Luis Alberto Romero

artículo publicado

17 de agosto de 2000

El prócer argentino

Muchas cosas —buenas y malas— se hicieron en nombre del Padre de la Patria. Ahora la discusión es otra: qué imagen de San Martín debemos recuperar.

El mito de San Martín se construyó sobre su figura histórica, mientras estaba vivo el recuerdo de quienes lo conocieron. Pero pronto la encubrió, la cambió, la transformó en bronce, para que pudiera cumplir adecuadamente la función de héroe fundador de la Nación, de Padre de la Patria. Desde ese lugar, que nadie le discutió, presidió muchas cosas hechas en su nombre, buenas, malas y terribles. Los historiadores deberán discutir cómo era realmente. Los ciudadanos necesitan afrontar otra discusión: qué imagen de San Martín debemos recuperar para la democracia.

El camino. Desde que se comienza a pensar en la historia de la Nación Argentina se le asigna a San Martín un papel principal. Así lo hace Mitre, que le reconoce sobresalientes méritos militares, aunque señala con discreción sus limitaciones como estadista. Al fin del siglo XIX, San Martín está a la cabeza de un conjunto de héroes de méritos parejos: era el primus inter pares.

Desde el Centenario, junto con la obsesiva búsqueda de la identidad nacional, se empieza a mirar a San Martín como héroe fundador: el Padre de la Patria. Esta operación de política histórica se completa en los años 30, durante la presidencia del general Agustín P. Justo. Por entonces, José Pacífico Otero concluyó su monumental biografía de San Martín y se fundó el Instituto Sanmartiniano. El 17 de agosto fue establecido como fecha de recordación del prócer, y el Ejército, cuya presencia en el Instituto era mayoritaria, se hizo cargo de las honras.

A su vez la Iglesia Católica, empeñada en demostrar la presencia de la religión en cada uno de los actos fundadores de la nacionalidad, asumió la figura de un San Martín católico sin máculas, pasando por alto su notoria masonería y sus conocidas actitudes anticlericales.

Poco después, la flamante Academia Nacional de la Historia emprendió la redacción de la Historia de la Nación Argentina. Allí se terminó de definir la primacía de San Martín, distanciado de un conjunto de “figuras menores” y convertido en expresión esencial del ser nacional: como predicaba el historiador José Pacífico Otero, todo argentino debía ser sanmartiniano. Por entonces, los historiadores revisionistas cuestionaron toda esta construcción, derribaron próceres, pero coincidieron en la glorificación de San Martín, aun cuando fuera por otras razones.

En 1950 se celebró el Año del Libertador. En una Argentina dividida en facciones inconciliables, la apoteosis de San Martín acompañó la glorificación de Perón. Cada uno en su esfera, ambos eran Libertadores, aun cuando el presidente, retomando la salvedad de Mitre, señaló que un general “se hace” pero que “conductor se nace”. Pese a este embanderamiento de su figura, luego de 1955 San Martín continuó firme a la cabeza del procerato, sin por ello perder su lugar en el revisionismo, ahora de izquierda y peronista. De ahí en adelante, San Martín pudo ser invocado en todos los actos del Estado, los de Onganía y los de Videla, y hasta se lo usó para legitimar lo innombrable.

Los dueños de la Nación. Triste homenaje: San Martín quedó asociado con una de las caras más negras de la Argentina. No es casual que su transformación de prócer patrio en bronce legitimador se haya producido en la década de 1930. A poco de triunfar Yrigoyen en 1916, la derecha descalificó el sistema democrático, que sólo servía para elegir mediocridades. A los ojos de quienes se reunían en la Liga Patriótica y admiraban a Mussolini, los partidos políticos democráticos no podían expresar más que intereses particulares y mezquinos. ¿Quién defendería los de la Nación? El Ejército, que en los años 20 se instaló de manera gradual e incontenible en el centro del estado, al tiempo que afirmaba su identificación con “los supremos intereses de la Nación” por encima de los partidos y hasta de la misma Constitución, si ésta no servía para protegerlos.

Por entonces, ha explicado con precisión el ensayista italiano Loris Zanatta, la Iglesia definió la identidad entre catolicismo y argentinidad, soldó su integración con las Fuerzas Armadas, afirmó el papel tutelar del Ejército y convocó a una suerte de cruzada contra el liberalismo enquistado en el Estado y la sociedad. Para el caso, San Martín fue acreditado como estadista: su apartamiento de las disputas políticas lo convirtió en precursor de esta fórmula que descreía de las prácticas democráticas, los disensos y el pluralismo, y afirmaba los valores de la unidad, la jerarquía y el mando. Pero además, quien fuera miembro de la masónica Logia de los Caballeros Racionales fue invocado como cruzado, como precursor del generalísimo Franco que necesitaba la Argentina.

Muchas cosas definidas en los 30 se profundizaron con la Guerra Fría. El nacionalismo militar de Estado alimentó una actitud paranoica: la Argentina tenía un destino de grandeza, que no se concretaba por las asechanzas de enemigos. A Chile o Gran Bretaña se agregaron los de adentro, los subversivos ajenos a los valores auténticamente argentintos, es decir occidentales y cristianos, y contra ellos se alzaron la espada y la cruz purificadoras. La guerra de Malvinas pudo haber servido para unir al enemigo interno y el externo, en una doble y espectacular victoria, y San Martín —indefenso en el bronce— habría sido llamado a presidirla.

Cambiar la historia. La derrota militar abrió el camino a la democracia y a la posibilidad de rever imágenes de la historia tan aviesamente utilizadas. Hoy es posible y necesaria una mirada distinta de ese San Martín congelado en el bronce o en un retrato que habría sido irreconocible para sus contemporáneos. No es una cuestión académica o profesional, sino política.

Necesitamos contar otra historia, que ayude mejor al futuro que queremos construir. Revelar detalles de la intimidad del prócer, sacarlo del bronce, ciertamente ayuda pero no basta. Necesitamos juzgar su vida pública, como lo hacemos con cualquier otro político del pasado o del presente. San Martín no puede ser un héroe divino como Aquiles. Ya es bastante que sea el prudente Ulises, humano y sabio, pero también iracundo, arbitrario y apasionado. Quizá debamos atrevernos a pensar que San Martín no fue estrictamente un héroe argentino.

Al fin, por entonces la Argentina todavía no había empezado a existir. A los ojos de ese americano que pasó buena parte de su vida sirviendo en España, Hispanoamérica era una sola. Y el problema que lo obsesionaba, la independencia, no se limitaba a ninguno de los futuros estados, cosa que debió ser disimulada en tiempos de fuerte afirmación de las identidades nacionales, cuando pensábamos que nuestro destino se jugaba contra Chile.

Hoy es posible que nuestro futuro se juegue en el Mercosur. ¿Por qué no mirar a San Martín como prócer fundador de esa región integrada? No sabemos si esta visión es más verdadera que la anterior, pero parece mucho más útil. Al fin, cambiarle la historia al paciente es una buena forma de terapia.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Imágenes de San Martín

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