Luis Alberto Romero

artículo publicado

13 de abril de 2012

El segundo peronismo

La paradoja del discurso populista

Desde 1989 vivimos gobernados por el segundo peronismo. Es cierto que durante un par de años otra fuerza política ocupó la presidencia. Es cierto que hay algunas diferencias entre el peronismo de los años 90 y el de este siglo. Pero visto en perspectiva, me parecen circunstancias menores.

El primer peronismo transcurrió entre 1945 y 1955. Fue el peronismo de la Argentina vital y conflictiva. Un país con una economía próspera, un Estado con potencia y una sociedad integradora, igualitaria y móvil, a la que el peronismo dio un fuerte impulso democratizador. También construyó una democracia plebiscitaria, autoritaria y poco republicana. El gobierno peronista de 1973-1976 fue breve y transcurrió en una Argentina desbordada por sus conflictos. No llegó a estabilizarse y sólo fue un factor más en la gran transformación del país en la década del 70.

El resultado de esa transformación es un país muy diferente. En su sociedad, empobrecida, polarizada y fragmentada, han naufragado la “clase media” y la “clase obrera”. El Estado, maltrecho e impotente, es apenas un juguete en manos de gobiernos discrecionales. La economía parecía agonizar hasta el milagro de la soja, aunque estamos descubriendo que en realidad no alcanza para acabar con la pobreza. De la democracia construida con tantas ilusiones en 1983 sólo quedan el sufragio y la opinión, bastante libre aún.

En esta Argentina se conformó y consolidó el segundo peronismo. Después de un comienzo vacilante en 1983, mostró una admirable capacidad para adecuarse al nuevo país. Se insertó en el mundo de la pobreza, logró extraer de allí los sufragios que son necesarios en democracia. Supo utilizar la herramienta estatal -privada de su contextura institucional- para organizar y disciplinar una fuerza política heterogénea y fragmentaria en su base .

Conviene reflexionar sobre otro aspecto en el que se manifiestan continuidades y los cambios de los dos peronismos. Se trata del núcleo de su discurso, construido sobre la identificación entre el peronismo y el pueblo. Puede denominárselo populista o quizá “radical”, como se decía en Inglaterra con referencia a los cartistas, que en 1840 reclamaban el sufragio universal y el gobierno del pueblo. Ese populismo radical constituye una de las vertientes mayores de la tradición democrática: aquella que se desenvuelve con escasa o nula contaminación del pensamiento liberal. Parte del supuesto de la unidad del pueblo y de su enfrentamiento con los enemigos del pueblo, enquistados en el poder. Se trata a la vez de un pueblo formado por individuos libres, y un pueblo popular y comunitario, enfrentado con la riqueza y el poder. En cualquier caso, es uno, unívoco y homogéneo, y las diferencias, tensiones y conflictos dentro de él se subordinan a una unidad esencial.

Los ricos y poderosos están fuera del pueblo y son sus enemigos. Pueden cambiar los nombres, pero la figura retórica es similar. El enemigo del pueblo está instalado en el poder -finalmente esta palabra y sus derivados, como “los poderosos”, puede sintetizar cualquier formulación más específica- y desde el poder construye su dominio y su riqueza, funda la desigualdad y la dominación.

Desde esta perspectiva populista, y a diferencia de las miradas sociológicas, como la marxista, el poder no es una emanación o un reflejo de la sociedad desigual, sino el lugar en donde la desigualdad se construye. Por eso, para acabar con la desigualdad y la injusticia, es vital para el pueblo alcanzar el poder. Pero el pueblo es una abstracción. Quien hable convincentemente en nombre de él, y se respalde en sus votos, tiene expedito un camino al poder.

Pueblo y antipueblo son dos figuras clásicas de la retórica populista. Con ellas ha vivido cómodamente el peronismo, instalado en el lugar del pueblo: el pueblo popular centralmente -los trabajadores y “los humildes”-, pero también todos los otros segmentos integrados al mundo popular, como la “clase media ” o la “burguesía “, si son “nacionales”. Este carácter “nacional” amortigua el posible antagonismo social y habilita su inclusión en el campo del pueblo.

