Luis Alberto Romero

artículo publicado

7 de julio 2013

“El oficialismo no se piensa como fruto de la historia, cree fundar una nueva sociedad”

El prestigioso historiador, profesor e investigador del Conicet Luis Alberto Romero está de regreso con un lúcido ensayo titulado La larga crisis de la Argentina (Siglo Veintiuno Editores) en el que vuelve sobre uno de sus temas principales, la decadencia política, económica y social en la que se encuentra inmerso el país.

Según su opinión, el kirchnerismo es la fase superior de esta larga crisis (“tan duro y resistente como la crisis misma”, ironiza) y pese a que asegura que no será fácil revertir esa situación, cree que todavía hay esperanzas de regenerar al Estado para que éste cuente con instituciones sólidas y se ocupe del principal problema del país, la pobreza en la que vive sumida buena parte de la población (recordar que mientras para todos los estudios serios existen en la Argentina más de 10 millones de pobres, el Indec solo registra 2,2 millones).

Infobae entrevistó a Romero en las oficinas de su editorial en el barrio de Palermo, y conversó con él acerca de la relación del kirchnerismo con la historia, los desafíos de las épocas de prosperidad y hasta del reciente conflicto por el desmonte de la estatua de Cristobal Colón.

-Usted asegura que la Argentina experimenta una crisis desde hace varias décadas. Quería preguntarle en qué momento histórico ubica ese comienzo del declive del país.

Bueno, yo estoy tomando la palabra crisis en uno de sus sentidos posibles, que es estos cambios que no se perciben en su magnitud y tienen largas consecuencias, y yo encuentro ese momento en la década del 70. Tanto en la primera mitad convulsa como en la segunda de la dictadura ubico el momento en que el Estado comienza a quebrarse, ese es un punto, el hilo conductor que usé en este libro, la sostenida quiebra del Estado y todo lo que arrastra.

-¿Y cree que como sociedad ya nos acostumbramos a vivir en la decadencia? ¿Que nos resignamos?

Bueno, ahí hay dos problemas, uno es que estos últimos 40 años desde el punto de vista de la experiencia han sido muy fluctuantes. Hubo los famosos períodos de la plata dulce, de euforia, y los períodos de pagar las cuentas, entonces queda como una sensación intermedia que nuestra vida es un subibaja. Y uno de los productos de la crisis es que un cuarto o un poco más de la población argentina vive en la pobreza, no simplemente que son pobres, sino que hay un mundo de la pobreza consolidado. Y ahí es donde yo me hago la misma pregunta: ¿nos resignamos a ser así, como eran los países latinoamericanos antes? ¿O todavía creemos que hay energía en el Estado, en la política, en la sociedad, para revertir eso? Yo, como optimista de corazón creo que sí, pero me doy cuenta que no es nada sencillo.

-Este libro retoma el ensayo sobre la crisis argentina que escribió tras la implosión total de la Argentina tras la caída de Fernando de la Rúa. Quería preguntarle cómo eran sus expectativas para el país en esa época, y cómo se comparan con lo que finalmente sucedió.

Ese año 2003 para mí fue muy especial, tras una crisis muy aguda que todo el mundo percibió, y que motivó a mucha gente a pensar acerca del país, y a proyectar muchas cosas para la Argentina. Lo que sucedió fue que, apenas cerré el libro, a la Argentina le empezó a ir bien en la economía, por haber encontrado este nicho de la soja en el mercado mundial, y la prosperidad mató todas las buenas intenciones. Mucha gente dice que lo mas difícil para un país es manejar sus prosperidades, que sus depresiones no son tan complicadas. Y creo que no hubiese habido un kirchnerismo como lo conocemos de no haber existido ese boom de los commodities.

-¿Cree entonces que los argentinos nos perdimos una oportunidad de hacer cambios radicales y no aprendimos nada de la crisis?

No, no lo diría así, yo diría que pensamos un montón de cosas en relación a un país que dejó de ser como era muy rápidamente, porque la Argentina ha vivido acogotado por su situación económica y financiera desde los 70, mucho tiempo de gobiernos que viven al límite, de presupuestos frágiles, de Estados deficitarios, y de repente en el 2003 el Estado tenía superávit, el gobierno tenía dinero para cualquier cosa, y eso no tenía nada que ver con las reformas más profundas que se querían hacer. Creo que elegimos el camino fácil.

-¿Cree que será un lastre para los gobiernos que vengan la expansión del Estado y que se verán obligados a continuar ese modelo?

Diría que sí, ya que el Estado se expandió pero no como debe hacer un buen Estado, de modo que para retomar el buen camino habrá que desarmar un montón de cosas viciosas. Pero en realidad eso tiene que ver no tanto con cosas sólidas, sino con negocios particulares, así que va a haber que cortar muchos negocios que se armaron al calor de esta prosperidad, mucha colonización del Estado por estos jóvenes militantes que han ocupado puestos públicos. No es sencillo, pero tampoco es muy dramático, es una decisión política.

-Usted escribe en el libro que el gobierno se encargó esta última década de subsidiar artistas, periodistas y hasta historiadores. Hábleme del impacto del kirchnerismo en su disciplina.

