Luis Alberto Romero

artículo publicado

31 de marzo de 2012

El mito territorial

Existen unas islas Malvinas reales. Pocos las conocen; pocos imaginan que allí vive gente con costumbres, lengua y tradiciones. Por otro lado, existen unas Malvinas ideales. Un argentino no necesita conocerlas: ya forman parte de un mito, que sin recurrir a la experiencia, suministra sensibilidad, emociones, proyectos. Algo parecido al Santo Grial, el cáliz de Cristo, buscado afanosamente en la Edad Media por miles de caballeros, que esperaban obtener a la vez gloria personal y felicidad universal.

El mito de Malvinas está enraizado en un mito mayor: una Nación argentina unida y homogénea, libre de escorias e impurezas, con un prometido destino de grandeza. Esa Nación ideal ha sido representada de distintas maneras –la controversia por el “ser nacional” no acaba nunca– pero hay coincidencia amplia en esa aspiración homogeneizadora.

El mito se encarna en un territorio argentino ideal. Suponemos que su existencia es eterna, que forma parte de la asignación de dones hecha por el Señor durante la creación. Desde siempre ha conferido argentinidad a quienes lo habitaron. Según nuestros textos y mapas escolares, tuvimos aborígenes argentinos, ya antes de la llegada de los españoles. La Argentina siempre estuvo allí.

Ese territorio ideal no coincide exactamente con nuestras fronteras reales. Además de Malvinas, está el sector Antártico. La discrepancia entre el ideal y la realidad alimenta una nueva faceta del mito: la Argentina está incompleta. Junto con la seguridad de un destino de grandeza prometido, hay una permanente insatisfacción. No somos lo que debemos ser pues no tenemos todo el territorio que nos ha sido asignado. No por casualidad. Alguien se ha quedado con lo nuestro, o se las ha arreglado para fragmentarnos. El revisionismo histórico popularizó las fórmulas de la “balcanización” –referida a Bolivia, Paraguay y Uruguay– y de la “patria grande”, en la que se reconstituirá la unidad perdida. En nuestro caso, naturalmente, los ingleses son los culpables de todo.

Así llegamos al último anillo del mito: el irredentismo. Recuperar las tierras argentinas por esencia, transitoriamente arrebatadas, es una misión, un mandato para los argentinos. Así se escribió en la Constitución reformada en 1994. Alguien creerá que se discuten intereses concretos, como la pesca o el petróleo. Pero en el fondo eso es secundario. Lo central es que no seremos una nación completa hasta que no recuperemos lo que nos pertenece.

Los mitos tienen funciones. El irredentismo le sirve, a quien sabe cómo manipularlo, para movilizar y para cohesionar. Pero también para justificar fracasos colectivos y para alimentar fantasías compensadoras. La Argentina decadente los necesita cada vez más. Estoy convencido de que, si consiguiéramos las Malvinas, aparecería otra tierra irredenta. ¿Por qué no Uruguay?

Los historiadores se han dedicado a explicar quiénes fueron los que construyeron estos mitos, cómo, cuándo y por qué lo hicieron. Cumplen una difícil función desmitificadora, que va contra la corriente. Sin duda deben insistir en esto, dado el carácter notoriamente patológico de nuestro nacionalismo mítico.

Pero nuestra razón convive habitualmente con distintos mitos que cumplen funciones importantes. En las comunidades políticas que llamamos Estados, los mitos ligados con la nacionalidad fundamentan la coexistencia, el deseo de convivir juntos y de mejorar juntos. Le dan calor y emoción a la razón. Desarmar el mito del nacionalismo patológico implica también un desafío para los ciudadanos: construir otros mitos, quizá menos fantásticos, menos reñidos con la historia.

Pero sobre todo, que sean virtuosos. Para decirlo en relación con nuestras circunstancias: que fundamenten los principios de nuestra Constitución: el estado de derecho, la libertad, la democracia, las instituciones. Con seguridad viviremos mejor. Además, es posible que podamos mirar con nuevos ojos la traumática cuestión de Malvinas.

Publicado en Perfil

Etiquetas: Territorio irredento, Territorio nacional

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