Luis Alberto Romero

artículo publicado

30 de julio 2020

El poderoso Napoleón joven

Nacido en 1769 en la remota isla de Córcega, a los 33 años -la edad de Alejandro y de Augusto- 3n 1802 Napoleón Bonaparte había llegado a ser el monarca republicano de Francia. Como pocas, su trayectoria abona la idea del papel decisivo de algunas grandes personalidades en la historia. También -como sostuvo Maquiavelo-  la necesidad de que las virtudes personales se conjuguen con la fortuna.

Sobre esos ejes, Patrice Gueniffey, gran historiador de la Revolución Francesa, estudia la primera parte de su vida. En apenas novecientas páginas desenvuelve un relato detallado y preciso, con pocas concesiones a lo meramente anecdótico, y fundamente, paso a paso, uno de los más lúcidos análisis de la trayectoria política de la Francia revolucionaria.

Vale la pena señalar algunos hitos de esta primera etapa de la vida de Bonaparte. El primero, su infancia y juventud en la isla de Córcega. En ese mundo tradicional y patriarcal, densamente descripto por el autor, le tocó al joven Napoleón hacerse responsable de una familia extensa y demandante, que lo acompañó en toda su vida pública. Intentó hacer su propio camino, formándose en las artes militares en Francia, sin poder desentenderse ni de sus responsabilidades ni de sus aspiraciones en la patria chica. Así, en momentos en que la Revolución francesa y sus guerras abrían brillantes posibilidades para los jóvenes oficiales, todavía seguía considerándose un patriota que luchaba por la independencia de Córcega.

El primer jalón de su notable carrera tuvo lugar en Tolón, en 1793, en tiempos de la Convención y los jacobinos. El puerto estaba en manos de los insurrectos federalistas, protegidos por la flota inglesa, y  era inexpugnable. El joven capitán Bonaparte descubrió el punto débil: la ubicación de la artillería en dos salientes de la costa permitía desbandar la flota inglesa y abrir una brecha en las murallas. Era una idea sencilla y fácil de ejecutar, que no se le había ocurrido a los jefes y que fue la primera manifestación de un talento militar sobresaliente.

Cinco años después -general y ya famoso por la fulminea campaña en Italia-, concibió el proyecto de invadir Egipto y atacar en un punto muy sensible el imperio marítimo británico. El episodio reveló otros aspectos salientes de su personalidad. El primero: su alta valoración de los hombres de ciencia, con quienes se complacía en conversar y discutir. Un nutrido contingente lo acompañó a Egipto para que, entre batalla y batalla, descifraran los enigmas de esa famosa y poco conocida civilización.

Simultáneamente, manifestó su capacidad para aprovechar las oportunidades, sin atarse a grandes principios. En Egipto se presentó ante los musulmanes como el enviado de Alá y anunció su posible conversión a la fe islámica. Para doblegar las resistencias, recurrió a la masacre sistemática de prisioneros, algo por entonces inadmisible en Europa. Cuando advirtió que un triunfo militar contundente era imposible, marchó subrepticiamente a París, abandonando a su suerte al ejército. Pero hizo circular la noticia de que una contundente victoria en lo que fue apenas un pequeño combate, de modo que, a su retorno, fue recibido en triunfo.

Por entonces, el resto de los generales de la Revolución acumulaba derrotas en Europa. Por su parte, crecía el desprestigio del Directorio gobernante, incapaz de sobreponerse al doble bloqueo de monárquicos y jacobinos. Todo estaba preparado para que un general victorioso se adueñara del poder, si lograba hacerlo sin violar abiertamente la institucionalizad republicana.

Eso es lo que Bonaparte hizo el célebre 18 Brumario de 1799, cuando un consulado tripartito remplazó al Directorio. Gueniffey, que ya había objetado su conducción en algunas de sus célebres batallas -como Arcola y Marengo- muestra como en este coup d’état se conjugaron la chapucería y la buena fortuna para acercarlo a la cima del poder. En su opinión, su talento no se reveló allí sino en la acción de gobernante que desarrolló durante los dos años siguientes.

En este corto período entre 1800 y 1802, de paz relativa, cortó una serie de nudos gordianos que trababan la consolidación de la Revolución, que resolvió a costa de sacrificar algunos valores revolucionarios que parecían intocables. La Francia moldeada por Napoleón no fue la de los sueños de 1789 ni tampoco la de los delirios jacobinos de 1794. Fue la Francia burguesa, basada en la propiedad, en la igualdad civil, en la libertad hasta cierto punto, pero sobre todo en el orden.

Sus grandes logros -asombrosos por la velocidad y la precisión de la ejecución- fueron el Código Civil, el Concordato con la Iglesia, la paz con todas las potencias europeas -que confirmó la supremacía continental francesa- y finalmente el establecimiento del Consulado vitalicio, ratificado casi unánimemente por un plebiscito y que preanunciaba el Imperio.

En este primer volumen Gueniffey se detiene en 1802. Luego de analizar de manera magistral esta transformación -que juzga más meritoria que las victorias militares obtenidas hasta entonces- señala su provisionalidad. En cada uno de los temas, se trata de una tregua calculada, un descanso para reunir fuerzas y preparar el segundo acto de su ciclo excepcional. Este balance de las transformación operadas en la república, el Estado y la sociedad cierra el primer volumen de esta biografía, que aún estando inconclusa ya se gana el derecho de figurar en el reducido grupo de las obras definitivas sobre el gran Bonaparte.

Luis Alberto Romero

Publicado en Clarín

Etiquetas: Napoleón Bonaparte, Napoleón en Córcega, Napoleón gobernante y estadista, Napoleón militar

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