Luis Alberto Romero

artículo publicado

5 de mayo de 2019

El poder, entre la insensatez y la fantasía

Leer libros de historia suele suscitar reflexiones sobre el presente y sus incógnitas. Cuanto mayores son éstas, más atentos estamos a esos signos que nos llegan del pasado, en los que creemos ver augurios del porvenir. Creí encontrarlos en dos libros recientemente reeditados, que casualmente leí de manera simultánea: “Los reyes taumaturgos” (1924), del historiador Marc Bloch, y “La marcha de la locura” (1981), de Barbara Tuchman. Ambos parecen sacados del diario del día.  

B. Tuchman (1912-1989) fue autora de maravillosos libros de “historia popular”. Mis favoritos son “Un espejo lejano”, sobre la Peste negra del siglo XIV, y “La torre del orgullo”, sobre Europa en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Son reconstrucciones inteligentes, sensibles y admirablemente escritas. Siempre tienen el plus de una tesis fuerte y sencilla, tan atractiva como discutible.

“La marcha de la locura” está dedicada a la insensatez de los gobernantes de todos los tiempos, que en lugar de guiar sus acciones por el sano juicio, los hechos evidentes y la atención del interés general, e incluso del personal, usualmente tomaron decisiones obstinadamente erróneas, movidas por prejuicios arraigados, o simplemente por esa ceguera que -como creían los griegos- los dioses confieren a quienes quieren perder.

Su historia se inicia con la fatal aceptación por parte de los troyanos del caballo obsequiado por los griegos. En una mirada panorámica de la historia de la humanidad señala innumerables ejemplos de insensatez y escasas excepciones, como Solón o Washington. Un capítulo más detallado está dedicado a los papas renacentistas y sus bien conocidos vicios; no los condena por ellos, sino por no haber previsto la magnitud de la disidencia protestante que culminó con Lutero. Luego salta a los políticos ingleses del siglo XVIII, que menospreciaron los reclamos de los norteamericanos, antepusieron el orgullo y los privilegios imperiales y terminaron dejando a Gran Bretaña sin su principal colonia.  

El capítulo principal -que probablemente generó este libro- está dedicado al involucramiento de Estados Unidos en Indochina, iniciado con el respaldo a los franceses en 1945 y que culminó con la vergonzosa retirada de 1973. Tuchman -veterana en la oposición a esa guerra- registra la serie de sucesivas decisiones equivocadas, que ignoraron la información disponible y menospreciaron los riesgos. Los gobernantes -de Roosevelt a Nixon- se dejaron llevar por prejuicios, como el “destino manifiesto” norteamericano o el imperialismo moral -la defensa universal de la democracia- y sobre todo el obsesivo temor ante el “complot comunista”. Para esta militante de las causas justas, nadie se salva: ni los presidentes -particularmente Kennedy y Johnson- ni sus brillantes y calificados asesores, como Robert McNamara. Todos fueron víctimas de la locura del poder.  

Tuchman sin duda simplifica las cosas. Pero llama la atención sobre un problema de los análisis políticos basados en la elección racional de los actores, la llamada “rational choice”. Salvo honrosas excepciones, la mayoría de los gobernantes nunca actúa en forma racional.  

El francés Marc Bloch (1886-1944), fue uno de los más notables historiadores de la Edad Media. Junto con Lucien Febvre fundaron la revista “Annales”, que abrió el camino de la renovación historiográfica del siglo XX. En 1924 escribió”Los reyes taumaturgos”, un estudio de la plurisecular práctica de los reyes franceses de sanar a los enfermos de escrófulas -inflamación de los ganglios, tumefactos y supurantes- tocándolos con las manos.  

