Luis Alberto Romero

artículo publicado

4 de febrero de 2003

El pasado reciente

El pasado reciente, el que aún enfrenta y lastima, vuelve con fuerza al debate público de la mano de múltiples constructores de la memoria: los que lo vivieron como actores o espectadores y los que, más jóvenes, buscan hoy identificarse con alguno de ellos. Son memorias en conflicto. Lejanos están los acuerdos de 1983, cuando una amplia e ilusionada mayoría coincidía en quiénes eran los justos y quiénes los pecadores. Hoy la crisis y el desengaño impulsan a miradas más variadas del pasado y a una nueva búsqueda de responsables y agraviados. Al menos medio siglo de historia contemporánea está en entredicho.

Es razonable que sea así: algo parecido les ocurre a los alemanes con el nazismo, a los italianos con el fascismo, a los franceses con Vichy o a los Estados poscomunistas con el período soviético. No se trata exactamente de una cuestión de verdad histórica. La memoria del pasado es el lugar privilegiado para construir identidades, desplegar conflictos y proyectar futuros. Nadie renuncia a usar el pasado para legitimar su propuesta, y está bien. Todos tienen derecho a acordarse de lo que quieren, olvidar lo que les conviene y acomodar las cosas según sus intereses. También tienen derecho a tratar de imponer la propia versión, a combatir la de los otros y hasta desenmascarar las razones de olvidos y tergiversaciones ajenos.

LA MEMORIA, UN CAMPO DE CONFLICTOS

En suma, la memoria del pasado es un campo de conflictos tan intensos como el político o el social. A menudo se invoca el juicio de la historia, que supuestamente zanjará las diferencias. Sin embargo, este juicio no será frío y distanciado. Reflejará los acuerdos y transacciones entre distintas memorias, y predominará una: la de quienes hagan valer su versión. En este sentido, el clásico dictum es irrefutable: esa historia memoriosa la escriben los vencedores.

Pero hay otra historia: la de los historiadores profesionales. Se trata de una corporación con sus reglas: tratar de acercarse lo más posible a la verdad, entendida más como un ideal que una realidad. Aplicar a ello todo el rigor intelectual y las herramientas del oficio, que alertan en primer lugar sobre los propios prejuicios. Finalmente, someter los resultados al juicio de los pares, generalmente poco piadosos, que establecerán si los resultados se encuadran dentro de lo aceptable. Verdad controversial, provisoria e históricamente condicionada. Es todo lo que la corporación de historiadores puede ofrecer. No es poco.

Los historiadores no van a resolver los combates por la memoria. Incluso se involucran en ellos todas las veces que, como ciudadanos que son, actúan ex officio , buscando influir en la opinión, o simplemente cuando mezclan sus recuerdos con la reconstrucción histórica. Pero cuando escriben como historiadores, con rigor y control, aportan a los lectores legos, protagonistas activos o pasivos de aquellos combates, versiones del pasado en que los cortes se difuminan, las responsabilidades se gradúan y los factores ajenos a la voluntad de los actores recuperan su lugar. En suma, una historia menos militante, menos pródiga en juicios, pero más comprensiva. Las lecciones que buscan los ciudadanos serán menos contundentes, pero al menos servirán como marco para limitar los juegos de la memoria militante.

TAREA PARA HISTORIADORES

Hace treinta años, cuando la política utilizaba las imágenes de Rosas, Rivadavia, Quiroga o Mitre, los historiadores profesionales debieron desmontar aquellas versiones simplistas, maniqueas y anacrónicas. Pocos lo hicieron; muchos prefirieron embarcarse en los combates políticos que utilizaban, entre otras armas, la memoria del pasado. Aquella deuda está saldada por las nuevas generaciones de historiadores profesionales. Hoy discuten si los llamados “caudillos” fueron quizá los primeros constructores de la institucionalidad provincial; si el tipo de sociabilidad cultural que impulsó Rivadavia no aportó a la conformación de la Nación o si las ideas de Rosas no tuvieron acaso una fuerte dimensión republicana.

En cambio, los historiadores apenas hemos comenzado a hacer nuestro trabajo profesional con el pasado reciente, y sobre todo con los años entre 1966 y 1983. El terreno, todavía dominado por memoriosos interesados, sectarios y manipuladores, es recorrido ya por los colegas de las ciencias sociales, y también por el periodismo de investigación. Son aproximaciones útiles e importantes, pero no sustituyen a la propiamente histórica, que requiere especificidad y rigor. Es hora de que empecemos a hacerlo.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Memoria, Pasado reciente

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