigoroso a la democratización social: el reconocimiento de los sindicatos, la extensión del bienestar, la justicia social. Cada cosa tuvo sus matices y bemoles, pero eso es otra historia.

Por otra parte, el régimen político peronista, de indudable fundamento democrático, perteneció a la variante plebiscitaria, escasamente republicana y fuertemente autoritaria . El peronismo es un movimiento de jefe y su supuesto es que el líder posee una legitimidad que va más allá del sufragio. Esto lo coloca por encima de las instituciones de la República, concebidas precisamente para poner límites al poder. No extraña que muchos hablen de una tendencia a la dictadura.

Su legitimidad proviene de la “nación” y del “pueblo”, uno e indivisible, que no admite en su interior ni partes ni intereses en conflicto.

Movimiento y Estado son la misma cosa; por eso en los gobiernos peronistas es tan difícil diferenciarlos . El movimiento peronista se considera la nación misma, y por eso las “Veinte verdades peronistas” fueron declaradas “Doctrina nacional”.

Los disidentes u opositores son ajenos al pueblo, o mejor, sus enemigos.

En palabras peronistas, son la “antipatria”. Esta violencia del lenguaje caracterizó toda la historia del peronismo, salvo algún receso ocasional.

Sus adversarios recurrieron al mismo lenguaje excluyente, y la elección de 1946 se libró en un contexto de descalificaciones recíprocas. Pero el peronismo no hizo nada para detener la espiral -desperdició la ocasión que ofreció el radicalismo intransigente, que simpatizaba con sus reformas- y el autoritarismo plebiscitario y antirrepublicano emergió plenamente durante su primer gobierno . La lista de estos avances autoritarios sobre los derechos de la sociedad y los individuos ha sido hecha muchas veces, pero no es ocioso recordarla, para mirar el presente en ese espejo.

El peronismo descartó el Congreso como lugar de debate. Se deshizo de la Corte Suprema y subordinó al Poder Judicial. Reformó la Constitución para habilitar la reelección presidencial. Concentró el manejo de los medios de prensa; toleró a algunos diarios independientes, pero no dudó en confiscar al más reluctante, La Prensa, entregándolo a la CGT. Disciplinó y uniformizó a todas las organizaciones e instituciones sociales, incluyendo la escuela -donde La razón de mi vida ocupó el lugar de la religión- y las Fuerzas Armadas. Restringió los espacios de expresión de los partidos opositores y creó una sección especial de la Policía para desalentar a quienes quisieran manifestarse públicamente.

Es necesaria una mención especial a algunos episodios donde la violencia subió varios puntos . Una multitud, de la que nadie luego se hizo cargo, incendió en 1953 la Casa del Pueblo, la Casa Radical y el Jockey Club, ante la mirada pasiva de la Policía y los Bomberos. Algo parecido ocurrió en 1955 con el incendio de varias iglesias católicas. En ambos casos se trató de respuestas reactivas a actos de salvaje violencia de sus opositores: una bomba en una concentración en 1953 y el bombardeo en la plaza de Mayo en 1955. Pero sabemos que el Estado que responde con la violencia en lugar de recurrir a la justicia comete un acto criminal infinitamente mayor.

Hoy es fácil ver en la política cotidiana la traza de aquel primer peronismo . No necesito referirme al recodo de los años setenta, pues encuentro allí una guía suficiente para imaginar hasta dónde puede llegar el gobierno peronista actua l. No creo ni en códigos genéticos, ni en rasgos inmodificables, pero sí creo en tradiciones recuperadas y reivindicadas, valores acuñados y conductas consideradas aceptables y deseables . En ese sentido, el peronismo raigal aparece hoy de manera cada vez más explícita. Es cierto que estamos todavía lejos de aquellos extremos. La cultura republicana de 1983 aún tiene su peso en la opinión. Pero lo que ocurre cada día es suficiente para preocuparnos por lo que vendrá.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Libertades, Primer peronismo, Violencia

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