La práctica se inició en el siglo XI, como parte del proceso de afirmación del carácter sagrado de  la monarquía, y se prolongó hasta el fin del Antiguo Régimen. En 1688, en una sola jornada, Luis XIV realizó la imposición de manos a 2400 enfermos. Se fundamenta en la idea de que el rey, ungido por Dios, recibe poderes taumatúrgicos, como esa capacidad de curar que muchos hoy atribuyen a curas y pastores sanadores. Es decir, los reyes podían obrar el milagro. ¿Los enfermos se curaban? No importa mucho. Siempre circularon noticias de gente que se curaba, en el momento o más adelante, temporaria o definitivamente. La fe no se detiene en minucias ni exige demasiadas evidencias.

Para que haya milagro tiene que haber creyentes, y los milagros duran en tanto la fe se mantiene. Las elites letradas la fortalecieron: imaginaron leyendas, crearon ritos, como las ceremonias colectivas de sanación, y produjeron abundante iconografía. Pero trabajaron sobre una base: los milagros suceden. Estas creencias, que algunos llaman supersticiones, no son ideas antiguas, desterradas por la ciencia y la razón. No solo siguen existiendo sanadores de distinto tipo, sino que estas fantasías, comunes en las mentalidades colectivas, ocupan un lugar importante en la política contemporánea.

Desde principios del siglo XX, junto con la incorporación de las masas, se afirmó la llamada “religión de la política”. Los grandes movimientos tuvieron conversos, dogmas, símbolos, ritos, fe ciega en los dirigentes y en su infalibilidad, y escasa exigencia de verosimilitud, pues la fantasía puede hacer ver blanco lo que es negro.  Esta fantasía presente en las prácticas políticas tampoco encaja con la “rational choice” de los politólogos. Pero ilustra admirablemente los comportamientos políticos que tenemos ante nuestros ojos y que a veces no comprendemos, por suponer que las acciones políticas tienen algo que ver con la evidencia y la racionalidad.

Las fantasías colectivas, cuyo estudio inició Bloch hace cien años, y la insensatez de los gobernantes, planteada por Tuchman, se complementan perfectamente. Ambas comparten la ceguera ante lo evidente. Pero sobre todo, cuando la mayoría vive en un mundo de fantasías, ignorando lo que tiene delante de las narices, permite a los gobernantes encarar con libertad el camino de la  insensatez, y los estimula a marchar alegremente hacia la locura. Y el que venga detrás, que arree.  

Los lectores de Bloch pertenecen al reducido mundo académico. Pero los muchos que leyeron este libro de Barbara Tuchman desde 1981 pensaron que le faltaba un capítulo final, que correspondía con la experiencia personal de cada uno. Los norteamericanos recordaron a Reagan, y ahora a Trump. Nosotros tenemos varios casos, y cada lector puede elegir su predilecto. Imagino, sinceramente, que la mayoría se quedará con uno, tan cercano que aún estamos sumergidos en él.  

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Bloch, EEUU en Vietnam, Locura del poder, Religión de la política, Reyes taumaturgos, Tuchman

Volver a artículos de periodismo

Últimos artïculos publicados

5 de mayo de 2019

Luis Alberto Romero: “los consensos básicos son una propuesta de coyuntura”

Las tensiones políticas en tiempos electorales son una tendencia global que, en la Argentina, generalmente se amplifican. Por eso hay voces que señalan que la búsqueda de consensos básicos responden...

Publicado en La Gaceta

5 de mayo de 2019

El poder, entre la insensatez y la fantasía

Leer libros de historia suele suscitar reflexiones sobre el presente y sus incógnitas. Cuanto mayores son éstas, más atentos estamos a esos signos que nos llegan del pasado, en los que creemos...

Publicado en Los Andes

5 de mayo de 2019

Yrigoyen, la revolución del sufragio y las masas

Dos razones justifican calificar la elección de 1916 como decisiva: fue la primera general realizada bajo la Ley Sáenz Peña de 1912 y determinó la llegada a la presidencia de una fuerza política...

Publicado en La Nación

Buscar artículos por temas

Luis Alberto Romero
© 2014