Luis Alberto Romero

artículo publicado

29 de octubre de 2017

El peronismo que viene

Las elecciones fueron malas para el peronismo, en todas sus variantes. Hubo excepciones -La Pampa, San Luis o Santiago del Estero-, que les dejan enseñanzas sobre cómo conservar los gobiernos en provincias chicas, y nada dicen sobre cómo volver a ganar en provincias grandes y modernas, que hoy son bastiones de Cambiemos.

Pero son elecciones de medio término; los gobernadores e intendentes electos en 2015 siguen en sus cargos. Lo que hoy está en baja es su presencia nacional: no es fácil construir una liga con gobernadores fracasados. Tampoco es terreno propicio para que surja el nuevo líder que rearme el peronismo.

Gobernadores e intendentes no se convertirán en “republicanos” pero, por convicción o necesidad, serán negociadores y no propiciarán los bloqueos que otrora usó el peronismo desde el llano. El gobierno nacional ha alentado estas negociaciones desde el comienzo, pero que sin duda elevará su nivel de exigencias, por ejemplo en cuestiones fiscales y presupuestarias.

No creo que tengan dificultades para convivir con un gobierno de signo adverso, y hasta para retener en 2019 muchas gobernaciones e intendencias. Pero lo harán a costa de resignarse a no competir seriamente en las presidenciales. Para hacerlo, deberían tener ya un nuevo conductor, y adoptar una línea opositora firme.

Eso es, precisamente, lo que les ofrece Cristina Kirchner, quien, como decía Almafuerte, no se da por vencida ni aún vencida. Hoy no es ni siquiera una dirigente provincial: solo es la jefa de la Tercera sección electoral de la provincia de Buenos Aires, con muchos votos, ningún poder efectivo, y una formidable imagen negativa. Hoy convoca a una resistencia heroica; a morir defendiendo el último bastión, al estilo de Solano López en la Guerra del Paraguay. ¿Quien querrá seguirla, fuera de los fieles obnubilados? ¿Mantendrán su fidelidad los intendentes del conurbano? Entre sus virtudes no se encuentra la lealtad.

¿Significa esto que el peronismo desaparecerá? No lo creo. En primer lugar porque lo que llamamos peronismo tiene una naturaleza singular, líquida o más bien gaseosa, que impregna muchas cosas pero no se materializa plenamente en ninguna: un partido, una organización o una idea. ¿Cómo podría desaparecer?

El peronismo existe y existirá. Desde sus orígenes, se expresó de diferentes maneras, pero en 1983 encontró una nueva forma, muy adecuada para la política democrática que hoy tenemos. En el mercado electoral, el peronismo -que nunca se presenta como tal- es una marca, una franquicia con grandes ventajas. Es muy conocida, tiene una base electoral segura y su flexibilidad le permite adecuarse a los cambios del mercado electoral. En cualquier caso, su capacidad para ganar elecciones y mantenerse en el gobierno está ampliamente probada.

Dentro del peronismo se admite que el conductor de turno imponga su línea y su discurso. Quienes disientan podrán sumarse o permanecer: nadie los echará ni se enredará en disputas ideológicas o principistas. Aunque momentáneamente esté en baja, seguramente seguirá incorporando nuevas camadas.

Aunque el peronismo no tiene la fuerza identitaria de otrora, sigue atrayendo a quienes deciden dedicarse profesionalmente a la política. Es un espacio abierto a la gente nueva: no hay exigencias para el ingreso ni se objetan anteriores pertenencias. En el peronismo siempre hay una oportunidad para que los nuevos demuestren su talento, y un premio para los exitosos. Tener éxito consiste en saber conducir; probablemente esta cuestión, tan propia de Perón, sea el rasgo más fuerte del peronismo, que se inclina ante el vencedor y desecha al perdedor.

Es casi la única exigencia. En otros espacios políticos quizá se espera de sus jóvenes cuadros devoción a la causa, austeridad republicana u honestidad, pero en el peronismo no está mal visto que el éxito político se acompañe de beneficios personales, provenientes de “hacer una diferencia”, no necesariamente en el estricto marco de la ley.

En este aspecto, las ideas que circulan en el peronismo son muy parecidas a las que funcionan en el grueso de una sociedad que, por decisiones propias o falencias ajenas, vive en buena medida al margen de la ley.

El peronismo no desaparecerá mientras se mantenga nuestra actual cultura política democrática, con su mezcla de tradiciones autoritarias y republicanas, hegemónicas y pluralistas. En este mundo, el peronismo es una marca muy competitiva. Hoy está disponible, y quizás un poco depreciada. Es el momento justo para que nuevas generaciones, emprendedoras y sin muchos lastres, apuesten a reconstruirla y, en el mediano plazo, a recuperar su competitividad.

Desde el punto de vista de los no peronistas, la perspectiva quizá no sea alentadora. Los recuerdos de la franquicia Menem y la franquicia Kirchner son difíciles de olvidar, así como los fracasos de dos emprendimientos prometedores: los de Cafiero y Chacho Álvarez. Pero la historia no se repite necesariamente.

¿Qué pueden hacer los no peronistas para romper este círculo que les resulta ingrato? En primer lugar hay una cuestión de actitud: deben admitir que el peronismo no desaparecerá y, más aún, que no sería bueno para nuestra sociedad democrática que desapareciera.

El peronismo representa una parte de nuestro país, que si no encuentra su representación en la política democrática la buscará por otra vía, seguramente más dañina. Sobre todo, el peronismo expresa, mejor que otros espacios, algunos intereses y algunos aspectos valiosos de nuestra cultura, que deben ser parte de una sociedad plural.

Para los no peronistas, el gran desafío es ayudar a que en el peronismo emerjan los mejores dirigentes, las conducciones más capaces de construir una sociedad plural sobre las ruinas de una escindida en lo social y en lo cultural. No se trata de un cambio moral -siempre son lentos- sino de elecciones racionales guiadas por el interés. Las reglas, normas y leyes deben ser tan sólidas que los comportamientos virtuosos sean más redituables que los viciosos.

Podría agregarse que los no peronistas deberían abandonar el anti peronismo y proponerse honestamente dialogar con los peronistas, con la esperanza de educarlos y la predisposición a ser educados. Porque hay muchas cosas que los no peronistas pueden aprender de ellos: desde una sensibilidad por lo popular que merece cauces más dignos que los que hoy tiene, hasta una cuota de sentido práctico de la política. Cosas que, al parecer, ha aprendido Macri.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Cristina Kirchner, Elecciones 2017, Gobernadores peronistas, No peronistas y el peronismo, Nuevos peronistas

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