Luis Alberto Romero

artículo publicado

28 de octubre de 2006

El retorno de la violencia política

¿La violencia política está otra vez entre nosotros?  Entre los varios interrogantes que abre el episodio de San Vicente este es, probablemente, el más inquietante, no solo por los recuerdos del paroxismo de los años setenta, sino también por las ilusiones que tuvimos en 1983 acerca de su final definitivo.

En aquellos años de vino y rosas, creímos que la sacralización de los derechos humanos había trazado una raya con el pasado. La sociedad había subordinado la política a la ética y afirmaba que ningún fin, por elevado que pareciera, justificaba el uso de la violencia.  La consolidación del estado de derecho auguraba la existencia de una organización estatal  limitada por la ley, y a la vez capaz de contener y procesar de un modo pacífico los conflictos de la sociedad.

Fue la ilusión de un nuevo comienzo, fundada en una singular lectura del pasado, acuñada por Nunca más, el informe de la Conadep, y sostenida por el juicio y condena a las Juntas militares. Allí, la responsabilidad de los horrores pasados se cargaba, aunque en distinta medida, en la cuenta de actores presentados exteriores –los demonios del estado terrorista y de la subversión- de modo que la sociedad, su “víctima inocente”, resultaba exculpada. En su momento fue una construcción no solo útil sino indispensable para fundar tanto el estado de derecho como una democracia republicana que por entonces carecía de todo: tradiciones, ciudadanos, dirigentes, partidos. Hoy esa visión está en crisis, desafiada por otras lecturas del “pasado que duele”, como también lo está el orden democrático y republicano que ella quiso fundar. Por otra parte, esta visión ilusoria resulta ya innecesaria: la democracia que tenemos, ni muy buena ni muy mala, está relativamente consolidada.  Parece llegado el momento de someterla a una crítica más profunda, vistos los nuevos abismos que hoy se abren.

Fueron demonios ajenos a la sociedad los responsables de la explosión de violencia que alcanzó su punto extremo en los setenta? Estoy convencido de que, lejos de ser ajenos,  forman parte inescindible de la experiencia y la cultura política de los argentinos en el siglo XX.  La violencia política abrevó en primer lugar en los discursos: en la negación, condena y exterminio simbólico de los adversarios. Surgió de la idea, ampliamente difundida, de una unidad de espíritu, una unanimidad de los argentinos –el pueblo, la nación- en torno de valores enunciados por alguien. En el pasado hubo algunos grandes enunciadores: las Fuerzas Armadas, la Iglesia católica, los movimientos políticos democráticos, como el yrigoyenismo y el peronismo. Tan diferentes en muchas cosas, coincidieron en atribuirse ese papel privilegiado, y en enviar a las tinieblas exteriores a los adversarios, denunciar su perenne complot y convocar a su aniquilación simbólica.

Por otro lado, está la violencia práctica. Las matanzas de los setenta tuvieron sus precedentes: los fusilamientos clandestinos de 1956 o el bombardeo de la Plaza de Mayo en junio de 1955. El asesinato de Aramburu nos lleva al de Vandor o al de Rosendo García, por cuya autoría se preguntaba Rodolfo Walsh. El matonismo sindical, sus aparatos y su técnica de “apriete” de los adversarios –el que vimos en San Vicente-, está plenamente instalado a principio de los años sesenta, y presto a incorporarse, con armas y bagajes, a alguno de los bandos que pronto se organizarían.  Por una u otra vía, resolver un conflicto mediante la violencia y la eliminación del adversario se fue convirtiendo en algo usual, natural, justificable, si el fin lo ameritaba, y también comprensible si se ignoraba la finalidad, pero se presuponía que por algo habría sido. En esa esfera, el estado no solo declinó en su capacidad de control de la violencia  sino que, manejado por alguno de los grupos facciosos,  se embarcó, él mismo, en el uso clandestino de sus armas.

Tiene algo que ver la violencia que hoy despunta, con aquella historia con final apocalíptico en los años setenta? No, si se considera que hoy están ausentes dos o tres elementos fundamentales de aquella coyuntura: una fuerte movilización popular, organizaciones político militares y Fuerzas Armadas con vocación mesiánica. Pero esto no alcanza para tranquilizarnos. Esos elementos también pesaban poco a mediados de los años cincuenta, cuando tantos factores que impulsaron la espiral de violencia estaban ya instalados. Hemos aprendido a percibir en los polvos de hoy los lodos de mañana.

Los episodios de San Vicente nos obligan a mirar con otra perspectiva las distintas manifestaciones  de violencia, de sentido hasta ahora poco definido, como las protagonizadas por organizaciones piqueteras, sindicalistas, estudiantiles, vecinales o futbolísticas. El contexto que podía contenerlas, que parecía consolidado en 1983, está hoy claramente fisurado. Así, la civilidad consciente, la nueva ciudadanía, protagonista de aquellas jornadas, está hoy  raleada y desilusionada. El compromiso ético sellado entonces alrededor de los derechos humanos, arca de la alianza de la nueva convivencia política,  vacila debido al uso instrumental de ese discurso –una de las especialidades de nuestro presidente-, empleado para alimentar conflictos facciosos. Viejos debates, que parecían ya archivados, como la oposición entre lo “formal” y lo “real”, vuelven a tener vigencia, por supuesto, para descartar por inútiles las “formas”. En cuanto al gobierno, por una parte tiene temor de esas manifestaciones y retrocede ante ellas; por otra –y esto es mucho más grave- sucumbe a la tentación de utilizarlas como instrumentum regni. De ese modo, por diversas vías, contribuye a la erosión del estado de derecho.

En los últimos años hemos visto acumularse estos signos, sin grandes reacciones, refugiados quizá en la falsa seguridad de que el pasado siniestro estaba enterrado para siempre. ¿En que momento una suma de sucesos particulares indica un salto cualitativo? ¿Cuándo el polvo se torna en lodo, o el viento en tempestad? Confieso que oscilo entre dos respuestas. El historiador responde que el juicio es prematuro, y que hay que esperar que lo por venir termine de revelar la clave de lo ocurrido. El ciudadano, en cambio, percibe que ya estamos desmoronándonos en el abismo.

Publicado en Revista Ñ - Clarín

Etiquetas: Ilusión democrática, Violencia

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