Luis Alberto Romero

artículo publicado

11 de abril de 1999

El otro camino de la historia

Desde Homero hasta Umberto Eco son muchos los que han contado la historia: poetas, novelistas, memorialistas, cronistas, periodistas o políticos. Cada uno a su manera, satisface distintas necesidades de sus lectores, desde el interés por un pasado extraño, curioso o pintoresco, hasta las más acuciantes preguntas acerca de quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Es legítimo y bueno que lo hagan: el pasado es de todos. También de los historiadores profesionales.La manera como los historiadores profesionales cuentan la historia es singular. Tratan de ser rigurosos, de controlar su subjetividad, sus empatías; de evitar esa trampa del anacronismo -creer que antes las cosas funcionaban igual que ahora- en la que es común que caigan quienes no han tenido una formación rigurosa.Labor profesionalSobre todo, saben que su tarea no se limita a relatar, a narrar, sino que además deben explicar y procurar encontrar explicaciones complejas de fenómenos aparentemente simples. En suma, los historiadores tienen una profesión.A diferencia de los médicos o los ingenieros, que transmiten naturalmente su saber a la sociedad, curando enfermos o construyendo puentes, los historiadores profesionales suelen tener dificultades para contarle su versión de la historia al resto de la sociedad.Quizá porque se encierran en su cómodo círculo profesional, quizá porque encuentran demasiada competencia como le ocurre a los médicos con diversas formas paramédicas, quizá porque no es fácil poner en términos simples algo complejo.Dificultad y desafío: llegar a un público amplio, tan amplio que no se cuenta de a miles, sino de a centenares de miles.Se trata de un público amplio, pero no masivo, pues se compone de sectores diferentes, con intereses específicos: el lector habitual de historia, el que la estudió de joven y quiere refrescar sus recuerdos, el docente, que necesita nuevos materiales, su alumno, el ciudadano, que busca fundamentar sus convicciones, el curioso, amante de lo diverso… ¿Cómo dirigirse a todos y a cada uno? ¿Cómo conservar la complejidad de la explicación histórica y presentarla de manera clara y atractiva?Un buen historiador -creo que sólo un buen historiador puede hacerlo- tiene que combinar en su obra diversos niveles de lenguaje, incluyendo los visuales.Una buena obra de historia, escrita para todos, debe atrapar de entrada, ya sea por la nitidez de las ideas, la sugerencia de la anécdota o la atracción de sus imágenes, pues se puede contar la historia con ellas.Pero una vez que logró cautivar al lector, la obra debe permitir una segunda lectura, y quizás una tercera, e incitar a ella. Para quienes emprendan este nuevo camino, ese texto, inicialmente claro y atractivo, ha de contener la llave de acceso a una realidad compleja, problemática, multiforme, quizás irreductible a una explicación simple.Lo he escrito otras veces y no se me ocurre mejor ejemplo: Johann Sebastian Bach escribía corales que cantaban los fieles en las iglesias; era música bella y atractiva, al alcance de todos. Pero además, su armonía y su contrapunto son tan complejos y ricos que un músico puede dedicar su vida a estudiarlos.Los historiadores debemos hacer algo así. No es fácil, pero llegó la hora de que lo intentemos.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Escribir para todos, La historia vivida

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