Desde 1983, con el advenimiento de la democracia, el discurso peronista atenuó la violencia de la antinomia; la condena del adversario se morigeró, pero sin renunciar a esa caracterización ni a las prácticas políticas que la confirman y la ratifican. La caracterización del pueblo se modificó levemente, para conservar su verosimilitud. Lo que en el peronismo clásico fueron los trabajadores, lo que en el peronismo de los años 70 fue el pueblo revolucionario, en el segundo peronismo se transformó en el pueblo que “acompaña”, que está presente en los actos o a la hora de votar, cuya fidelidad es compensada con un extendido reparto de recursos estatales.

Sin perder esa base, que es la clave de su éxito electoral, en 1989 el peronismo asumió con gran entusiasmo el discurso neoliberal del ajuste y reforma del Estado y de las privatizaciones. No faltaron críticas internas. Para quienes “se quedaron en 1945″, eso era plegarse al discurso de los poderosos, contra el cual los peronistas “verdaderos” reivindicaron las consignas clásicas. Perdieron, y se sumaron sin conflictos a la corriente principal.

La asunción de este discurso, a contrapelo de la tradición, estuvo acompañada de una profundización de prácticas políticas que, sin ser nuevas ni exclusivas de la Argentina, se generalizaron, estandarizaron, normalizaron y legitimaron. En un punto, la diferencia de cantidad hace a la calidad. En la democracia post-1983, ser dirigente peronista ha consistido generalmente en utilizar el poder para enriquecerse o enriquecer a los amigos. La experiencia posterior a 1989 es contundente: muchas grandes fortunas, personales y empresariales, se han construido desde el poder.

Estoy hablando de prácticas que son aceptadas en su círculo. Pero las prácticas sociales van decantando en hábitos, los hábitos en actitudes, las actitudes en valores y los valores en discursos que las legitiman. Finalmente, resulta legítimo en términos discursivos -y no meramente prácticos- aspirar a ocupar el poder para disfrutar de sus beneficios y “hacer una diferencia”. Quien no lo hace es simplemente un tonto. Quienes en su juventud erraron el camino terminaron recalando en el peronismo. La política y la fortuna personal van de la mano.

Por esta vía llegamos a la notable transformación que se produce en el discurso peronista, insinuada en los años 90 y desplegada con el kirchnerismo. En el núcleo clásico había dos polos: el pueblo y la oligarquía. Uno, fuera del poder y explotado. La otra, utilizando el poder para fundar la riqueza y la desigualdad. Cuando el pueblo llega al poder, debe usarlo para restaurar la igualdad. Así decían los cartistas ingleses en 1840 y sobre eso escribió Laclau.

Pero en el segundo peronismo el poder del pueblo es utilizado para construir nuevos ricos, y hacerlo de manera legítima y no subrepticia. De ese modo, el peronismo, en su práctica y en sus palabras, ha llegado a ocupar los dos polos del discurso populista. Tan valiosos son un pueblo clientelar como una oligarquía de “amigos del poder”, dadivosa con los recursos del Estado.

Lo más asombroso es que, pese a esa ambigua doble ocupación, sus enunciadores actuales logran conservar la tensión entre ambos polos, y mantener encendido el conflicto irreductible que es la clave de su éxito. Pueden a la vez elogiar el “modelo de acumulación de matriz diversificada”, que se refiere a Lázaro Báez, Cristóbal López y otros, y a la vez clamar en contra de las “corporaciones”, que dificultan la “inclusión social”.

La Cámpora parece sintetizar esas dos almas, como el doctor Jekill y el señor Hyde. Se trata de una obra maestra de artesanía política. Chapeau. Junto con su política de la pobreza, igualmente admirable, constituyen los dos aportes de estos años a un peronismo siempre igual y siempre distinto.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Nuevos ricos, Populismo, Segundo peronismo

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