Bueno, como en todo el país en el resto de las áreas, produjo una gran división, porque en su fase generosa el kirchnerismo generó muchísimas oportunidades de trabajo, y muchos historiadores buenos están trabajando muy intensamente, por ejemplo en el Canal Encuentro, lo cual me parece perfectamente bien. Nuestro problema, nuestra espina, es con el caso del Instituto Dorrego, no por la existencia de los intelectuales formados en el revisionismo y formados también en la idea de que hay que vender cosas rápidamente, sino porque el Estado les ha dado un reconocimiento que nosotros creaímos le correspondía a los historiadores de las universidades y del Conicet. Es decir, aquellas áreas donde el Estado tradicionalmente apostó para promover la historia. Para decirlo sencillamente, es como a que un médico le dijeran que el Estado pone una academia de curanderos. Los curanderos existen, y hay gente que no les parece mal que existan, pero que el Estado les de la patente, es lo que indigna.

-¿Y cómo definiría la relación del kirchnerismo con la historia?

Creo que el gobierno no se caracteriza por un gran uso de la historia, son más bien latigazos que por ahí larga la presidente en sus discursos. No hay una idea de continuidad entre el pasado y el futuro, un día la presidente se acuerda de Monteagudo, otro día de Andresito, y siempre trabaja con los sobreentendidos, “¿usted me entiende?”. Pero la definiría como una relación fragmentaria, no central, porque ellos mismos no se consideran el fruto de la historia, se consideran los fundadores de una sociedad nueva.

-Usted asegura que la Argentina enfrenta una encrucijada en este momento, un punto de inflexión. ¿Podría explayarse?

Ahora las cosas ya están un poquito más claras que hace dos meses, pero la posibilidad de una reforma electoral con reelección es realmente una encrucijada. La idea de “Cristina eterna” existe, y existe porque el oficialismo no tiene ninguna otra idea alternativa, no se les ocurre ninguna otra forma de continuar que no sea con Cristina. En ese sentido, las elecciones del 2013 son cruciales porque van a acotar esa posibilidad, no la va a eliminar del todo porque la inventiva de la presidente es muy grande, pero se va a acotar mucho, y va a volver a poner cifras sobre cuánto es el apoyo al gobierno, porque todavía estamos viviendo con el 54%. Pero si el 54% es el 30%, es muy distinto el discurso que se puede hacer. Y ahí van a empezar dos años muy interesantes, pero yo le diría que ya estamos viviendo el descongelamiento de este sistema político.

-Muchos analistas y políticos opositores aseguran que el kirchnersimo cumplió una etapa, que se encuentra de salida, un pronóstico que ya falló en el 2009. ¿Usted cree que si la economía se recupera y se van diluyendo las denuncias de corrupción que tanto impactaron en la opinión pública en los últimos meses, el oficialismo podría volver a congraciarse con la sociedad?

Para serle honesto, los historiadores nunca fuimos muy buenos para los pronósticos, así que no quisiera hacer uno de tan corto plazo. Sin embargo, me parece que en este momento el problema ya se desplazó un poco de esto, sobre todo a partir de la emergencia de Sergio Massa, porque el sistema kirchnerista es el de un gobierno de sus partidarios, que son controlados en base a mucha fuerza y a la amenaza, como una persona que tiene un arma y dice “al primero que levanta la cabeza le vuelo la cabeza”. Ahora, una vez que alguien levantó la cabeza, y a ese se le suma un segundo, y un tercero, esa posibilidad disminuye, y ahí empieza a aflorar lo que uno sabe que existe, y es que toda la estructura que está por debajo de la presidente piensa en su futuro, y empieza a calcular que esta jefatura no es buena para asegurarle su intendencia, su gobernación, y empieza la fractura, que está en la naturaleza de estos regímenes. Por eso lo de Massa es muy significativo, mas alla de que él personalmente vaya a hacer carrera o no, porque ha sido un pedazo de la parte medular del kirchnerismo, que es el Gran Buenos Aires, que se fracturó.

-¿Y cómo ve las posibilidades de Massa para el 2015? Hace poco Beatriz Sarlo dijo que el hecho de que él sea un presidenciable era prueba de que el puesto se cotizaba bajo…

Bueno, usted sabe que nuestras últimas experiencias electorales han sido muy sorpresivas. Nadie pensaba que Menem le iba a ganar la interna a Cafiero, y ¿quién pensaba que Néstor Kirchner iba a encumbrarse? Creo que la volatilidad de la política argentina hace que los resultados sean sorpresivos. Mi impresión es que después de esta elección van a aflorar otros candidatos parecidos a Massa, gente joven que no abjure del kirchnerismo pero que tampoco vaya a seguir por ese camino, y hay algunos que se perfilan, como el gobernador de Salta (Juan Manuel) Urtubey, que por la tradición que hay que la provincia de Buenos Aires da mucho trabajo armar alianzas nacionales, puede tener más posibilidades.

-Para finalizar me gustaría saber su opinión acerca de la polémica por el traslado de la estatua de Cristobal Colón que ha enfrentado nuevamente al gobierno nacional con el porteño.

Hay una explicación para la decisión tan férrea del gobierno de desmontar esa estatua, y es que Cristina quiere demostrar que ella puede hacer todo lo que desea, y hay otra que tiene más que ver con el trabajo de los pobres colegas de Carta Abierta, que tienen que explicar los humores de la presidente y darle un sentido más profundo, que es que se quiere tranformar a Colón en el prototipo de genocida. Y esto es algo que es difícil, porque Colón no es un conquistador, es un hombre de ciencia que nunca se benefició de haber llegado acá. Es una persona de consenso, y que está en el cruce de la Argentina y los italianos, no era para agarrársela con él en mi opinión. Juan de Garay encajaría mucho mejor en esta imagen del conquistador genocida en todo caso. Es muy ridícula esta polémica realmente.

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