Luis Alberto Romero

artículo publicado

28 julio 2017

El peronismo que necesitamos

En el futuro cercano, el peronismo deberá elegir entre extremar la polarización simbólica con el Gobierno o buscar los acuerdos que permitan normalizar el país. Para ponerlo en términos personales: Cristina o Pichetto. Ambas alternativas coexisten hoy en una sociedad agitada por sentimientos encontrados: la guerra de las pasiones o la paz de la reconstrucción. La decisión, que nos involucra a todos, es demasiado importante para que la tomen solamente los peronistas. ¿Qué peronismo se adecua a las necesidades de todos los que privilegian el acuerdo? ¿Qué pueden hacer los no peronistas para estimularlo?

Una parte de la respuesta se encuentra en los comicios de la provincia de Buenos Aires, donde el kirchnerismo conserva un núcleo compacto. Allí Cristina juega su futuro a todo o nada. Allí se decide si su opción radicalizada seguirá siendo una alternativa para el conjunto del peronismo. Puede ganar la elección y consolidarse. Pero para el peronismo quizá resulte una victoria pírrica.

¿Qué es el peronismo? Eterna pregunta. Visto en perspectiva, es un movimiento de consistencia fluida, entre líquida y gaseosa, con una unidad íntima que es más fácil sentir que definir. Fue manejado por sucesivas franquicias -Perón, Menem, Kirchner-, que en cada ocasión interpretaron el humor de su tiempo y le imprimieron una forma singular. Allí reside el secreto de su perdurabilidad.

La franquicia peronista hoy está libre, a la espera de quien conquiste su conducción. Para un aspirante, la condición primera es poder conducir a todos a la victoria, y a las dulzuras del poder. Pero hoy la tarea requiere aptitudes especiales, porque están en el llano y el sentimiento no alcanza para pagare una campaña, y porque el movimiento está desarticulado. Algunos hicieron rancho aparte. Junto a los tradicionales sindicatos, hay un conjunto de nuevas organizaciones sociales. Pero lo sustantivo del movimiento se encuentra en una serie de redes territoriales, que se articulan con la administración estatal, manejada por gobernadores o intendentes.

Cristina tiene probadas aptitudes de liderazgo; aunque transita el camino del retiro, todavía está en forma, y conserva aptitudes para la jefatura. Pero nunca supo reconocer que tenía pares con los que dialogar.

Puede ganar en Buenos Aires y consolidarse agitando las banderas del descontento. No es seguro que eso le alcance para disciplinar a la liga de gobernadores que hoy estructura al justicialismo, ni mucho menos para reintegrar a los escindidos. Sobre todo porque, con buenas razones, no ven un gran futuro con Cristina y su intransigencia pasional. El modelo Pichetto les cuadra mejor.

En esta instancia del peronismo, los de afuera también juegan, comenzando por el Gobierno. En lo inmediato, debe encarar una reforma fiscal y una ley de coparticipación, y tiene que equilibrar el presupuesto de manera sostenida, para poder encarar las políticas de fondo. Cambiemos necesita acordarlo todo con otras fuerzas. ¿Que peronistas necesita para normalizar el país y discutir proyectos futuros?

Esos acuerdos no se hacen solo con debate público. Requieren muchísima negociación específica, de mesa chica, con toma y daca sobre cuestiones concretas. Solo al final vendrá el gran acuerdo público, el Pacto de la Moncloa. Para negociar, lo ideal es tener un interlocutor orgánico. Si es democrático, republicano y respeta a las minorías, mejor aún. Pero lo indispensable es que juegue según las reglas. El peronismo no ignora el arte de negociar. Han sido flexibles para acordar con sus adversarios cuando, como ocurre hoy, están en una minoría relativa. Pero en cambio son duros y cerrados cuando ganan todo. Es un valor que deben consolidar.

No se llega a los valores por la vía abstracta sino por el descubrimiento de su utilidad, y esto compete al conjunto de la sociedad política. El peronismo ya está en camino de aprender que el gobierno se gana y se pierde, y que a la larga, a todos les conviene tener algunas cosas básicas discutidas y acordadas. Lo saben muy bien quienes administran hoy gobiernos provinciales. Sus adversarios deberían contribuir a consolidar esta alternativa, y resistir la tentación de acorralarlos. Los peronistas descubrirán las ventajas prácticas de jugar de acuerdo con reglas cuando confirmen que el resto de la comunidad política también las sigue, y les va bien.

Esta larga tarea de educación ya comenzó. Sería una pena que las necesidades de la campaña electoral la estropearan. Al oficialismo le toca una parte importante. Sin duda, debe pasarle a Cristina y a su grupo todas las facturas por la corrupción y la mala gestión. Es lo que corresponde. Pero no debe activar el resentimiento del resto del peronismo, con quién deberá convivir y acordar. No debe mezclar a Cristina con Massa o Pichetto.

La ley y la ética son objetivos irrenunciables. Pero si se mira el futuro, es mejor olvidar algunas cosas, tender puentes y cerrar algunas brechas. Combinar las dos cosas es difícil. Es un arte, pero para eso tenemos a los políticos.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Cristina intransigente, Educar al peronismo, Peronismo negociador

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