Luis Alberto Romero

artículo publicado

30 de abril de 2016

El sistema de la barbarie

Aunque Nikolaus Wachsmann llama con modestia “una historia” a su libro sobre el sistema de campos de concentración (los Konzentrationlager o KL), será probablemente la gran obra de referencia sobre un tema enclavado en el corazón de cualquier explicación sobre el nazismo. Sin ánimo polémico, revela la poca sustentabilidad de una visión arraigada, que establece una equivalencia directa entre el Tercer Reich, los campos y el Holocausto. En rigor, sólo uno de los seis millones de víctimas judías murió en ellos, compartiendo su triste destino con otros muchos grupos apartados de la comunidad germana y clasificados como políticos, antisociales, haraganes, homosexuales, gitanos, delincuentes o católicos. Tampoco el exterminio fue la única finalidad de los campos. Sus cambiantes propósitos incluyeron la detención simple, el castigo brutal, la eutanasia, los experimentos médicos, el trabajo esclavo y, en fin, el exterminio masivo.

Contra cualquier visión esencial de los KL, el autor insiste en su historia y su dinámica, que exceden las definiciones. Establecidos en 1933 para detener a los adversarios políticos, en 1934 Heinrich Himmler los puso bajo la órbita de las Lager SS y comenzó a proyectar designios cada vez más amplios y funestos. Dachau fue el modelo de los primeros. Hasta 1938, cuando empezaron a llegar numerosos judíos, su propósito principal era la detención y el aislamiento, y las muertes eran excepcionales. Al comenzar la guerra se crearon nuevos campos en territorios ocupados, dedicados no sólo a los judíos sino también a eslavos, húngaros y rusos. Por entonces se trasladó a los KL el sistema de exterminios masivos desarrollado en los campos de combate. En 1942, con la adopción de la Solución Final, se dedicaron sistemáticamente al exterminio de judíos, concentrado en el nuevo emblema: Auschwitz. Poco después, la lógica himmleriana del asesinato entró en conflicto con las necesidades de mano de obra, y parte de los detenidos fue trasladada a campos de trabajo en Alemania.

Wachsmann da forma a esta historia llena de singularidades, combinando los grandes designios políticos, de lógica geométrica, con la cotidianeidad de los campos, hecha de barbarie y sufrimientos. Uno de los protagonistas es el selecto grupo de los verdugos, los Lager SS, caracterizados con una fórmula interesante: “soldados políticos”. Fruto de una cuidadosa selección, convencidos de su misión, eran disciplinados militantes de la violencia, practicantes de una brutalidad eficiente, que se fue radicalizando hasta convertirlos en expertos ejecutores de masacres. En su retrato ronda la clásica imagen del mal banal de Hannah Arendt.

La reconstrucción de la vida cotidiana de los presos se basa en relatos de los sobrevivientes y en testimonios escritos en prisión y conservados de modo casi milagroso. Más allá de la brutal uniformización del régimen del campo, los presos constituían un conjunto diverso, en el que las diferencias establecidas por el régimen, traducida en triángulos de colores identificatorios, se sumaban a las sociales y de educación y a las étnicas, en especial con la avalancha de europeos del Este. La lucha por la supervivencia determinó matices en sus conductas, similares a las “zonas grises” de Primo Levi. Esto se manifestó sobre todo en el caso de los kapos, detenidos elegidos por los verdugos para organizar a sus compañeros, que gozaron de privilegios tan importantes como inestables y efímeros.

El tercer gran actor es el régimen nazi, sus obsesiones iniciales y su creciente radicalización. El sistema del KL expresa la idea básica del nazismo: mantener pura la comunidad alemana, apartando de ella a los elementos ajenos. Con la guerra se desarrolló otra idea: el espacio vital. Los territorios conquistados debían vaciarse para colonizarlos con alemanes, de modo que los antiguos moradores, cuando no eran ejecutados in situ, terminaban en los campos. ¿Para qué? El autor insiste en que el destino se definió gradualmente, desde la idea simple de la separación y el aislamiento hasta la idea final de la aniquilación, que sólo terminó con la caída del régimen

Basado en una erudición abrumadora (400 páginas de notas y bibliografía) Wachsmann ha narrado una historia compleja de modo ordenado y claro, con estilo animado, atractivo y, por así decirlo, horrorosamente cautivante.

Publicado en La Nación

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