Luis Alberto Romero

artículo publicado

2013

El “Rodrigazo”. Cuando se rompió el pacto que congelaba los precios

El 4 de junio de 1975 el ministro de Economía Celestino Rodrigo dispuso una devaluación del peso del 100%,  un aumento en las tarifas de servicios públicos del 100%,  y otro del 180% para los combustibles. También estableció un aumento salarial del 45%. Por entonces era presidenta Isabel Perón y el hombre fuerte era José López Rega, con quien Rodrigo venía trabajando desde 1973.

El descalabro que produjo el “rodrigazo” fue fenomenal. Una experiencia imborrable para quienes la vivimos, que todavía no habíamos conocido la hiperinflación de 1989 o la crisis de 2001. Para los más jóvenes quizá solo sea un nombre.

El “rodrigazo” fue a la vez excepcional y previsible. En rigor, desde 1949 la economía estaba regida por el ciclo trienal del stop and go:  un período de expansión de la producción y de crecimiento del consumo, que se detiene en el momento en que el sector agropecuario  no puede suministrar las divisas para comprar los combustibles e insumos necesarios para sostener ese nivel de producción. Desde 1949 se repitió de manera fatídica. La crisis estallaba por el lado de la balanza de pagos y se resolvía con una devaluación, como la de Rodrigo pero de menor escala.

El ciclo estaba también impulsado por una dinámica social repetida: la puja por el ingreso entre corporaciones poderosas que presionaban a los gobiernos. Los sindicatos, para un aumento salarial, generalmente por detrás de la inflación. Los empresarios industriales para obtener tipos de cambio preferenciales, y los exportadores agropecuarios para que se devaluara. Un simple decreto ministerial implicaba una enorme transferencia de ingresos entre sectores. Nunca definitiva, mantenía activa la puja y que reducía los márgenes de acción de los gobiernos.

La crisis de 1975 tuvo algo singular: la afrontó un gobierno popular, cuya base estaba en los sindicatos, por entonces activos y movilizados. Desde 1973, muchos esperaban que el gobierno peronista restableciera la bonanza de los años cuarenta. Otros, más jóvenes, estaban movidos por imprecisas ideas de transformación social. Es sabido que por entonces había una intensa confrontación política, dentro del peronismo, entre Montoneros, y la “burocracia sindical”, a la que Perón apoyó. Los dirigentes sindicales era que debían dar alguna respuesta a las demandas de los esperanzados y los movilizados, si no querían ser desplazados por conducciones más radicalizadas.

En ese contexto Perón, vuelto al gobierno en 1973, se propuso restablecer el orden. Su orden: el de un militar y estadista, y a la vez líder popular. Debía controlar la puja corporativa, cuya manifestación visible era la inflación. En 1973 precisamente culminaba un ciclo de crecimiento, con la habitual expansión del empleo, los salarios y el consumo. La inflación era el signo de la previsible crisis y el stop.

A diferencia de otros gobiernos, Perón no podía recurrir al método fácil de la devaluación y la consiguiente caída de salarios. Con su ministro Gelbard se propusieron enfrentarlo mediante un acuerdo entre las partes -empresarios y trabajadores- para reducir sus demandas: el Pacto Social. Luego de un aumento razonable, precios y salarios fueron congelados, y la CGT y la Confederación General Económica, se comprometieron a apoyarlo. Perón puso en juego aquí toda su autoridad y prestigio.

El destino del Pacto Social era previsible. Hubo problemas inesperados, como el aumento mundial del precio del petróleo. Pero el acuerdo era intrínsecamente insostenible. Los sindicatos, asediados por las comprensibles demandas de sus bases, tuvieron que reclamar por ellas. Los empresarios las concedieron sin chistar: habían decidido no dar batallas frontales y apelar a los recursos habituales: segundas o terceras marcas, kilos de 800 gramos, desabastecimiento. La inflación siguió corriendo. En su último discurso público, el 12 de junio de 1974, Perón se quejó de la infidelidad de quienes decían apoyarlo. Poco después murió.

Su sucesora, Isabel Perón, con mucha menos autoridad, se apoyó en su hombre de confianza, López Rega, quien eliminó del gobierno a quienes podían competir con él.  En Economía cayó Gelbard y luego Gómez Morales, técnico veterano y prestigioso, y a principios de junio fue designado Celestino Rodrigo, hombre de “el Brujo”.  Para otros menesteres, López Rega aceitó la organización de la Triple A, una fuerza para policial dedicada al terrorismo y al asesinato de militantes.

En 1975 se reabrieran las convenciones paritarias, suspendidas desde 1973. El gobierno sugirió una pauta del 38%; los convenios firmados fueron solo un poco más altos, en el orden del 50%. Nada muy grave. En ese momento estalló el “Rodrigazo”. Se trataba de un giro profundo en la política populista. La radical redistribución de ingresos que desataba se parece mucho a los anteriores ajustes, y también a lo practicado por el gobierno militar desde 1976. Así como la Triple A preanuncia la represión clandestina del Estado terrorista.

Pero era difícil de hacer pasar esas medidas sin la dictadura militar. Los sindicatos exigieron la revisión de los convenios y los empresarios -decididos a evitar la confrontación- firmaron acuerdos con el 200% de aumento. La presidente los vetó y el sindicalismo declaró una huelga general. La primera que le hacían a un gobierno peronista. Isabel cedió, convalidó las paritarias y poco después renunciaban López Rega y Rodrigo. El experimento había durado unos cuarenta días, casi lo mismo que el gobierno de Cámpora.

Como era de prever, el “rodrigazo” desató la inflación, que alcanzó en ese año el 185%, y los aumentos salariales se esfumaron rápidamente. Inflación disparada, puja distributiva, violencia desatada, desprestigio del gobierno, y negativa a cualquier alternativa institucional fueron los ingredientes de una “situación de golpe”, concretado finalmente a fines de marzo del año siguiente. Muchas cosas cambiaron después, pero en algunos aspectos la dictadura militar prolongó las líneas dibujadas por Rodrigo,  López Rega e Isabel.

Publicado en Revista Fortuna

Etiquetas: Crisis de 1975, Isabel Perón, Sindicatos

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