Luis Alberto Romero

artículo publicado

9 de diciembre de 2014

El raro momento de la reflexión social

La crisis de 2001 proporcionó un 2002 caracterizado por una sólida reflexión colectiva. Hoy nos enfrentamos al desafío de capitalizar la experiencia con miras a lo que sucederá luego de 2015.

La sociedad argentina está pensando. Al menos la parte opositora o la disconforme. La unanimidad que manifiesta la otra, la oficialista, solo parece indicar acatamiento. Pero entre quienes se preguntan qué hacer luego de 2015 la reflexión colectiva es intensa. Tanto como lo fue en 2002, el annus mirabilis de la crisis.

Hay reflexión entre los empresarios, que han unificado su voz en cuestiones de interés general. Algo parecido sucede en el multifacético mundo de las asociaciones de la sociedad civil, también unidas para dar fuerza a sus propuestas.

Surgen foros en las universidades, en las organizaciones profesionales, en los ámbitos de las iglesias y en instituciones habitualmente dedicadas a la sociabilidad. Los artículos de opinión proliferan en la prensa y se multiplican los clubes intelectuales o políticos. Hasta en la CGT se advierte que sus discusiones van un poco más allá de sus intereses corporativos.

Es algo más que vísperas electorales. Las discusiones no están politizadas ni hay disputas agrias. Más bien, se ha formado un consenso en torno de las cuestiones generales. La economía en primer lugar; el reclamo de una gestión experta, el rechazo del prebendarismo y la apuesta al capitalismo competitivo.

Luego, la demanda de institucionalidad, un terreno en el que se aprecia el éxito de la dura pedagogía presidencial, quien a fuerza de mamporros ha logrado convencernos de que la República y el estado de derecho no son meras cuestiones formales.

La crítica a la corrupción ha derivado en el reclamo de transparencia, que en estos días promueven las asociaciones civiles. Otras cuestiones de la agenda, como la seguridad, la educación o el narcotráfico, remiten a un origen común: el deterioro del Estado, y su captura por un grupo gobernante que ha potenciado la arbitrariedad, la pésima gestión y la corrupción.

Todo esto es alentador pero inquietantemente limitado. No hay diálogo alguno con la parte oficialista, y entre los opositores hay más consenso que debate.

Así no se construyen los acuerdos sólidos que, por el contrario, surgen de la controversia, la discusión franca. En ella finalmente unos ganan y otros pierden pero cada uno ha incorporado los puntos de vista de su adversario y, quizá sin saberlo, ambos han llegado al consenso.

Así ocurrió con el famoso proyecto del ’80. Sarmiento y Alberdi, por ejemplo, empezaron a discutir en 1852 y lo hicieron de manera fuerte, violenta y descomedida. Pero se llegó a un punto en el que las transacciones superaron a las contradicciones, allanando el camino para las famosas políticas de Estado.

Precisamente en la ausencia del Estado reside hoy la limitación de la discusión actual, que transita más por las buenas intenciones que por las propuestas de acción.

A principios del siglo XX, Emile Durkheim, padre de la sociología y destacado republicano, lo expresó con una fórmula feliz: “El Estado es el lugar en donde la sociedad piensa sobre sí misma. O, dicho de otra manera, sin Estado es muy difícil que la sociedad piense”.

Se refiere al proceso de reflexión colectiva que tiene su punto inicial en propuestas del Estado, es decir los altos funcionarios y los gobernantes. Circula luego por el Parlamento y los partidos, los gobiernos locales, la prensa, las organizaciones de intereses, los clubes, las tertulias de café y todo lo que conforma el ámbito de lo público.

Al cabo de esta circulación, algunas propuestas han sido rechazadas y otras aceptadas con modificaciones o simplemente enriquecidas, precisadas y matizadas. Vuelven entonces al Estado para que sus técnicos y políticos las instrumenten, gestionen y sostengan.

Para Durkheim, este proceso de reflexión, guiado por la razón, era más importante que el simple ejercicio de la voluntad democrática, donde la razón compite con la pasión.

La enumeración de los actores de este círculo virtuoso alcanza para mostrar cuán lejos estamos hoy de estos debates confrontativos y constructivos. El Estado está desarmado, sus buenos funcionarios diezmados y los mecanismos institucionales tan destruidos como el Congreso, donde hay una parodia de deliberación.

Los Kirchner, una suerte de seguidores silvestres de Carl Schmitt, han construido su política sobre la base del enfrentamiento y la guerra.

La sociedad que piensa deberá encontrar el modo de hacerlo sin el Estado. Una alternativa son los partidos políticos. Pero en realidad, casi no los tenemos.

Lo que había, que no era mucho, fue destrozado por la crisis de 2002. Lo que hoy existe no se caracteriza por pensar. Es difícil lograr de sus dirigentes algo más que ideas generales, que reproducen el consenso social, quizá simplemente por el espíritu mimético que, a diferencia del estadista, caracteriza al político.

Por otra parte, los políticos están ahora en la etapa de la diferenciación, de potenciarse cada uno de ellos como la mejor alternativa para expresar el consenso colectivo.

Quizás si existiera un grupo de estadistas podría pensarse en un sólido acuerdo electoral previo, pero no es el caso. Nuestros dirigentes actuales prefieren seguir desde lejos el desarrollo del ánimo general sin arriesgarse a discutir, exponer sus diferencias y construir los acuerdos políticos sólidos que el gobierno futuro necesitará, no ya para cambiar las cosas sino simplemente para sobrevivir.

Todo es entendible. La política es así, y ha llegado a ser así. Una buena encuesta de opinión y mucha flexibilidad para ajustar el perfil rinden más que los viejos debates. Pero no deja de ser un problema para quienes quieren plasmar estos criterios generales, ampliamente consensuados, en programas y líneas de acción que comprometan políticas de gobierno.

2002 fue un año de mucha reflexión colectiva, que se perdió desde 2003, en parte por el estilo kirchnerista y en parte porque una sorpresiva prosperidad hizo olvidar los problemas y las soluciones esbozadas. Nuestro desafío es encontrar la forma de que esta experiencia no se repita y poder capitalizar este momento de reflexión, siempre excepcional.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Discusiones y proyectos, Estado ausente, Partidos políticos, Sociedad Civil

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